Soy un escritor gordo
Sí. Soy un escritor gordo. Cuando voy por la calle, no me doy vuelta para ver un culo, sino para mantener al alcance de mis ojos las tortas en la vidriera de la panadería. Yo debería pasar los días encorvado frente a un teclado o a un cuaderno, con un paquete de galletitas abierto en la mesa y un enorme vaso de chocolatada.
Pero conocí a una mujer hermosa. Y no digo hermosa porque tiene cintura, que es lo de menos, pero la tiene. Así que soy un escritor gordo en el cuerpo de una persona que mide más de un metro ochenta y no pesa ni ochenta kilos. Pero la mayoría centrado en la panza, como si estuviera empachado o fuera un asiduo a la cerveza.
Me da miedo dejar salir a mi escritor gordo a la luz y perderla. No sé por qué. Nunca me criticó nada. Seguro que la sociedad me dice lo feo que es ser gordo. Carajo, si hasta yo mismo estoy usando la palabra gordo como si de un defecto se tratara.
Hago ayunos intermitentes, probé hacer dietas dejando harinas y dulces y, aunque mantengo el peso, alimento a ese escritor encerrado, le doy fuerzas y es como un Hyde… o él es Jekyll y Hyde soy yo, que tiene el control y teme en cuestiones del amor por cuestiones del cuerpo.
La cosa es que el escritor de la chocolatada y las galletitas grita y después no hay heladera que me soporte y la panza vuelve y cuando me baño miro para abajo y no me veo el pito. Cuando estoy encima de ella pienso en personajes de “juegos de tronos” para no acabar ahí nomás y siento que la estoy aplastando. Una mierda. Todo es una mierda. Paso de querer verme como nunca me voy a ver para ella y como tal vez me ve sin necesidad de músculos prominentes a vivir amargado por prohibirme los dulces y esas cosas que disfruto.
Y las disfruto porque son como un tabú. Las disfruto porque me las quiero prohibir.
Vivimos en un mundo de reglas, de trabajos forzados, de propagandas nucleares que nos venden felicidad inalcanzable por ser fantasía pura. Vivimos en un mundo donde amamos sin ver, donde una mirada es más hermosa que un color de ojos y una caricia nos transporta a la felicidad sin importar los kilos de la mano que la dan. Pero nos obsesiona ser los que nos dicen que hay que ser para ser felices porque es más fácil creer en todas esas mentiras que reconocer la verdad.
Voy a seguir escribiendo después de este impas.
Tal vez no tenga las galletitas y la chocolatada, pero acabo de alimentar a mi escritor gordo y encorvado.
Saludos abiertos

