Culpable hasta que se demuestre lo contrario scaled

El almuerzo

Mauro se bajó del Uber tras darle la mano al conductor. El muchacho de lentes se retiró tocando un par de veces la bocina, volviendo a saludar. Aunque a primera vista Kolmannresultaba un tanto intimidante por su altura y el pelo rubio cortado a cepillo, se le daban bien las personas y terminaba cayéndole en gracia a casi todos con los que trataba.

Entró en un pequeño restaurante y tuvo que pestañear varias veces para que sus ojos se adaptaran a la poca luz del lugar. Era un lugar pequeño, con pocas mesas. Al verlo por fuera, Mauro nunca hubiera adivinado lo elegante que era por dentro. Miró a su alrededor y reconoció a su cliente casi al instante.

Marin lo vio un segundo después y alzó una mano para llamarlo. Mauro sonrió y se acercó. El artista se levantó para estrecharle la mano. Su piel era fría y su agarre desganado; con la zurda le agarró el codo.

—Señor Kolmann, supongo —dijo. Pronunció su nombre como si fuera inglés, diciendo Cool Man. Mauro no lo corrigió.

—Así es —respondió.

Marin lo invitó a sentarse. En la mesa ya habían servido dos inmensas copas, con apenas un cuarto de su capacidad, de vino tinto. Mauro se alegró con el calor del lugar. Se sacó los dos abrigos y quedó vestido con una remera térmica que le iba ajustada, dejando ver lo bien cuidado que estaba. Dobló la ropa y la colgó en una silla. Se sentó frente al director.

—No voy a robarle mucho tiempo —dijo éste—. Supongo que es usted un hombre ocupado —hizo una pausa para alzar su copa, la agitó un poco, la olfateó y bebió un pequeño trago—. Me gustaría contratar su servicio por unos cuantos meses. Un trabajo a tiempo completo.

—Lo escucho —le dijo Mauro. Tomó su copa y pensó en imitar al otro, pero decidió hacerlo a su manera y le dio un sorbo.

—En unos días tengo que viajar a la República Checa para asistir a un festival de cine, el de Karlovy Vary —explicó Marin, Mauro asintió como supiera dónde quedaban esas cosas. En su vida lo más lejos que había llegado era a Brasil durante algunos veranos. Nunca había cruzado a otro continente en avión.

—No estoy seguro de que pueda viajar —dijo intentando disimular un poco su entusiasmo.

—Ni yo se lo pediría —dijo el artista con rapidez—. En el tiempo que esté afuera, me gustaría contratarlo para que se hago cargo de cuidar a mi padre.

—Su padre —dijo Kolmann, su tono no alcanzaba a ser el de una pregunta.

—Sí, es un hombre mayor pero que aún sigue muy activo y lúcido —carraspeó—. Tal vez demasiado lúcido. Verá, mi padre se aburre con facilidad y tiene tendencia a meterse en problemas.

—¿Qué clase de problemas? —preguntó Mauro, pensando qué podía inventar para irse de ahí en ese lo más rápido posible. Se había hecho muchas ilusiones con el trabajo y resultaba que el artista solo quería que cuidara a un viejo—. Hay personas más capacitadas que yo en el cuidado de personas en la tercera edad… Lugares…

—¿Una enfermera? —preguntó Marin riendo sin humor—. Ya lo intenté varias veces, créame. Solo en el transcurso del año pasado tuvo unas quince en total. Se escapan como palomas cuando el perro ladra.

—¿Se propasa con las mujeres?

—¡No! Bueno, no sé —titubeó el artista y se sirvió más vino—. No recibí ninguna queja por algo así. Mi padre mete la nariz en todos lados, tiene complejo de Sherlock Holmes.

—¿Consume cocaína?

Marin lo miró con sorpresa y negó sonriendo. Kolmann estaba acostumbrado a que la gente pensara que solo podían hablar con él de fitness y que su única lectura era la sección deportiva del diario. Su trabajo, aún en buenas épocas, solía dejarle mucho tiempo libre y los libros siempre fueron una excelente compañía. Por suerte para él, en la escuela no le habían hecho rechazarlos como a la mayoría de los otros alumnos. Su madre le había enseñado a leer y le había mostrado que en unas hojas escritas podía haber mucha más aventura que en cualquier dibujito de la tele.

—No. Pero se le da por jugar al detective… por así decir —dijo Marin—. No se confunda, señor Kolmann, no le estoy pidiendo que cuide a un viejo al que va a tener que recordarle tomarse la pastilla cada dos horas o darle de comer papilla. Cuidar a mi padre puede suponer un reto inmenso. El pago, además, estaría a la altura de las circunstancias, por supuesto.

Al custodio el rumbo de todo el asunto no le hacía ninguna gracia, pero el artista parecía estar dispuesto a pagar bien y el trabajo estaba muy mal en los últimos meses. Si trabajaba para Marin, fuese custodiando a su padre o a su perro, era algo de lo que aún podía sacar ventaja.

¿Qué tan malo podía ser el viejo?

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