Deducciones y una visita nocturna
Me despedí del señor Toro y los demás con un saludo al aire y salí del departamento. Caminé por el pasillo hasta llegar al ascensor, pero seguí y comencé a bajar por las escaleras, ya que no quería perder ni un segundo. Todavía no sabía nada de nada pero no era tan idiota. Algo olía a podrido en todo eso y no quería quedarme junto a los gorilas. Al llegar a planta baja me di cuenta del error que había cometido. No podía abandonar el edificio si nadie me abría, por lo que, pensé en ese momento, mi apuro solo sirvió para ponerlos en alerta. Me quedé frente a la puerta pensando en qué decir cuando sonó el portero eléctrico, abrí y pude salir.
Me cuesta creer que eso pasó hoy mismo y no en otra vida. Veo el reloj y solo han pasado unas doce horas. ¡Menos! Ahora todo es diferente. Las discusiones con mi ex; mi panza que no respondes a las dietas, los libros contables de mi negocio… Nada de eso ahora tiene mucho sentido, es solo un telón de fondo en lo que sería mi vida.
Acabo de salir del hospital. Me gané tres puntadas en la mano izquierda y otras dos en la mano derecha, separadas entre sí. Puedo mover las manos, no me duele, aunque pica al punto de volverme loco y si abro mucho la mano siento que tira mucho. Me da igual, algo me dice que las horas que me quedan por delante van a ser más de puños cerrados que de ir chocando los cinco.
Al abandonar el edificio de Florida y mezclarme entre la gente me sentí un poco más tranquilo. Tenía muchas ganas de tragarme el cuento del elixir de la juventud con ADN de medusa, pero yo vi mi nombre en una lista y joven no era como me estaba sintiendo.
Si Phill y Steven no se hubiesen puesto como se pusieron, tan alertas y tensos como un paciente con un proctólogo de dedos muy gruesos, el día, a esta altura, sería muy diferente. ¿Con quién hablaba Toro aquella mañana y por qué lo que escuché había puesto así a sus dos gorilas? Si hubiera visto la lista de Toro sin tanta tensión en el ambiente, seguro que la tomaba como una lista de gastos o algo así. Me hubiera sido mucho más fácil seguir soñando que todo iba bien y no estaba metido en nada raro.
Mi nombre no destacaba del resto. Más allá de estar primero, estaba con la misma letra, el mismo color. No se me escapaba el hecho de que la cantidad de nombres debajo del mío coincidía con la cantidad de personas que íbamos a visitar durante toda la semana. Además, había algunos subrayados, uno por cada visita que habíamos hecho, y yo. Me apuesto la jubilación que cuando me fui Toro subrayó el quinto y que ese nombre era Ester algo.
Pero ¿qué estaban haciendo? A esa altura el verso de las farmacéuticas no se lo creía ni un nene. Mi sospecha más fuerte era que estaban testando algo ilegal con humanos. Había visto en documentales y películas algo del tema. Antes de poder probar una droga en humanos eran necesarios un montón de estudios y otras cosas… ¿Era eso? De serlo, ¿qué era lo que estaban testeando?
Al llegar a la oficina me senté frente a la compu y me puse a buscar en internet los titulares de los últimos días por si había alguna denuncia rara. Acoté la búsqueda a los barrios a los que habíamos ido, buscando en fotos algunas de las caras que había visto. Desde ya que no encontré nada que me pareciera útil.
Si lo que Toro y sus gorilas estaban probando eran drogas ilegales, calculo que no lo harían con personas. Los carteles de drogas ya deben tener a su disposición toneladas de drogadictos dispuestos a probar cualquier cosa que les den. Pero tras pensarlo, me di cuenta de que un medicamento tampoco cerraba mucho con lo que veníamos haciendo. Habíamos visitado a cuatro personas y no parecían compartir un mal en común… aunque podían tener montones de cosas que son frecuentes en todo tipo de personas. Podían tener diabetes, ser celíacos, algún tipo de cáncer… Pero yo estaba en la lista y no tengo nada de eso. Más allá de la presión un poco alta, los médicos siempre me felicitan por mi salud. Así que un medicamento tampoco terminaba de cuadrar.
De los que visitamos estaba el hombre que era más viejo que yo, uno más joven y el muchachito jugador de fútbol. También estaba Ester, la mujer más o menos de mi edad, con plata y que lo que le estaban dando era algo para verse más joven.
Pero eso no podía ser, ni al pibe de Núñez ni al hombre de familia creo que les interesara un producto así. ¿Toro estaba trabajando con más de una droga a la vez?
De haber tenido los datos de esas personas podría haber hecho una investigación más seria para buscar algo en común en todas ellas y, lo que es más importante, ver si todas tenían algo en común conmigo. Por un momento me tentó la idea de tipos sanguíneos o de contrabando de órganos. La segunda la descarté ya que dudo que en el mercado negro de partes humanas los vendedores hagan visitas a domicilio a sus proveedores directos. La única respuesta que me cerraba, más o menos, es que a cada persona se le estaba dando algo diferente. Un anti edad para Ester, algo para reuma al viejo, alguna droga para que el niño prestara más atención en el colegio y un energizante para el hombre de familia, o algo así.
¿Y a mí?
A mí me dieron un trabajo pagado en dólares libres de impuestos. No dudo de que sea una buena medicina, pero no estaba acorde al resto. Aun así estábamos todos en la misma lista, conmigo a la cabeza y hasta donde sabía, no me habían drogado de ninguna manera.
Lo que tendría que haber hecho es retirarme con lo que ya había ganado y ver qué pasaba. Hacer algún tipo de denuncia… La cosa es que mientras cavilaba en lo que podía hacer para salir del quilombo, el quilombo entró sin invitación por mi puerta.

