Culpable hasta que se demuestre lo contrario scaled

Roberto Marin

Mauro Kolmann salió del subte y caminó por avenida Independencia rumbo al bajo. Vestíapantalones vaqueros de color negro, zapatillas y una gabardina negra que le llegaba hasta las rodillas. La había comprado por la misma razón por la que solía tener las luces apagadas en su oficina, porque era un fanático de las novelas negras. Horacio Marin le había ofrecido mandarle otro Uber a buscarlo, pero lo había rechazado. Prefería viajar por su cuenta, ver el barrio desde la perspectiva del peatón, por decirlo de alguna manera. Conocer los negocios, empezar a ver las caras del lugar. Caminaba rumbo a la casa de Roberto Marin, el padre del director.

Aunque desde antes de terminar de beber una copa de vino con Horacio, Mauro ya había decidido aceptar el trabajo, incluso si el viejo resultaba una versión arrugada del diablo, le pareció profesional concretar una cita previa para conocer a la persona a la que debía custodiar. Después haría de cuenta de que lo pensaría y finalmente anunciaría que aceptaba. Marin había suspirado con cierta derrota ante esa idea, pero aceptó el encuentro.

Llegó a dónde vivía el viejo media hora antes de lo convenido. La dirección daba enuna especie de complejo de departamentos de ladrillo rojo desgastado con el paso del tiempo. Estaba por sobre el nivel de la vereda, unos cuatro escalones que terminaban en una puerta de madera como las que se veían en los ranchos. La puerta, que llegaba hasta la cintura de una persona común, daba a un camino recto que se alejaba unos treinta metros hasta la entrada, y llevaba a una parte de los departamentos. Había otra puerta a mitad de camino. Gran parte del terreno, estaba ocupado por césped, arbustos y flores. Se veía a la legua que nadie usaba esa parte como parque de juegos. Junto al complejo, había una verdulería a la izquierda y un edificio alto de fachada antigua a la derecha. Mauro tocó el timbre del portero eléctrico que no se veía a simple vista desde la calle.

—¿Quién es? —preguntó una voz femenina.

—Mi nombre es Kolmann —dijo éste—. El señor Roberto me está esperando.

—Un momento, por favor.

Estaba en San Telmo, un barrio que no se solía asociar a gente con mucha plata. A San Telmo se lo relacionaba con el arte, con lo antiguo, con la historia, al tango y a la bohemia. El viento era frío y la mayoría de las personas caminaban con pasos cortos, las axilas apretadas y la cabeza lo más hundida posible entre los hombros. Mauro se puso las manos en los bolsillos y se entretuvo mirando las frutas exhibidas a dos pasos de donde estaba. Un gato siamés salió de un negocio un poco más a la izquierda de la librería, dio unas vueltas con paso seguro y volvió a entrar.

Percibió movimiento por el rabillo del ojo y vio que del fondo del sendero salía una mujer joven que se puso a hablar con el hombre bajito de campera gruesa y boina que había estado observando desde que llegó. La mujer continuó camino rumbo a él.

—¿Señor Kolmann? —preguntó la chica. Su voz era mucho más adulta que su figura. No parecía usar maquillaje, su piel era bastante blanca y sin una sola arruga. Su gesto era de hartazgo, algo más común en adolescentes que en adultos. Mauro calculó que rondaba los veinte años.

—Sí, el mismo —dijo, sonriendo.

—Pase, por favor.

—Gracias.

Subió los escalones y la chica abrió la puerta de rancho y caminaron juntos por el sendero.

—Llega temprano —dijo ella, sin presentarse.

—Sí, lo sé —respondió él—. Espero no ocasionar ninguna molestia.

—Para nada —respondió la chica—. Mientras más se distraiga el viejo, mejor.

—Buenos días —saludó el hombre de la boina, mirando a Mauro con curiosidad. El hombre era de piel morocha, curtida de arrugas. Debía rondar los sesenta y cinco años.

—Buenas —respondió Kolmann y entró tras la chica en el departamento.

Esperaba encontrarse un pasillo con acceso a diferentes puertas, pero no, habían modificado la estructura para que todo el fondo del complejo fuese una enorme casa de tres pisos. La chica le pidió que la siguiera. Los ambientes eran grandes, de techos altos, una alfombra con dibujos arabescos ocupaba de punta a punta el piso. Era de colores vivos y de alguna manera, hacía que el lugar parezca más grande.

Cruzaron a otro cuarto. En un sillón de respaldo alto, frente  a una inmensa televisión apagada, estaba sentado Roberto Marin. Una de sus flacas manos colgaba inerte del apoya brazos del sillón; la otra, se mantenía firme sobre un bastón erguido apoyado en el suelo.

—Buenos días —dijo Mauro.

El viejo giró la cabeza para mirarlo.

—Necesito cambiarme los pañales, me volvía a cagar —dijo y le sonrió mostrando una hilera de dientes perfectos, blancos como perlas.

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