Yo solo pasaba por aquí
Me detengo en parque Lezama. Es de noche y se me ocurren, así al vuelo, alrededor de un millón de lugares más seguros donde parar a pensar, pero no importa, ahora ya no importa. O sí… no sé. Sea como sea, no importa tanto como para molestarme en ir a otro lado. Ya estoy hasta el cuello de mierda, así que si me vienen más problemas encima… ¿qué le hace una mancha más al tigre?
Me duele el cuerpo y, más aún, me duele el alma. Todo lo que viví el día de hoy me cae de repente y el peso es demasiado como para soportarlo de pie.
Me siento en uno de los bancos vacíos, otros están ocupados por vagabundos que parecen montones de ropa acumulada, pero no, hay vida debajo de tanto trapo. Me pregunto cuánto de lo que me dijeron es cierto y cuánto me lo dijeron solo para joderme la cabeza. Me miro las manos vendadas y revivo lo sucedido.
La visita nocturna era Steven. Sonreía de un modo extraño. Al verlo, lo único que pensé fue que quería tener un arma en la mano lo más rápido posible.
—Señor Álvaro —dijo Toro entrando tras su guarda. Ahí de pie, tan bien vestido, fue la primera vez que se me ocurrió comparar sus trajes finos con los de un hampón de la mafia—. Disculpe que pasemos a molestarlo.
—No es molestia —dije poniéndome en pie. Me sentía más protegido apoyado en mis piernas que sobre mi culo.
—Se equivoca —dijo Toro—. Le aseguro que sí va a ser molesto.
Steven, que se había acercado hasta quedar frente a mi escritorio, estiró el brazo y me dio una trompada que me dejó confundido un par de segundos. Caí despatarrado hacia el costado, casi con miedo a desmayarme; y digo “casi” porque el golpe había hecho que todo diera vueltas, estaba mareado y lo único que quería en ese momento era que todo volviera a su lugar antes de ponerme a vomitar.
Intenté levantarme y por alguna razón recordé a un luchador que se cruzaba con Bugs Bunny y a cada rato recibía un golpe que lo dejaba viendo las estrellas y con un ojo morado diciendo: «Solo pasaba por aquí».
—¿Qué? —llegué a preguntar, creo. Es posible que haya agregado algo sobre sus madres.
—Álvaro, amigo. Sólo tenía que hacer un trabajo —me dijo Toro sentándose en la esquina del escritorio—. Eso de andar metiendo la nariz más allá de su nómina no es de buena educación.
La sorpresa del golpe ya se me había pasado, pero seguí a gatas en el piso, actuando aturdido. Toro no tenía pinta de luchador, pero nunca se sabía. Steven estaba cerca, tanto como para que apoyara una mano en mi hombro. No sé si para ayudarme a ponerme de pieo para mantenerme en el piso. Me arrodillé, lo miré balanceándome un poco y le di un golpe rápido en la nuez de Adán, haciéndolo retroceder tosiendo desesperado. Me levanté sin esfuerzo y le di una buena patada en las bolas, haciéndolo caer al piso.
Me di la vuelta para encarar a Toro lo más rápido posible, no darle tiempo a nada, pero el hijo de puta ya tenía un arma apuntándome al pecho.
—¿Me va a disparar? —pregunté—. Yo creo que no. Sea lo que sea que está haciendo, necesita mantener el perfil bajo, ¿me equivoco? De otro modo no hubiera venido con su gorila a esta hora.
—Muy cierto —respondió Toro con una gran sonrisa—. Sin contar que con el hecho de matarlo, estaría desperdiciando una increíble suma de dinero.
—No toqué un centavo de todo lo que me pagó hasta el día de hoy —le dije—. No fui testigo de nada ilegal tampoco, ustedes se encargaron de eso. Puedo devolverle su plata y cada uno sigue su camino.
—No, no. Claro que no —dijo divertido—. Puede quedarse con todos los sobres y su contenido. Eso sí, yo no los llevaría al banco. Tendría que responder muchas preguntas sobre de dónde sacó tanto dólar falso… incluso puede que lo acusen de algo.
Esas palabras me cayeron peor que el golpe que me dio Steven, peor incluso que tener una pistola apuntándome. Me dio pánico lo que podía decir Claudia y ni hablar de lo que iba a tener que discutir con mi ex.
—Señor Toro —dije acercándome a él; no estábamos muy lejos—. Se lo pido por favor.
—No voy a matarlo —dijo—. Pero puedo volarle las rodillas y hacer de sus últimos días algo muy pero muy doloroso.
—Sí. Lo sé —asentí dando otro paso—. No le estaba pidiendo por mi vida.
—¿Entonces?
—Solo iba a pedirle que aceptara mi renuncia. —Le di un manotazo a la punta del arma y di un paso al costado opuesto. Esperé la detonación, pero no se produjo. La teoría dice que si uno logra arrebatarle el arma a un enemigo, sin importar que tan fuerte sea o qué otras ventajas tenga, su primera reacción siempre será intentar recuperar el arma.
La teoría es una mierda.
Toro soltó la pistola como si no le importara una mierda. Mis ojos se desviaron al sonido que hizo al caer. Aprovechando que estaba apoyado en el escritorio, me empujó con una pierna con más fuerza de la que hubiera apostado que tenía. No caí, pero retrocedí lo suficiente como para que Steven me atrapara.
—Don’t kill him —dijo Toro.
Steven murmuró algo, no con muy buen humor y lo siguiente que supe es que estaba atravesando mi propio despacho por el aire. Choqué contra una pared y antes de saber cuál era el piso y cuál era el techo, el gorila ya estaba sobre mí de nuevo. De la paliza que recibí puedo decir poco y nada. Solo sé que en algún punto rompí el vidrio sobre mi escritorio y que lo intenté usar como cuchillo, pero solo logré cortarme las manos.
Cuando Toro y Steven se fueron, yo estaba en el suelo ensuciando todo con sangre y ahora… ahora tengo que moverme. Tengo que actuar rápido. Porque cuando Toro se fue no lo hizo con las manos vacías, sino que se llevó la única foto que tenía sobre mi escritorio.
Una foto de Claudia.

