Culpable hasta que se demuestre lo contrario scaled

Primer día de trabajo

Antes de llenar el bolso con su ropa más elegante, cómoda y abrigada, y de mudarse a San Telmo, a la casa de Roberto Marin, Mauro tuvo una discusión con su empleador Horacio Marin. El artista, que se estaba yendo del país, le dejó en claro que al contratarlo pretendía que él actuara como una especie de carcelero del viejo y no como un custodio. Kolmann se negó de lleno, diciéndole que su trabajo no era ese y que al contratarlo eso había quedado claro. De todos modos, como no quería perder el trabajo antes de empezar y porque ya se había gastado casi todo el adelanto, tranquilizó un poco al artista diciéndole que haría lo posible por contener al anciano, y que evitaría impulsos que pudieran perjudicar su salud o su imagen.

No quería mudarse, pero el trabajo era el trabajo. Horacio podía aceptar a regañadientes que él no iba a ser un carcelero, pero no que lo dejara sin vigilancia todas las mañanas y todas las noches. Si no vivía con el viejo, no había contrato.

Llegó a la casa de Roberto poco antes del mediodía. Lo atendió la chica, que resultó llamarse Patricia y tenía veintidós años, casi veintitrés. Con un cuerpo delgado casi sin curvas y su baja estatura, a primera vista parecía menor. Al llegar, ella le dio una copia de las llaves y se desatendió de él para seguir hablando por su celular.

—Buenos días, señor Kolmann —saludó Roberto, sentado frente al televisor apagado—. Espero que venga con hambre y que no esté a dieta. Ya pedimos un copioso almuerzo de pastas para festejar su primer día con nosotros. Horacio se encargó de acomodar una de las habitaciones para usted. Desafortunadamente eligió la biblioteca, lo cual significa que no va a tener mucho espacio, pero viendo el lado positivo, va a estar en las mejores de las compañías.

—Gracias, no necesito mucho —respondió Mauro, todo lo que llevaba estaba en un bolso que sostenía con una sola mano.

Patricia le señaló el camino a la biblioteca y le contó que Marin hijo había mandado a comprar todo ese sector de departamentos y lo había reconstruido para que quedara una casa de tres pisos. Le pareció raro que lo mandaran a la biblioteca cuando se notaba a la legua que tenía que haber un puñado de otras habitaciones mejor preparadas para otro inquilino. Tal vez se trataba de una pequeña venganza de Horacio por aceptar su dinero pero no sus órdenes.

Le daba igual, Kolmann podía dormir en una cama de clavos más cómodo que un fakir. La biblioteca era una habitación amplia cuyas paredes estaban cubiertas de arriba abajo. Dejo caer el bolso en el suelo de madera oscura y se acercó a uno de los paneles para leer algunos títulos, siguiendo su curiosidad. No parecía haber un orden fijo. En la estantería que estaba viendo había libros de Borges, de Tolkien, de Stephen King, de GarcíaMárquez, de Isabel Allende, de Terry Pratchett, De Sanderson, Rutfuss, Martin y muchos otros. Algunos estaban en su edición original, en inglés, aunque no parecían ser ediciones de lujo ni mucho menos.

Otra de las estanterías estaba llena de grandes clásicos de la literatura, en otra, que tenía un cartel que decía “antes de morir”, había montones de libros de distintas temáticas y géneros. Muchos de los libros en esa estantería tenían los lomos hacia atrás, por lo que no veía sus títulos, y supuso que eran los que ya había leído. Considerando los libros que aún mostraban el lomo y la edad del viejo, iba a ser mejor que se diera prisa si quería lograr su objetivo.

Tal y como Roberto le había anticipado, el almuerzo fue abundante y rico. Patricia almorzó junto a ellos, pero no dijo una sola palabra. En cambio, Marin se la pasó hablando hasta por los codos mientras iba picoteando de su plato. La mayor parte de su perorata eran quejas de las vicisitudes de tener la edad que tenía. Para alegría del custodio, se le informó que en la casa había una habitación transformada en gimnasio en la que había bicicleta fija, andadora, un elíptico y mancuernas varias. Habían comprado la mayoría de las cosas tras un accidente que tuvo Roberto. El viejo se había roto un brazo y una pierna en una situación que no quiso explicar. A excepción de Patricia que hacía un poco de cinta y bicicleta cuando el viejo dormía la siesta, las maquinas no se usaban para nada.

Tras un día de no hacer más que escuchar, Mauro se dirigió a su habitación y puso el despertador a las seis y media para tener algo de tiempo de ejercitarse antes de que el resto despertase.

Fue un día tranquilo.

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