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Las llamadas

Con las manos vendadas que no dejaban de picarme, me pregunto qué carajo tengo que hacer. Mejor dicho, me pregunto cómo hacerlo. Ahora que mis heridas están cerradas y perdí mi toque del Midas del subdesarrollo, que en vez de convertir las cosas en oro con mitoque, las vengo convirtiendo en cosas asquerosas manchadas de sangre, tengo que hacerme cargo de todas las cagadas que hice.

Lo primero que tengo que hacer es llamar a Claudia y a mi ex. No me causa gracia pero es lo que tengo que hacer. No se trata de un retraso en la manutención, esto es serio y no puedo esquivar el bulto hasta estar de mejor humor como suelo hacer.

Intento mirar el reloj para ver la hora, pero no lo tengo puesto. Seguro se me cayó ose rompió durante la pelea, aunque llamar pelea a la paliza que el urso me dio es como llamar pelea al entrenamiento con un saco de box. Me fijo la hora en el celular. Ni siquiera son las diez. Juro que éste día tiene más de veinticuatro horas. Es eterno. Aun así, me gustaría que no siga avanzando porque las llamadas que tengo que hacer no quiero hacerlas. Sé que es de cagón, no quiero admitir lo mucho que la pifié, pero bueno… otra no me queda.

Llego a mi oficina, por fuera se ve como siempre. Si usara una linterna seguro que puedo ver todo el camino andado gracias a las manchas de sangre que fui dejando. Soy un Hansel de una versión de terror –sí, aún más de terror que la versión original del cuento—donde ni las piedras ni el pan me sirven para regresar a casa. No tiene sentido que me ponga a buscar mis propios rastros, así que entro y voy derecho a mi despacho. ¿Cómo carajo entró Toro y su gorila? Ordeno un poco y limpio lo mejor que puedo. Marta, la mujer que hace la limpieza, va a venir recién el miércoles y si no paso un trapo o algo, se me va a llenar todo de moscas… o mosquitos, tal vez.

No me lleva mucho tiempo terminar de acomodar, intentando alargar el momento de agarrar el teléfono y ocuparme de lo que realmente tengo que hacer desde que llegué. Me decido y marco el primer número. Me lo sé de memoria. Atiende Claudia y lo hace con más alegría de lo usual. Me duele desilusionarla otra vez, pero es importante que lo haga.

Se me llenan los ojos de lágrimas mientras le voy contando. Una vez que arranqué a hablar se me fue el miedo de decirle las cosas, pero no es eso lo que hace que esté a punto de lagrimear, sino que ella no se esté enojando. Se muestra preocupada por mí. El que no pueda pagar el viaje que le prometí no parece importarle ni un poco. Le explico que el hijo de puta de Toro se llevó su foto de mi escritorio y me responde que no me preocupe, que me va a regalar otra. Le explico que llevarse la foto es una amenaza. Le digo que Toro sabe que ella me importa y está diciendo que va a ir por ella si yo hago algo. Lo entiende. De nuevo me dice que no me preocupe, que no la va a encontrar ni con GPS. Dice que no tiene facultad por lo que puede desaparecer unos días, y que yo puedo hacer lo que quiera.

Cuelgo tras recordarle lo mucho que la amo y lo mucho que lo lamento. Me tiemblan las manos de los nervios. Aunque la charla en sí misma fue horrible, la siento como una de las más hermosas que nunca hayamos tenido. Acabo de enterarme de que soy algo más que una obligación para mi hija y me tomó por sorpresa. Algo me recorre la mejilla y me seco con la manga. No quiero ir al baño, verme en el espejo y sentirme un viejo boludo.

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