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Cuarto día

Cuando me levanté esta mañana para ir a lo de Toro no tenía ni idea de que todo se iba a ir a la mierda. Ayer ya me habían quedado algunas cosas en la cabeza. Algunas de las preguntas de Claudia, otras propias. Fueron fáciles de acallar porque el trabajo parecía simple y seguro. Pero los acontecimientos de hoy me llevaron hasta donde estoy ahora, en la guardia del hospital Argerich junto a una enfermera que tiene una cantidad excesiva de lápiz labial y me mira con mucha cara de culo. Estamos esperando al traumatólogo para que de unas puntadas en las heridas.

Esta mañana me levanté temprano, todavía con la alegría por la charla con Claudia. Estaba tan energizado que incluso me propuse salir a correr un poco. Salí con la idea de hacer unos cuantos kilómetros, pero después de un par de cuadras me di cuenta de que iba demasiado rápido y mi bazo comenzó a amenazar con estallar, por lo que me volví a casa con la cola entre las piernas.

Me había levantado sintiendo que el mundo me pertenecía y que podía lograr todo lo que me propusiera. Por suerte se me dio por trotar y no por ponerme a levantar pesas,sino en vez de un poco de dolor en el costado, hubiera terminado con una hernia de disco oalgo peor.

La cosa es que salí temprano, más de lo que lo venía haciendo. Pero bueno, la calle Florida es un lugar donde hacer tiempo no cuesta nada. El viaje fue tranquilo y nunca apuré mis pasos, pero al llegar Toro todavía no estaba. El portero se ofreció a abrirme, pero le dije que prefería esperar afuera. Justo al lado del edificio hay una tienda de ropa y equipos para campings, y me quedé mirando la vidriera.

—Hoy vamos a llevar a cabo el experimento con el quinto sujeto de prueba —escuché que venía diciendo Toro—. Va a salir todo por la tele, vas a ver —hizo una pausa, yo me acerqué, sin siquiera pensarlo, un poco más a la vidriera—. Sí, todos el mismo día. Sí, el tipo de seguridad… Se presentó una oportunidad y la tomé. Nos sirve para ver de cerca el estudio. Te aseguro que vos y los demás van a estar más que contentos con lo que estoy ofreciendo.

Decidí mostrarme.

Toro sonrió el verme y me hizo una seña con la mano como disculpándose. Su actitud fue normal y tranquila. En cambio, Steven y Phill se pusieron tensos y comenzaron a mirarme raro. De no ser por ellos, seguro que dejaba pasar lo que había escuchado. Pero los dos grandotes reaccionaron tanto que las alarmas me empezaron a sonar.

—Bueno, acaba de llegar unos de mis empleados y el día se hizo para trabajar —dijo Toro a su oyente—. Te dejo, después hablamos de los detalles. Saludos a la familia… Abrazo —apagó el celular y se lo metió en el bolsillo interno del saco.

Me fije que no llevaba su portafolio. Ni él ni sus guardas. Eso me pareció raro, no correspondía con su paranoia.

—Buenos días —saludé, intentando parecer tan natural como él.

—Buenos días señor Álvaro —Toro me tendió la mano y me dio un apretón fuerte y amistoso—. Que suerte que haya decidido venir más temprano. Podemos salir más rápido y estar de vuelta antes del mediodía.

Asentí en silencio.

Me puso una mano en el hombro y me indicó que entrara en el edificio. Phill se colocó delante de nosotros y Steven atrás.

—¿Dónde vamos hoy? —pregunté.

—A mataderos, vamos a visitar a una señora —me respondió Toro. Siempre sonreía, era simpático. Pero en ese momento su sonrisa me pareció medio lobuna. Aun así, su actitud era tan relajada y confiada que costaba sospechar nada. Pero los otros dos no eran tan buenos actores. Ambos gorilas se miraban de reojo y miraban a su jefe como esperando una señal.

Nos subimos al ascensor. Toro ocupó una esquina y yo la otra, ambos apoyados en el espejo contrario a la puerta. Phill y Steven entraron y quedaron de espaldas a las puertas, mirándome de frente. Ambos tenían los brazos cruzados; no se me perdió el detalle de que sus manos estaban muy cerca de donde enfundaban sus armas. Haciéndome el boludo, empecé a acercar mi mano a mi propia arma. El ascensor se detuvo con un sacudón y las puertas se abrieron.

Nadie se movió.

—Es nuestro piso —dijo Toro, relajado, como si viviese en otra realidad.

Los dos gorilas se bajaron tras detener las puertas que volvían a cerrarse. Salimos al pasillo, Toro me volvió a sonreír y comenzó a caminar hacia su oficina. Sus zapatos italianos de cuero negro levantaban ecos en el pasillo. El otro día usaba pantalones de traje y zapatillas, hoy usaba zapatos italianos y pantalones vaqueros negros y ajustados.

De las otras dos puertas no salía sonido alguno. De todas las veces que había ido a ese piso, sólo había visto a una mujer salir de la oficina de Toro. A nadie más. El jefe abrió la puerta del departamento que conocía y lo seguí. Steven caminaba a centímetros de mi espalda, tan cerca que podía sentir su aliento en mi coronilla.

Entramos todos y cerraron la puerta.

—Un segundo —dijo Toro entrando a su despacho.

Como los otros dos estaban a mis espaldas y no me parecía buena idea quedarme a solas con ellos, me hice el sordo y me metí en la oficina también. Me senté como siempre y le sonreí a Toro, que me miraba. Tengo que reconocer que el tipo nació para jugar al póker. En ningún momento delató algo en sus movimientos. Todo parecía natural, normal, incluso rutinario. Se puso a juntar algunas cosas como si yo no estuviera.

Abrí bien los ojos. La máquina de café todavía estaba apagada y en el escritorio había varios papeles desparramados. Tenía también una notebook que en semejantesuperficie se veía muy chiquita. Estaba cerrada, mostrando con descaro la fruta prohibida ya mordida. Intenté leer algo en los papeles, pero mis ojos ya no son lo que solían ser, por lo que solo veía cosas borrosas. Vi un gráfico de lo que parecía ser una espiral de ADN, creo. Lo único interesante que rescaté fue lo que parecía una lista. Conté ocho ítems y el primero era yo. No podía asegurar que el resto fueran nombres, pero lo parecían. Cuatro estaban subrayados en rojo, el mío entre ellos.

—¿Pongo café? —me preguntó Toro, tomando asiento y juntando los papeles que yo miraba con disimulo.

—Para mí no, gracias.

Me sonrió como si nada y se levantó para enchufar la cafetera, de esas modernas con las capsulitas.

—Si me disculpa, Álvaro, yo sí voy a tomar uno —dijo—. Si no lo hiciera no sabría ni por dónde empezar el día —sonreía mientras sacaba una capsula de la caja.

—¿Hoy vamos a ver a otro potencial comprador de su suero? —le pregunté cómoquien no quiere la cosa.

—Sí, a Mataderos —respondió de espaldas.

Estiré un poco el cuello para ver la pila de papeles que había formado, pero lo que parecía un listado con mi nombre ya no estaba a la vista. Intenté recrearla en mi mente, a ver si reconocía otro nombre o algo, pero no tuve éxito. Solo pude ver mi nombre del mismo modo en que uno puede ver de muy lejos el número de un colectivo que ya conoce de sobra. Podría haber pensado que solo era una lista de los días que venía trabajando, pero si unía esa lista a lo que escuché que Toro decía al teléfono…

Toro se sentó con el café en la mano, lo apoyó en el escritorio, abrió el cajón y retrocedí instintivamente ya que estaba seguro de que al sacarla iba a tener un arma y me iba a morir ahí mismo, pero lo que sacó fue el sobre de papel madera con mi nombre y el viaje de Claudia.

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