Culpable hasta que se demuestre lo contrario scaled

Teléfonos pinchados

Roberto Marin tenía los ojos vidriosos y clavados en el café frente a él. Mauro entró en la cocina sin mostrar ningún tipo de secuela por la borrachera que se había agarrado.

—¿Está usted bien? —preguntó Roberto admirado.

—Fresco como una lechuga —respondió el custodio—. La siesta hace milagros.

—No es mi caso —se quejó Roberto—. Cuando tenía su edad podía tomar tanto como nuestro amigo Aguirre y jugar a los dardos sin pifiar ni uno.

—Tendría que probar, nunca jugué a los dardos ni tampoco tomé tanto como Aguirre —dijo Mauro sonriendo—. ¿Cómo hizo para ganarse su simpatía?

—Con un poco de charla —dijo el viejo—. Si uno sabe qué preguntar y sabe escuchar las respuestas, no es muy difícil. 

—¿Cómo sería eso? —preguntó el custodio.

—Me pedí un vino y le dije que no le ofrecía porque estaba trabajando —explicó Marin—. Aceptó pero su cuerpo dijo otra cosa, respondió de otra manera. Así que en nada, ya estaba tomando conmigo. Hice algunos comentarios del clima, de política y de religión, y noté cierto desprecio por Villalba en sus respuestas. Nada muy científico.

—Funcionó, que es lo que importa —dijo Mauro y se sirvió un vaso de agua que vació de un solo trago. 

—Sí, algo sacamos —asintió Roberto—. Más allá del dolor de cabeza, claro.

—¿Quiere que le busque una aspirina? 

—No, no, me merezco lo que me pasa —dijo Roberto, se rio e hizo una mueca de dolor—. Masacré mis neuronas y ahora pago el precio. 

—Como guste.

—Ya que usted está tan fresco le voy a pedir que me ayude con la computadora.

—¿Qué hay que hacer? —Preguntó Mauro.

—Ver el resultado de nuestras técnicas de espionaje.

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