Poco y nada
De alguna manera Roberto se las había arreglado para pinchar el celular de Villalba y el teléfono de línea. Es custodio le preguntó cómo lo había hecho pero solo obtuvo por respuesta una de las sonrisas zorrunas del viejo.
Kolmann leyó y escuchó todo lo que habían conseguido de la oficina de Villalba, sin obtener nada que pudiera serle de utilidad para usar a favor de Maribel.
—Tenía esperanza de que surgiera algo —dijo Roberto, malhumorado.
—Por ahí esas llamadas las hace desde su casa —aventuró Mauro.
—¿Sí? ¿Usted dice? —preguntó el viejo y bufó—. ¿En su casa? ¿Dónde está su señora, que es la última persona en el mundo que él quisiera que se enterara de nada? Sí, seguro que lo hace en su casa, y supongo que es ahí también a donde lleva a los hombres o mujeres con quienes le gusta tener sexo. Debe hacerlo mientras su mujer duerme.
—Insinúa que no lo hace en su casa, ¿no? —se burló Mauro.
—Sí, eso insinúo.
—Bueno, Maribel le pidió una guía, no pruebas absolutas. Con la información de que es gay puede que ya se dé por satisfecha, ¿no le parece?
—Sí, seguro que sí. Ella va a estar satisfecha. Pero yo no —se quejó Roberto—. Desde que vi a Villalba sé que no es un buen tipo. No me creo que lo único que tenga para usar en su contra es que sea homosexual. ¡Eso ni siquiera es algo malo! Cada quien hace de su culo un pito. Hay algo que se nos está escapando.
—Como mínimo un millón de cosas —dijo Mauro—. Lo vimos, ¿qué? Dos veces. Escuchamos sus charlas telefónicas y leímos los mails de un solo día. Estoy seguro de que nos toma por locos y hasta que le pique la curiosidad sobre quien pudo haber dicho algo podrían pasar días o semanas. La que nos queda es seguir escuchando, esperando que meta la pata.
Marin resopló disconforme.
—La semilla ya está plantada —continuó Mauro—. El árbol va a tardar en crecer, pero va a hacerlo.
—Mañana llamo a la señora Villalba y le digo lo que tenemos —dijo el viejo—. La homosexualidad no es un crimen pero puede ser un buen motivo de divorcio.

