Culpable hasta que se demuestre lo contrario scaled

La comisaría

Llegaron a las diez y media. Roberto había quedado perturbado desde la noticia del asesinato. Mauro no sabía si era porque la mujer había muerto o porque él no lo había previsto. Al custodio le preocupaba un poco que su cliente no admitiera la posibilidad de que el asesino fuese alguien más. Eso podría ocasionarles problemas, más si se empecinaba en seguir y acosar a Villalba.

El hombre tenía recursos suficientes para llenarlos de quilombos si se lo proponía, pensaba Kolmann. 

Se presentaron a un agente tras un escritorio y después de unas llamadas les dijeron que podían entrar. Un policía joven los escoltó hasta un escritorio entre muchos otros. 

—Menuda sorpresa —dijo alguien—. Pero si son los detectives de mi esposa.

Roberto y Mauro voltearon y quedaron cara a cara con Gabriel Villalba, que los miraba con una sonrisa poco común en una persona que acababa de enviudar.

—¡Señor Villalba! ¡Qué agradable sorpresa! —dijo Roberto—. Espero que lo estén procesando.

—Nada de eso, nada de eso —rio el otro—. Solo vine a dar declaración sobre las cosas robadas en el terrible incidente que le costó la vida a Maribel.

Algunos policías alzaron la vista y miraron con desagrado al hombre.

—Se lo ve muy entero para alguien que perdió a un ser amado —comentó Mauro.

—Yo no perdí a ningún ser amado, solo a mi esposa —dijo Villalba—. Nos habremos amado un año, como mucho. A partir de ahí solo fuimos aprendiendo a fingir y a odiarnos en silencio. Lo cierto es que todo esto me ahorra un espantoso divorcio. Podría fingir congoja pero, ¿para qué? No voy a mantener en secreto que la detestaba. Yo no la maté, solo soy… digamos… ¿qué sería lo contrario a un daño colateral? ¿Un beneficiado colateral? 

—Excepto que usted sí la mató —dijo Roberto—. ¿Qué tiene en la cara? ¿Un sarpullido de culpa? 

—El hombre se acarició la barbilla bien afeitada cubierta con un sarpullido colorado.

—Una mala reacción al after shave —dijo—. No quería ir al funeral estando desprolijo. 

—Me sorprende que pretenda asistir siquiera —dijo Marin—. Sé que la mató, solo es cuestión de que averigüe cómo.

—Sería como intentar armar un rompecabezas con piezas de otro —dijo Villalba—. ¿Ya terminamos acá? —le preguntó al hombre tras el escritorio donde estaba declarando—. Soy un hombre ocupado. Tengo un sepelio que organizar y una cuenta en Tinder que actualizar.

El policía que lo atendía gruñó una afirmación y Villalba se levantó saludando a Roberto y Mauro con alegría, deseándoles suerte. 

—Ojalá el ladrón vuelva y lo mate también —murmuró un policía. 

—No se perdería nada —dijo otro.

—Dele mis saludos a su pareja —dijo Roberto alzando la voz para que Villalba lo escuchara—. Pronto voy a ir a hablar con él, a ver si su coartada es igual de buena que la suya.

Varios policías se miraron entre ellos y la sonrisa de Villalba se desdibujó durante unos momentos. Volteó y se marchó sin decir más.

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