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El negocio de la muerte

El asiento frente a mí está vacío. Las dos tazas de café con restos fríos. La cuenta ya está paga y el segundero de mi reloj gira y gira sin pausa. Puedo sentir cada movimiento que hace. Me levanto y todo me da vueltas. Me agarro de la mesa para no caerme. El estómago se me revuelve. Siento que voy a vomitar. No quiero hacerlo. Odio vomitar.

Respiro hondo.

—¿Estás bien? —me pregunta el mozo; un pibe joven, con tiempo por delante.

—Sí. Sí. Gracias —digo—. Me dio un mareo por levantarme demasiado rápido —finjo una sonrisa para tranquilizarlo. El pendejo debe creer que estoy sufriendo un infarto o algo así.

Salgo del bar antes de que se le ocurra pedir una ambulancia.

Esleva se fue hace como diez minutos, que es lo que me tomó reponerme de todo lo que me dijo. Antes de levantarse me tomó de la mano y antes de ir hacia la puerta, apoyó una de ellas en mi hombro y murmuró la palabra «perdón».

Si lo pienso, lo que dijo no es lo más grave, sino lo que insinuó. Después de contarme sus comienzos con Toro, me dijo que no disponía de tiempo para ayudarla. Podría haber querido decir un montón de cosas, pero entendí sin preguntar a qué se refería exactamente. Lo que fuera que Toro estaba experimentando conmigo, era mortal.

Pienso en la mujer que quería tener un embarazo seguro pese a tener cuarenta años, la Middle Age Woman. Pienso en los padres que querían curar de la mejor forma posible la lesión de su hijo… En la madre que creía estar haciendo un bien a su niño de tres añitos…

Todos estamos muertos y aún no lo sabemos.

Mientras Esleva me contaba, pensé en mí y después en Claudia. Tras el shock inicial, quise matar a Toro y sus guardas, de pura bronca o venganza propia. Por Claudia también, para que no se le acercaran. Toro es un mercader de la muerte y yo fui su primer cliente. Todavía hay una vida inocente en juego.

Camino rápido. El tiempo que estuve paralizado en el bar tras la noticia de mi futura muerte se me viene encima. Siento como va creciendo la desesperación y se va condensando como una bola de plomo en mi estómago. Siento mucha presión en el pecho y que la cabeza se me parte.

Me atormento por el tiempo perdido. Es la primera vez en mi vida que la noción de «perder el tiempo» se hace real. Supongo que así deben sentirse todas las personas que salen de la sala del oncólogo con las peores noticias.

No se trata de estos diez minutos de mierda que me tomé para procesar lo que dijo Esleva, se trata de llamadas que no hice, del tiempo bebiendo en bares, de palabras que no me animé a decir y lugares a los que no fui por estar cómodo en un sofá. Pero no puedo dejarme envolver en mis miedos, ni ir a rezar a una iglesia a poner al día mi lista de pecados. Claudia todavía puede estar en peligro y Rengo podría estarlo también. 

Cuando le dije a Esleva que tenía la computadora personal de Toro, me dijo que la destruyera cuanto antes. Al parecer, Toro sí es un poco paranoico y no hace copia de sus avances, descubrimientos y listas de clientes. Incluso guardaba en esa computadora la formula entera del veneno. Esleva y los demás trabajaban con partes fraccionadas de la formula. La mayoría ya la conocía lo suficiente como para no necesitarla entera para los experimentos, pero no tanto como para escribirla de memoria.

Intenté tranquilizarla diciéndole que tenía el aparato en un lugar seguro y que la pensaba usar para mantener a salvo a mi hija.

Es una suerte que el ego de Toro fuera más grande que su paranoia y no se llevara su computadora con él a todos lados pese a su importancia. Esleva me dijo que se la solía llevar, que nunca la conectaba a internet ni hacía copias del disco rígido. Pero el día que yo fui no se la había llevado y estoy seguro que eso es algo que hoy le revuelve el estómago.

Pero el problema, la razón por la que me preocupo por Rengo, es que así como Toro sabía muchas cosas de Silvina Rago, también sabía de mí, incluyendo a mis empleados y que tenía a Rengo de ayuda. No sé qué tanto sabe de él, pero sí sabe que es cerrajero. Considerando que le habíamos cambiado la cerradura de su trabajo seguro que le van a hacer una visita.

Yo lo haría.

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