Ladrón que roba a otro ladrón
El taxi frena en la vereda de en frente al local de Rengo. A simple vista todo parece normal, pero las primeras impresiones engañan. Tengo un mal presentimiento. Siento que llegué tarde. Algo está mal. Lo sé.
Le pago al taxista y me bajo sin esperar el vuelto. Escucho que agradece y respondo con un murmullo sin palabras, sin dejar de mirar el local. El taxi se va y me quedo parado esperando un agujero en el tráfico que me permita cruzar. Cuando el semáforo se pone en rojo, aprovecho y cruzo corriendo ante la mirada desinteresada de los conductores.
Alcanzo la otra vereda y me quedo parado frente al local, observando. Entro. Una serie de tubitos huecos de metal anuncian mi entrada. No hay nadie a la vista.
—¿Rengo? —pregunto.
Miro a mi alrededor. Tengo que concentrarme. Los miedos y los nervios me están impidiendo prestar atención como corresponde. ¿Qué veo? ¿Qué hay para ver?
Rengo no está en el mostrador, no respondió a mi llamada ni a las campanitas de la puerta. Sobre el mostrador no hay nada, en todos estos años, nunca vi que lo tuviera así de prolijo. Miro al piso y veo que hay llaves, tornillos, papeles y otras cosas desparramadas. La mayoría de las cosas están de mí lado, del lado del público. Supongo que alguien entró… me doy vuelta y leo que el cartel de abierto y cerrado tiene el lado de «abierto» mirando para adentro. Miro la hora, el negocio debería estar abierto. Entonces alguien entra y da vuelta el cartel… o tal vez lo voltea después. Es lo mismo. Entra. Rengo lo atiende. El cliente barre las cosas del mostrador tirándolas. Por lo general, cuando alguien quiere liberar una superficie elevada como un mostrador, sin ser cuidadoso al hacerlo, usa el brazo flexionado, como una hoz. No se suele usar el brazo rígido. Así que uno embolsa lo que haya y lo tira hacia el costado siguiendo el giro de cintura, también hacia sí mismo… En este caso, el lado del público. Si el Rengo hubiera tirado todo en un ataque de bronca por lo que fuera, las cosas hubieran caído en otra dirección.
Vuelvo a mirar el cartel de la entrada. Para la gente que pasa por la calle dice «cerrado», pero la puerta estaba abierta. Cuando Rengo se va para hacer un trabajo, cierra bien la puerta y en vez de dar vuelta el cartel, pone otro con su celular para que se contacten con él en caso de emergencia. Entonces, cartel de cerrado pero puerta abierta. Rengo siempre pone llave cuando sale. Incluso si no tiene que salir a las corridas, o a los pasos rengos apurados, en su caso, también pone la reja.
Así que lo lógico sería pensar que alguien entró, discutió con Rengo, le tiró las cosas del mostrador con violencia, ya que cayó todo y algunas cosas a buena distancia, al irse puso el cartel de cerrado y no se molestó en limpiar. Pero Rengo tampoco limpió…
¿Por qué?
¿Por qué alguien pondría el cartel de cerrado antes de irse o incluso al entrar? Si lo hizo al entrar, sería para asegurarse de que nadie lo molestara mientras estaba adentro. Si lo hizo después, al irse, sería para tener más tiempo de alejarse antes de que alguien entrara y vea lo que sea que hubiera dejado.
—¿Rengo? —vuelvo a llamar sin esperar respuesta. Tengo miedo de entrar y encontrarlo.
No importa, igual cruzo el mostrador. No siento mis pies como propios. El silencio es absoluto, como si el famoso cono del agente 86 hubiera caído sobre el local. La idea me da escalofríos después de lo que me dijo Esleva acerca de lo que producía el veneno que me administraron. Golpeo con los nudillos la madera del marco de la puerta. Puedo escucharlo y eso ya me relaja.
Abro un poco la puerta de la trastienda. Mientras Rengo trabaja, suele estar siempre abierta. Asomo un poco la cara y veo las piernas de mi amigo en el suelo. Abro de un tirón y corro hacia él. Veo sangre, en el piso, en sus manos, en su cara, en la ropa. ¡Hijos de puta! Tiene un brazo en una posición imposible. Me quedo paralizado. En la habitación hay llaves vírgenes, máquinas para darles formas, cajones chiquitos con vaya uno a saber qué. Todo está desordenado. Algunas cosas caídas, todo torcido… algunas manchadas de sangre.

No hace falta ser Sherlock Holmes para deducir qué pasó. Al Rengo lo fajaron de lo lindo. Supongo que fue más de una persona o él se hubiera defendido un poco. Aunque Rengo es más de palabra que de acción, contra Phill no hubiera podido hacer mucho. No era un luchador, no de puños en alto, al menos.
¡Se mueve!
—¿Rengo? —pregunto. No quiero tocarlo por las dudas. Tal vez tenga hemorragias internas o alguna contusión.
Saco el celular y llamo a una ambulancia. Está pálido, tanto que ya lo estaba dando por muerto.
Abre los ojos, el que puede, en realidad.
—Se llevaron la computadora —me dice con un hilo de voz, le cae sangre por la comisura al hacerlo.
—Shhh. No importa. Quedate quieto que enseguida viene la ambulancia —le digo—. Ya la pedí.
—Era grandote —dice. Vuelve a tener los ojos cerrados—. Espero que al menos se haya roto un nudillo— se ríe y le da un ataque de tos que lanza sangre por doquier.
—Shhh. Quedate quieto, no hables.
—Pero para un poco, dramático —dice y trata de incorporarse—. Está bien que me cagaron a palos, pero tampoco la pavada. ¡La concha del pato! —grita cuando intenta apoyarse en el brazo torcido—. Creo que este está roto —me dice.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí, bárbaro, ¿no ves? Una pinturita. Eso sí, creo que antes de desmayarme tenía los dientes más firmes —escupe sangre—. Y mayor cantidad… Es una suerte que a mí las minas me quieran por mi personalidad.
—¿Qué minas? —le pregunto.
—¿No te parece que ya recibí demasiados golpes por hoy?
—Perdón —digo, pero no puedo evitar sonreír.
—Se llevaron la notebook —repite.
—No importa.
—Sí, ya sé —me dice y sonríe. Tiene los dientes cubiertos de sangre.
—¿Qué? —le pregunto sin entender de donde viene esa sonrisa.
—Bueno, resulta que copié todo el contenido en un disco externo que no se llevaron —me dice—. Y por si eso no fuera suficiente, le puse un hermoso troyano al programa de las contraseñas. Así que en cuanto la usen, no les va a quedar un byte sano después de un minuto.
—¿Posta?
—Bueno, no lo hice yo si vamos a ponernos en exquisitos —dice—. Ahora si me disculpas un segundo, me voy a volver a recostar o voy a terminar vomitando —le da un ataque de tos que le mancha de sangre la mano con la que se cubre la boca.
Suenan los tubos de metal de la puerta de entrada y escucho voces. Me llevo el índice a los labios y camino despacio a la puerta de la trastienda, que quedó entornada después de que yo entrara. Me asomo y veo a un oficial de policía hablando por su radio.
—Oficial —lo llamo abriendo la puerta de par en par—. Por acá.
Le avisa a su compañero o compañera, desde acá no alcanzo a ver, y se me acerca. Más allá de la puerta veo las luces del coche patrulla. Mientras se acerca saco la billetera para mostrarle mi documentación. Cuando entra le explico lo que yo creo que pasó, en voz bien alta para que rengo escuche. El policía se arrodilla junto a mi amigo y le dice que la ambulancia ya está por llegar.
Mientras esperamos respondemos algunas preguntas del oficial. Rengo se queja más de lo que habla. Declara un robo y me sonríe al hacerlo. Llegan los médicos, se ponen al tanto, le hacen unas pruebas y lo colocan en una camilla.
—Esperen —les digo cuando se disponen a levantarlo para llevárselo—. ¿Dónde está el disco? —le pregunto de cerca, casi al oído.
—¡Uh! Por poco se me olvida. Debe ser por todos los golpes y eso —dice riendo—. ¿Me puede sacar las llaves del bolsillo? —le pide a uno de los camilleros.
—Yo me encargo —digo viendo que los otros lo están sosteniendo en el aire.
—Dale, pero ojo con lo que tocas que te conozco —me dice Rengo.
—¿No le pueden dar algo para que cierre la boca? —le pregunto a uno de los médicos mientras saco las llaves. Es un llavero con siete llaves de diferentes formas y tamaños.
—Cuando ésta gente termine con lo que tenga que hacer, te pido que cierres bien todo, no creo que hoy pueda volver —me dice Rengo.
—Sí. Está bien, no te preocupes. Yo me encargo.
—El disco está en la caja —me dice—. La caja está en… en…
Su cuerpo se afloja y la cabeza cae en la camilla. Saca la lengua.
—Dale, pelotudo.
—No pude resistirme —dice riendo. Los médicos se ponen en movimiento y yo voy caminando junto a ellos para abrirles bien las puertas—. La caja está escondida —dice Rengo cuando voy cerca de él. La escondí como para que un gaucho de los buenos la pueda encontrar —hace un gesto raro con la cara, calculo que intentó guiñarme el ojo que tiene todo hinchado.
—¿Dónde? —le pregunto. Ya estamos en la calle y los médicos lo suben a la ambulancia pidiendo que me corra y les deje lugar.
Rengo no me responde. Los médicos cierran la puerta, lo escucho decir, justo antes, que si tienen que hacerle una transfusión, quiere que sea de alguien que mida más de dos metros. Rengo está todo golpeado, pero son los médicos los que van a pasarla mal en el viaje.

