Un trabajo honrado
Mauro Kolmann sacó de la heladera una botella de champagne que había comprado para la ocasión. En la mesa ya estaban las dos copas de tallo largo y cristal fino que le había regalado un cliente satisfecho. Había, además, un paquete grande de masitas secas de la panadería favorita de su invitada. Destapó la botella con habilidad, aunque casi nunca lo hacía. La espuma brotó del pico y un poco fue a parar al suelo. Mauro rió, contento.
Sentada frente a la mesa, viendo el desastre que el custodio estaba haciendo, había una señora que sonreía profundizando el mar de arrugas que era su rostro.
—¿Qué estamos festejando? —preguntó la mujer una vez que su copa estuvo llena.
—Que conseguí un trabajo, uno bueno —respondió Mauro.
—¡Qué bien! Ya venía siendo hora de que te dejaras de joder con eso de ser guarda espaldas y te consiguieras algo serio —dijo la señora.
—El trabajo que conseguí «es» de guardaespaldas —dijo Mauro, fingiendo enojo—. Es un trabajo serio.
La señora era una amiga de su madre. La conocía desde que se mudaron y fue ella la que lo ayudó a conseguir el lugar donde tenía su casa y su oficina. Vivía cerca de ella y cada vez que podía la ayudaba. Le cambiaba los foquitos de luz cuando se le quemaban, atendía a los plomeros, electricistas o quien fuera que tenía que trabajar en su casa, le hacíalas compras pesadas. Se llamaba Adelaida pero como odiaba su nombre, herencia de alguna abuela, solo respondía cuando la llamaban Adel. Para Mauro, esa señora era su segunda madre. Las únicas dos chicas con las que había pensado que podía tener algo serio, primero tuvieron que conocerla y conseguir su aprobación. Adel tenía un ojo clínico cuando se trataba de juzgar el carácter de las personas.
—¿Y a quién tenés que andar cuidando?
—Al padre de un artista bastante famoso, Horacio Marin —respondió Mauro y bebió un buen trajo—. Ya acepté el trabajo y, solo con el adelanto ya puedo pagar todos los gastos de éste mes y devolverte parte de la plata que te debo.
—¿Con intereses? —preguntó Adel, sonriendo.
—Sí, claro. Pero para eso vas a tener que esperarme al mes que viene.
—¿Y por cuanto tiempo tenés que cuidarlo?
—No sé —dijo el custodio—.Para empezar, unas semanas mientras el hijo se va a un festival de cine en la loma del… muy lejos, pero puede que sea mucho más que solo eso—volvió a llenar las copas y se comió un arrolladito con dulce de leche—. Tal vez lo que queda del año… Ya vamos a ver.
—Bueno, pero no seas tan tarado como siempre e intenta ahorrar algo para los tiempos difíciles. Dijo la anciana y removió las macitas hasta que encontró una igual a la que Mauro se había comido.
Mauro asintió. Tenía por costumbre comprar ropa y cosas varias cuando tenía plata en la mano. Una vez había ahorrado bastante, pero el país no era muy agradable con los que ahorraban. A su papá le cagaron los dólares allá por principios del dos mil, y cuando él había logrado tener una buena cantidad de billetes, el dólar se había ido a la mierda y descubrió que lo que tenía ya no le serviría para lo que quería.
Disfrutaron del festejo hablando del artista y bromeando sobre las posibles tareas a las que tendría que enfrentarse.

