La primera impresión
El viejo Marin reía a pierna suelta y Mauro sentía que tenía la cara roja como un tomate.
—Ignórelo, es así con todo el mundo, un viejo payaso —dijo la chica, que tras acompañar a Mauro, se había dejado caer en un sofá y se había puesto a chatear con el celular.
—Lo de payaso te lo acepto, nenita, pero lo de viejo… Bueno, viejo también —dijo Roberto, y apoyando ambas manos en el bastón se ayudó a levantarse del sofá. Le costó algunos gruñidos de dolor y no menos resoplos por el esfuerzo.
Roberto era un hombre alto, se le notaba pese a que su postura era un poco encorvada. Caminaba a paso lento y ayudado por su bastón de madera oscura y maciza. Su pelo, blanco y finito, le cubría toda la cabeza y estaba revuelto como si recién se levantara. Su rostro era anguloso y estaba muy bien afeitado. Vestía pantalones de traje, una remera de Los Ramones metida dentro del pantalón y una camisa blanca por encima, desabotonada por completo.
—¿El señor Horacio no está? —preguntó Mauro a la chica, que no dejaba de mirar la pantalla del celular.
—No, mi hijo no nos va a acompañar hoy, señor Kolmann, ¿o prefiere que lo llame Mauro? —preguntó Roberto.
—Como usted prefiera, me da lo mismo —respondió el aludido—. Se supone que tenía una reunión con Horacio.
—¡Error! Con quien tenía una cita usted es conmigo, señor Mauro —le dijo Roberto, dramatizando un poco—. Si mal no se me informó o si mal no funciona mi mente, usted puso como condición, antes de aceptar el trabajo que se le ofrece, conocerme. De ser así, él no es necesario, solo usted y yo, mano a mano.
—¿Cómo?
—Cara a cara —explicó Roberto—. Cachete con cachete, pechito con pechito… Como sea que se diga en estos días.
—Supongo que sería: “en persona” ¿no? —preguntó Mauro, un poco inseguro, mirando a la chica en busca de apoyo, pero no recibió respuesta alguna.
—Podría usted estar sufriendo una embolia, que esa mal aprendida no va a despegar la nariz de ese trasto —dijo el viejo—. Se lo juro, yo ya llevo cuatro y ni se enteró.
—Su hijo quería contratarme para…
—Para que sea usted mi niñera, lo sé, lo sé —dijo Roberto—. No es usted el primero. Ya tengo a la princesa lobotomía como prueba irrefutable de que no miento —resopló—. Pero debo admitirle que con usted se esforzó un poco más. ¿Cuál es su estrategia? ¿Si no hago lo que me dice me da una trompada?
—Me dedico a proteger a las personas a mi cargo. Las cuido. En mi línea de trabajo no suelo ser yo quién da las órdenes. A menos, por supuesto, que estemos en una situación de peligro, ahí sí espero que se me obedezca de inmediato y sin peros.
Roberto Marin sonrió haciendo gala de su dentadura perfecta, digna de publicidad.
—¿Y mi hijo lo sabe? —preguntó—. O sea, ¿no pretende usarlo para controlarme?
—No puedo decir qué es lo que su hijo pretende —respondió Mauro—. Pero sí sé a qué me dedico.
—¡Che! Princesa Lobotomía ¿Por qué no le ofreces algo de tomar al señor? —preguntó el viejo con voz enojada.
—Porque no soy tu sierva —respondió la chica sin levantar la vista de su teléfono.
—¡Me cago en los tiempos modernos! —rezongó Roberto enfatizando su enojo con un golpe de bastón—. Como yo le respondiera así a un mayor no me sentaba en una semana.
—Igual no quiero nada, gracias —dijo Mauro intentando tranquilizar el ambiente.
—Cómo guste —asintió Marin sin rastro de enojo en su voz—. Bueno, acá estamos… En persona. En lo particular me importa poco y nada si usted acepta o no. Aunque debo admitir que un hombre de sus características podría serme muy útil. ¿Qué es lo que quiere saber antes de aceptar o rechazar el trabajo?
—Primero, conocer la razón por la que su hijo acudió a mí.
—Más que nada, porque la fama se le subió a la cabeza. Antes, cuando le pagaba sus estudios, me consideraba extravagante; ahora, que nuestro apellido es reconocido y celebrado en muchos países, me considera un loco —explicó Roberto—. Usted sabe cómo es, una persona sube a un pedestal y los buitres vuelan a su alrededor esperando que caiga. Así que vive aterrado de ser el centro de un escándalo mediático —el viejo se rió—. Estuve cerca de ser arrestado varias veces, cosas de polleras sobre todo, malas compañías, digamos.
—Entiendo. Sí —asintió Kolmann—. ¿Y por qué cree usted que puede avergonzar a su hijo de alguna manera?
—No, no. Yo no lo creo. El que cree eso es él —el viejo se volvió a reír—. El pobre tiene el estigma de creer que debe hacer arte incluso cuando va a cagar. Le aterra que el apellido salga en los diarios y no esté acompañado por alguna alabanza.
—¿Y por qué saldría en los diarios?
—Porque tengo una mente perspicaz. La gente acude a mí cuando tienen problemas. Y a veces, esos problemas pueden ser peligrosos —explicó Roberto, que se sentó de nuevo y le indicó al custodio que se acercara una silla.
—Usted es una especie de detective privado, digamos ¿Por eso su hijo lo compara con el personaje de Doyle?
—Podría decirse, sí.
—¿Así que ahora mismo me podría decir qué cantidad de mascotas tengo solo con darle un vistazo al bajo de mis pantalones? —dijo Mauro sonriendo.
—No sé si tan así —dijo Roberto con un tono de voz severo.
—Uh —dijo la chica.
—Lo que sí puedo decirle es que usted no tiene mascota alguna, come huevos en todos sus desayunos, es un pelotudo, tiene grandes aspiraciones pero siente que sin un pequeño golpe de suerte no las va a poder alcanzar, no en éste país, al menos —tomó aire—. Le gustan las películas de los ochenta y de los noventa también. Tiene un gusto musical variado, se considera a usted mismo como una persona bastante simple y, aunque no lo admitiría en voz alta, cree que es superior a la gran mayoría. Pero no solo por su físico, sino también por su intelecto, el cual suele ser frecuentemente menospreciado. No tiene suerte en el amor, en parte, por eso. Siente que solo atrae a las mujeres más tontas.
Kolmann se quedó en silencio mirando al viejo con un poco de recelo. En su boca asomó una sonrisa de incredulidad.
—¿Todo eso lo sacó viéndome los pantalones?
—No. Claro que no, hombre —dijo Roberto—. También vi las zapatillas —se rió—. En realidad es cuestión de un paneo general, digamos.
—¿Cómo supo que no tengo mascotas? —preguntó Mauro.
Roberto lo miró y sonrió.
—En realidad, lo adiviné —respondió—. A mi edad la vista no es tan buena como para ver si tiene o no pelos en la ropa. Pero usemos la cabeza. Usted es una persona que atiende mucho su apariencia —levantó una mano al ver que Kolmann iba a decir algo—. Se le nota en su peinado, en su corte de barba y bigote, pude sentir que lleva perfume, no desodorante, sino perfume, tiene un trabajo en el que puede verse en la necesidad de abandonar su casa por largas temporadas… La verdad es que dudo que alguien así tenga una mascota. Claro que me podía equivocar.
—¿Y qué tiene que ver que use perfume en vez de desodorante?
—En que, basado solo en deducciones al azar, así como cuida su imagen, también debe de cuidar la imagen de su casa —respondió Marin—. Pero son puras conjeturas sujetas a error.
—¿Y todas las demás cosas que dijo? ¿Cómo supo todas esas cosas? —preguntó Mauro.
—No sé nada, no miento cuando lo digo —Roberto se acomodó en su sofá—. Adiviné que desayunó huevos, por ejemplo, porque tengo entendido que las personas que entrenan comen huevos a lo loco por su valor proteico. Pero bien podría usted tomar proteínas de esas que vienen en polvo en las farmacias.
—¿Y lo de las mujeres? —Mauro no pudo evitar mirar de reojo a la chica entretenida con su celular.
—Algo me dice que su apariencia no es una mera cuestión de trabajo. No solo busca que su cuerpo sea parte importante de su curriculum vitae a los ojos de potenciales clientes, sino también atraer mujeres.
—Como todo el mundo —dijo Kolmann, más a la defensiva de lo que pretendía.
—Lo sé, por eso es que la mayoría de las veces acierto —asintió el viejo.
—¿Y cómo sabe que atraigo a mujeres tontas?
—Si usa un silbato para llamar patos, va a ser difícil que atraiga perdices —dijo Roberto.
—¿Qué?
—Usa su cuerpo para atraer —explicó el otro—. La gran mayoría de las mujeres que se acerquen solo por eso, le van a terminar pareciendo tontas al poco tiempo. No porque lo sean, ojo. Usted cuida su cuerpo trabajo y necesidad, no para sacar fotitos con esos aparatitos. Muchas de las mujeres u hombres que se le van a acercar lo van a hacer rindiendo culto a los músculos y es un tema que supongo que a usted lo aburre mucho al poco tiempo.
—Así que adivinó todo.
—Bastante, sí.
—Algunas cosas me las creo, pero ¿todo?
—¿Qué es todo? —preguntó Roberto—. Piénselo, ¿qué fue lo que dije? Fue casi como leer un horóscopo. Vaguedades con las que la gran mayoría de las personas se puede identificar. Todos esperan un golpe de suerte, todos creen en secreto que son un poco superiores al resto y, por supuesto, la mayoría se cree simple. Por lo menos en parte —Marin se encogió de hombros—. Lo mismo con lo que dije de la música. Todos tenemos alguna preferencia de un ritmo sobre otro, pero es muy difícil que no escuchemos nada más que eso que nos vuela la cabeza. Así que solemos creer que nuestro gusto es variado.
—¿Y las películas?
—Los ochenta y los noventa estuvieron llenos de clásicos que usted ya tenía edad para disfrutar —se rió Roberto—. Teniendo la edad que tiene, diría que se formó viéndolas. Es casi imposible que no fuera de esa manera. Estoy seguro de que si se detiene a pensarlo, va a ver que hay montones de películas que le encantaron y no están dentro de la década del ochenta ni de los noventa.
—Entonces todo lo que me dijo fue basado en estadísticas y suerte —dijo Mauro.
—Sí. Hasta dónde yo sé, que tenga pelo de gato en la ropa no lo hace dueño de uno. Puede ser de la casa de un amigo o de un vecino —dijo Roberto.

