Vagamundos 01 Imagen para El Old Man scaled

Hablando se entiende la gente

Llego a la calle Florida más tarde de lo normal y como un estúpido lo que se me pasa por la cabeza es que estoy llegando tarde. Nos condicionamos tan rápido en ser ganado, en repetirnos. Sería lindo decir que la rutina y las costumbres nos dan la posibilidad de poder enfocar el cerebro en otras cuestiones mientras el cuerpo va en automático, pero matamos esa libertad de pensamiento con las pantallas de los celulares, o peor aún, como en mi caso, con autocompasión. 

Entro al edificio. El portero me sonríe y saluda. Me mando directo al ascensor y mientras está subiendo desenfundo. No sé qué carajo estoy haciendo pero no importa. Ellos tampoco. El ascensor se detiene, me bajo y camino directo al departamento que Toro usa de oficina. Abro la puerta que no tiene cerradura.

Al primero que veo es a Steven. Está sentado con un brazo enyesado y calculo que con el torso vendado. Se le abren los ojos y le apunto directo a la frente.

Fucking Old Man —murmura.

Le sonrío y me llevo el índice a los labios para que se calle. Me acerco hasta que la punta del arma se apoya en su cabeza. Sus ojos están tan llenos de odio que en cualquier momento largan chispas. Lo agarro del hombro y lo muevo para que se levante, me pongo tras él y lo llevo a la oficina del jefe. Lo hago entrar primero y me quedo en la puerta apuntándole. 

—Buenos días —digo. 

Phill se sobresalta y desenfunda rápido, pero no llega a apuntarme. Se queda paralizado al ver que ya lo tengo en la mira.

Put the gun dawn —dice Toro, tranquilo como si nada pasara—. Señor Álvaro, que agradable sorpresa —me dice. Su simio amaestrado guarda el arma a desgano—. Espero que haya recapacitado. ¿Quiere un café?

—No, lo que quiero es charlar.

—Charlemos entonces —asiente—. ¿Va a sentarse?

—No, acá estoy bien —digo. 

Los dos guardas me miran como perros a un hueso, esperando a que el amo les dé permiso para saltarme encima y hacerme astillas. 

—Como usted guste, no es necesaria el arma señor Álvaro. Guárdela que se le va a acalambrar el brazo —dice Toro. Si tiene miedo o está nervioso no puedo notarlo. 

—Tengo entrenamiento, puedo sostenerla sin problema durante horas.

—¿Boss? —pregunta Phill y Toro levanta una mano.

—¿Alguna vez lo probó? —me pregunta. 

—¿El qué? 

—Pasarse una hora en esa pose —explica Toro sonriendo. 

—No, y hoy no va a ser la excepción —le digo—. No pienso interrumpirlos mucho tiempo. 

—Entonces vayamos al grano. 

—¿Qué es lo que está probando en nosotros? —le pregunto. 

—Paciencia, ya falta poco para que lo sepa —responde sin responder.

—¡No! Mi paciencia es famosa por sus actos de desaparición, y quiero saberlo ahora. 

—¿O qué?

—O pierde la computadora.

—Cuidado, Álvaro —La voz de Toro se pone neutra, todo indicio de humor desaparece, da un poco de cagazo—. No está jugando un juego. Si algo le pasa a esa computadora su vida ya no va a valer nada, ni la de su hija, ni la de sus amigos, ni la de su ex esposa. Sea inteligente y entréguela. 

—¿Dónde está Carla? —pregunto. 

—No sé —vuelve a sonreír—. Le hicimos unas preguntas y la dejamos ir. El teléfono nos lo quedamos sin que se diera cuenta.

Me es imposible descifrar a este tipo. No sé si miente, si dice la verdad, si juega o si va enserio. 

—Quiero que deje a mi hija en paz.

—No se hubiera metido con nosotros —dice y se levanta. 

Le apunto. 

—Quedate quieto —le digo. 

—Señor Álvaro, se me está acabando la paciencia —dice—. Dígame dónde está mi computadora y tal vez, solo tal vez, le deje pasar lo de la señorita Rago y deje a su hija fuera de todo esto. Depende del pie con el que me levante. 

—No vas a volver a ver esa computadora en tu puta vida —le digo, y me sonríe como si no me creyera.

—Esa fue su única oportunidad señor Álvaro. La dejó pasar —dice—. Phill.

Miro al grandote, su arma ya me apunta. Vuelvo a mirar a Toro y el también me está apuntando.

Mierda.

—Puede retirarse —dice Toro—. Sepa que pudo evitarle a su hija muchos problemas pero decidió no hacerlo. 

¿Y si lo mato? Si Toro muere seguro que los gorilas me matan, pero ¿van a seguir buscando a Claudia por su cuenta? ¿O todo se termina acá?

—También puedo volarte la puta cabeza —le digo, y se encoge de hombros como si no le importara. 

—Hagamos una cosa —me dice sonriendo—. Si se va ahora nos limitamos a buscar a su hija y experimentar con ella del mismo modo que experimentamos con usted —su risa se amplía—. Pero si sigue por este camino, podemos mandar a otra gente a buscarla y le aseguro que ellos hacen sus propios experimentos. Puede que se diviertan haciendo… 

Dijo algo más pero no lo escuché. Le tiro mi arma a Phill cuyos reflejos lo llevan a esquivarla. No me vuela la cabeza. Punto para mí. Corro los tres pasos que me separan de Toro, directo hacia su arma. Si me mata, que así sea, pero este hijo de puta, engreído de mierda, no la va a sacar tan barata. 

Golpeo la punta de su pistola con el canto de una mano y con la otra le doy una piña en la cara. Retrocede sin soltar el arma. No me importa. Lo agarro del cuello y lo estampo contra la pared. El muy forro sigue sonriendo. Uso una pierna para trabarlo y lo empujo con fuerza para que la caída sea lo más violenta posible. Me pongo encima suyo y le doy trompadas para que tenga y reparta.

Sangra. 

El muy puto sangra. 

Las luces se me apagan un segundo. Estoy en el piso y me duele la cabeza. Toro se está levantando y el arma de Phill me apunta directo. Supongo que alguien me dio un culatazo y me tiró a un lado, siento sangre recorriendo por mi cuero cabelludo.

Toro está colorado y tiene la cara ensangrentada, se lo ve pálido. Así me maten ahora mismo considero que me llevo una victoria. Me levanto riendo, los otros tres me miran extrañados. Que miren todo lo que quieran. 

—Pensá bien antes de volver a hablarme de mi hija, borreguito —digo—. Te la crees demasiado, pensás que tenés todo el control. Te faltan años de experiencia para saber la única verdad que existe. 

—¿Y cuál…? —La voz le sale un poco aflautada—. ¿Y cuál sería esa verdad? 

—¿Y arruinar la sorpresa? —le pregunto y extiendo mi mano hacia Phill. 

I´ts ok —dice Toro.

—El grandote se lleva la mano a la espalda y saca de la cintura de sus pantalones mi arma. Mira a su jefe y al verlo asentir me la entrega. 

—Tranqui sorete —le digo y guardo mi pistola en la funda. Me acomodo un poco la ropa. Las manos me duelen, las siento tirantes, pero los puntos siguen invictos. Las vendas, eso sí, están de cualquier forma.

—Devuelva la computadora, Álvaro —dice Toro.

—Deje de buscar a mi hija y dígame qué es lo que está haciendo.

Nos quedamos mirándonos. No dice nada. Sonrío y me doy vuelta. Salgo de la oficina. Hasta que no abro la puerta principal del departamento, espero escuchar la detonación que va acabar con mi vida. Pero no se produce. Toro tiene el temple de acero, pero también tiene el ego del tamaño de una montaña. Si dependiera de los gorilas a su servicio ya me hubiesen matado treinta veces. El arma sólo me la hubieran devuelto para metérmela en el culo. Pero Toro quiere verse tranquilo, superior, magnánimo y confiado.

De no ser por las piñas que le di, podría considerar que venir hasta acá fue un error, una pérdida de tiempo.

Cierro la puerta y doy un par de pasos. Las piernas me tiemblan de pura adrenalina. No puedo creer que haya salido vivo y con un solo un corte en la cabeza. ¿Bajo por la escalera? Es como un Deja . Las últimas tres veces que estuve acá me fui con la sensación de apuro y urgencia, de tener que correr por mi vida.

Pero no, no pienso bajar por la escalera, probablemente me mato. Me apoyo en la pared frente al ascensor y espero ya que está en movimiento. La espera se me hace eterna. Para mi sorpresa, se detiene en este piso y las puertas se abren.

La persona a punto de bajar se queda paralizada al verme. Venir acá no fue tan al pedo, al parecer.

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