La boca del lobo
Me peino frente al espejo. Si mis ojos fueran puertas, mis ojeras serían alfombras de bienvenida demasiado grandes. Me paso la lengua por los dientes y aun la siento resentida por la quemadura del café, pero los dientes están firmes. Odio soñar que se caen y pasarme el día con temor a encontrarlos flojos.
Siento que estoy en una partida de ajedrez en tablas, sin movimientos. A la tarde voy a ir a lo de Rengo a ver si pasó algo con la computadora, pero hasta ese momento no tengo idea de qué hacer.
Podría ir a mi trabajo, simular que todo está normal, pero no creo tener esa capacidad. Sé que un loco de mierda está buscando a mi hija y que tienen a mi ex esposa. Sé que somos siete las personas que usaron de conejito de indias y que a Toro le falta una más para tener el estudio completo. Si Claudia no se hubiese escondido cuando lo hizo seguro que era la octava.
Lo inteligente sería quedarme acá y esperar a que Rengo me llame si es que arregló el tema de la contraseña. Pero la impaciencia y la ansiedad no son buenas consortes de la inteligencia.
Ya sé que hacer.
Toro cree que tiene el control de todo y hasta es posible que sea un poco cierto, pero eso no quiere decir que me voy a dejar controlar así nomás.
Le voy a hacer una visita a su oficina. Por el momento no tengo más plan que éste. Ni siquiera se me ocurre que hacer si es que están ahí. Tampoco sabría qué decir. Con un poco de suerte los voy a poner nerviosos y sean ellos los que terminan metiendo la pata.
Agarro el saco de la percha y lo acomodo para que no se me vea la pistolera.
Salgo.

