Directo al matadero
Salimos de la oficina como siempre, pero solo en apariencia. Los humores estaban raros. La tensión se sentía en el ambiente. Miradas de reojo, manos inquietas y esas cosas. Llegamos al garaje y Steven trajo el auto como siempre. Phill entró junto a Toro, quedando el grandote en el medio. No era el protocolo que veníamos siguiendo, pero no dije nada. Ahora entiendo todo, pero en ese momento, aunque mi mente tomaba nota de las cosas, no hice nada. Es como si me hubiera puesto a contar los litros de agua que iban cayendo en una habitación cerrada en vez de buscar la manera de sacarla antes de que la cubran entera.
Todo el camino hasta el barrio de Mataderos lo hicimos en silencio, ni siquiera escuchamos la radio. Toro miraba por la ventanilla, llevaba su portafolio en las rodillas. Steven me miraba a cada rato por el espejo retrovisor. Phill, al lado mío, tenía la mano derecha debajo del saco. Sabía que algo andaba mal, pero en ese momento ni se me ocurrió que lo que hacía era tener su arma lista para desenfundar.
Me pregunto qué hubiera pasado si se me ocurría algo como levantar los brazos para estirarme o si estornudaba. ¿Me hubiesen matado?
Llegamos. Steven se quedó en el coche y los demás bajamos. Nuestro destino resultó ser una casa de familia. Tenía una reja que separaba la vereda de un pequeño patio interno, lleno de macetas con flores de colores, de esas que parecen que tienen gruesos bigotes como las caricaturas de los italianos. La mujer que nos abrió parecía tener mi edad, más o menos, aunque se le notaban más. Su piel se veía acartonada, llena de arrugas que parecían un mapa de ríos secos.
Nuestra llegada pareció sorprenderla para bien. Nos invitó a entrar haciendo alardes de muy buena educación. Se presentó a cada uno con su nombre y apellido y nos tendió la mano como una dama de época. Toro se la besó inclinándose un poco. Phill miró la mano tendida en el aire, la rozó con los dedos y pasó. Yo murmuré algo como: «Un placer» o algo así a la vez que le sujetaba la puntas de los dedos un segundo antes de seguir.
—No estaba segura de que fueran a venir —dijo—. No preparé nada especial —Nos hizo pasar al comedor de su casa que tenía adornos por doquier—. Tampoco sabía que iba a venir acompañado señor P…
—No tenía que molestarse, Ester —la interrumpió Toro, evitando que la mujer dijera un nombre que lo comprometiera. Su nombre era Fabián, según me dijo a mí, y Fabián, hasta dónde yo sabía, no empezaba con «P»—. Solo vamos a quedarnos unos minutos. Le mostramos lo que tenemos y después seguimos camino, que tenemos muchos más potenciales compradores a los que visitar.
La capacidad de mentir de Toro no dejaba de sorprenderme. Juro que si un hombre entrara a su casa y lo encontrara teniendo sexo con su esposa, Toro seguiría practicando el acto y hablaría como si nada estuviese pasando. Su temple era digno de su apellido.
—Pero un cafecito, por lo menos —dijo la señora—. Me gustaría que me hablaran un poco del producto, el modo en que se usa, si tiene efectos secundarios y…
—Si podemos pasar a un lugar más privado voy a responder a todas las preguntas que tenga— Toro volvió a interrumpirla sin por eso parecer mal educado.
La mujer cerró la boca como si cayera en la cuenta de que había metido la pata.
—Claro. Sí. Deben estar muy ocupados. Podemos ir a una de las habitaciones de arriba, si le parece bien —dijo.
—Me parece perfecto, Ester —le dijo Toro con una gran sonrisa y se levantó y me hizo señas para que me quede.
—¿El señor se queda? —le preguntó la mujer mirándome a mí.
—Si la hace sentir más cómoda, puedo esperar en la vereda —dije, rogando que no dijera que sí. Algo raro estaba pasando y quería saber más.
—¡No! ¡No! Por favor —dijo con una sonrisa un tanto falsa—. Pero si se va a quedar permítame servirle un café o un té, si lo prefiere.
—No va a ser necesario, un millón de gracias —le dije inclinando la cabeza.
Dudó unos segundos, miró a Toro, que no mostró ningún tipo de opinión. Ester guio a los otros escaleras arriba. Yo me quedé en el comedor y los vi subir. Phill volteó para verme, lo percibí desde la periferia de mi visión, y me aseguré de que me viera desinteresado. Me senté y saqué mi teléfono. La silueta de Phill desapareció por la escalera al segundo siguiente. Continué mirando el teléfono por si volvía a asomarse. Dejé pasar cinco minutos que parecieron muchos más. Leyendo, escuchando música. Cinco minutos son un suspiro, pero pasarlos mirando el reloj es algo lento y tedioso.
Me levanté sin arrastrar la silla y fui a la puerta de entrada, frente a la escalera. Miré por la mirilla, me giré y no había nadie mirándome desde arriba. La escalera no era de madera, lo cual presentaba una ventaja, pero las suelas de mis zapatos era de goma, por lo que me los saqué para evitar ruidos traicioneros.
Subí con los zapatos en la mano izquierda, en cámara lenta, atento a cualquier sonido. Los crujidos de mis rodillas me parecían disparos.

