Un gaucho de los buenos
El policía y su compañero, que resultó ser un hombre bastante gordo de tez oscura, se marchan una vez que tienen todo anotado. Me dejan solo no sin antes decirme que se van a comunicar conmigo y que van a mandar otro patrullero para que vigile la zona. Los de la científica y los forenses ya pasaron, sacaron sus fotos, tomaron sus notas y también se fueron.
Ya es bastante tarde. Espero que Toro se haya rendido con Claudia y decidido por otra víctima. Tiene que cumplir con el cronograma y si se dedica todo el día a buscar a mi hija arriesga mucho. Si Esleva no me mintió, para él es importante suministrar hoy el veneno a la Young Woman si quiere completar su experimento.
Por favor, Dios, que Claudia siga estando a salvo de estos hijos de puta. Te lo pido por favor.
Cierro bien las puertas de la cerrajería y pongo la persiana. Me quedo adentro. ¿Dónde carajo está la caja fuerte? ¿Qué mierda quiso decir con lo del gaucho?
Me suena. Lo del gaucho me suena de algo. ¿De qué? Intento pensar, pero no recuerdo. ¿Cuándo hablamos de gauchos? No. De un «gaucho de los buenos». Me parece que hace un tiempo era algo de lo que nos reíamos mucho. Jodíamos con eso del “gaucho de los buenos” a cada rato. Hacíamos comentarios para burlarnos. Si alguno decía que ya había tomado suficiente, le decíamos que un gaucho de los buenos no solo seguiría tomando, sino que también se agarraría a faconazos con todos para robarles sus bebidas. Cosas así, boludeces que solo tienen sentido entre amigos y borrachos.
¿Pero cómo empezó?
Hasta hace un minuto no me acordaba de la frase, ¿cómo me voy a acordar cuándo se dijo por primera vez?
Tamborileo con los dedos el mostrador. También subo y bajo el pie manteniendo el talón apoyado. A Carla la ponía de la cabeza cuando me pasaba media hora así, pensando. Llevo el ritmo de un corazón agitado. Me cago en El Rengo y su hermetismo, ¿por qué carajo no me dijo dónde estaba la caja y se dejaba de joder?
Mis nervios suenan fuerte en el suelo del local, mientras lo golpeo con el pie.
¡Eso! Me acuerdo.
Habíamos visto una propaganda de un grupo de flamenco que zapateaba a un ritmo imposible. Rengo había dicho: «un gaucho les rompe el culo». Lo miramos como si estuviese loco. Le dijimos que se fuera a cagar y él dijo: «bueno, pero no cualquier gaucho, sino un gaucho de los buenos».
Nos reímos como si fuera lo más gracioso del mundo. Éramos cuatro y estábamos comiendo pizza y tomando cerveza. Yo me había pedido una gaseosa light. No solo estaba en una temporada de mantenerme sobrio, sino que iba al gimnasio y trotaba a la mañana. Desde ese momento todos empezamos a decir todo tipo de cosas que los “gauchos de los buenos” eran capaces de hacer.
Pero en principio, los gauchos de verdad zapatean.
Me empiezo a mover por el local golpeando el piso con el pie, atento al sonido. Junto a la puerta de la trastienda se escucha diferente; se siente diferente también. A primera vista no hay nada raro en el lugar, pero sabiendo lo que busco, el panel oculto en la madera no es tan difícil de encontrar. Rengo instaló uno en mi casa, en la pared, y éste no es muy diferente. Levanto el panel y dejo a la vista la caja fuerte. No tiene nada de especial. Es una caja de hierro cuadrada con una llave en la puerta. Reviso las llaves del llavero y encuentro la indicada. La abro. No es muy profunda. Hay varios fajos de billetes y algunas joyas. Montones de pendrives y, lo que me interesa a mí, un disco externo. Lo agarro. Debajo hay cartas y fotos. No toco nada de eso, no me corresponde.
Cierro la caja, le pongo llave y coloco bien el falso panel de madera donde va. Es hora de que me vaya. Salgo a la calle, cierro la cortina metálica y lo que queda ahora es saber a dónde ir…

