Culpable hasta que se demuestre lo contrario scaled

El delito

—Bueno, si no logramos demostrar su culpabilidad podemos matarlo —dijo Mauro, bromeando, entre dientes—. Estoy seguro de que la gente de por acá no va a gastar muchos recursos en averiguar quién lo hizo.

—Vamos a demostrar que es culpable —dijo Roberto sin dudar—. Pero no descarto la idea.

La seriedad en la voz del viejo asustó un poco al custodio. Sospechaba que Roberto estaba un poco loco, pero por primera vez le parecía que podía ser peligroso.

—Disculpen la demora —dijo un hombre alto de pelo cano, vestido de traje, mientras se sentaba frente a ellos—. No es común este tipo de reunión, pero el caso está casi cerrado y no veo ningún mal en saciar su curiosidad —les extendió una carpeta de tapa blanda color celeste claro—. Esto es todo lo que tenemos hasta el momento. 

Roberto agradeció sin mirar al hombre; toda su atención estaba centrada en la carpeta. Mauro le sonrió al oficial que los atendió y entabló una conversación superflua con él mientras su cliente leía y releía cada renglón. 

—Ustedes sugieren que fue un robo que terminó mal —dijo Roberto—, sin embargo no hay ninguna entrada forzada.

—También especulamos sobre la posibilidad de un amante o de alguien a quien la victima conociera como para abrirle la puerta.

—O alguien que ya tuviera llave y no necesitara que le abrieran —marcó Marin. 

—Es poco probable —dijo el policía sonriendo—. Si presta atención verá que la víctima estaba cocinando y dejó la cocina para ir hasta la puerta principal.

—Ya voy a decirle mi opinión sobre la cocina —bufó Roberto—. Hasta donde yo puedo interpretar, la señora Maribel se encontraba haciendo sus cosas cuando escuchó sonidos en la puerta, así que se acercó a ver de qué se trataba.

El policía estiró el cuello como para ver qué página de la carpeta tenía abierta Roberto. 

—Sí, también es posible —admitió el agente—. Si lo deseamos podemos generar un sinfín de escenarios parecidos.

—Sin duda, pero el golpe en la nuca y la mancha en el marco de la puerta sugieren que el mío es más probable —dijo Roberto.

—¿Cómo sería eso? 

—Maribel Villalba medía un metro sesenta, digamos uno sesenta y tantos ya que su calzado tenía plataforma. La herida en la nuca es unos cinco centímetros por debajo de la coronilla. Las manchas en el marco están más o menos a casi un metro setenta, lo que nos dice que la levantaron durante el ataque.

—Sí, eso ya lo sabemos —dijo el policía, interesado.

—Ahora revisemos los escenarios. Llaman a la puerta, la señora Villalba atiende ya que es alguien a quien conoce o por lo menos de quien no desconfía. ¿Un gasista? ¿Un electricista? Lo que quiera —dijo Roberto—. La cosa es que la señora intentaba volver a la cocina pero la atacan. ¿Cómo es que se golpea la nuca? Supongamos que voltea en algún momento, por las marcas en la escena del crimen y las heridas, ese escenario descartaría su hipótesis de un robo que salió mal, ya que sugiere que la víctima fue atacada y asesinada antes de cualquier hurto.

El policía asiente y toma la carpeta que Roberto le tendía para revisar las fotos. 

—Interesante —dice.

—El ataque tuvo que comenzar estando el agresor a corta distancia y con las manos abajo, en postura casual —continuó Roberto. 

—¿Cómo puede saber eso? —le preguntó Mauro.

—Si hubiese empezado a una distancia mayor, la señora Villalba hubiera reaccionado intentando escapar, correr, o lo que sea… Lo que con toda probabilidad… 

—Provocaría que el golpe recibido en la nuca fuera más abajo de su altura en vez de más arriba —terminó el policía.

—¡Exacto! —asintió el viejo atrayendo a varias miradas—. Lo de las manos es sentido común. Es la postura menos sospechosa. Además, si el ataque hubiera empezado con las manos alzadas el choque también hubiese sido a menor altura.

Mauro asintió, entendiendo.

—Entonces, en su escenario… —el policía dejó la frase sin terminar.

—En mí escenario, la mujer escucha ruidos, se asoma para ver quién está entrando, lo reconoce y no le despierta ningún tipo de sospecha ni temor. Se queda junto a la puerta para saludar antes de volver a la cocina. El atacante se le acerca como para darle un beso, o la mano, y al estar a la distancia precisa va directo al cuello con furia —el viejo toma aire antes de seguir—. Según el reporte inicial, las marcas en el cuello son profundas y mucho más fuertes de lo necesario como para ahorcarla. Fíjese que no intentó tapar la boca, fue directo a matar, con tanta fuerza que la alzó y la estrelló contra el marco.

—Suena factible, pero son solo especulaciones —dijo el policía—. Pudo haber entrado un empleado del servicio del cable o del teléfono y hay mil maneras en que ella terminara de espaldas al marco y que la alzaran durante el ataque. 

—Sí, es cierto —admitió Roberto—. Pero quien haya sido, le aseguro, entró con intención de matar a la señora Villalba. 

—Está dentro de las posibilidades que aún estamos investigando —dijo el policía.

—¿Puedo sacar unas fotos del reporte? —preguntó Roberto.

—Sí, supongo que sí —dijo incomodo el policía—. Sé de sus contactos y que por eso está acá. Pero si no llega a ser discreto con esto… 

—Solo para mis ojos —aseguró Roberto y le guiñó un ojo. 

El policía suspiró y le devolvió la carpeta. Mauro amagó a sacar su teléfono pero el viejo lo detuvo y extrajo una pequeña cámara digital de un bolsillo. Fue pasando las hojas y sacando fotos de cada una.

—¿Eso es todo? —preguntó el policía cuando Roberto le tendió la carpeta cerrada.

—¿Me podrían informar cuándo la autopsia ya se haya realizado? ¿Y me podrían faxear la lista de cosas robadas? 

—Sí, por supuesto —aceptó el policía—. Siempre que se comprometa a compartir cualquier cosa que vea o que descubra.

Roberto asintió.

—Podría empezar por decirle que la señora estaba cocinando minutos antes de que la mataran —dijo.

—Eso ya lo sabemos —dijo el policía, extrañado. 

—¿Y no les parece extraño que el asesino, entre matar y robar, haya pasado por la cocina para apagar las hornallas?

El policía inclinó un poco la cabeza hacia un lado.

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