Culpable hasta que se demuestre lo contrario scaled

Delirios de grandeza

Mauro despertó y salió de su cama de dos plazas casi de un salto. Se puso una bata de polar, pantuflas con forma de garras y fue a la cocina a tomar sus dos vasos de agua. Uno, solo; y el otro, con limón y bicarbonato. De ahí fue al baño a hacer pis y, tras tirar la cadena y salir del baño, se tumbó en el piso sin sacarse la bata y empezó a hacer flexiones de brazos. Se levantó, dio algunos saltos y volvió a las flexiones. Tras esos ejercicios, buscó unas mancuernas y entrenó algunos músculos de brazos, hombros y espalda. Finalizó su rutina diaria con algunas sentadillas, unos cuantos abdominales y cinco minutos de plancha. Fue a la cocina, se preparó un desayuno con bastantes claras de huevo y después de duchó.

Nunca se le había dado por el tabaco y su ingesta de alcohol era mínima y por lo general, social. Para él casi todos los vinos y las cervezas tenían el mismo sabor. Si bien no era fanático, sabía que la mejor publicidad que tenía para su negocio era su propio cuerpo, por lo que evitaba lo más posible cualquier tipo de toxinas, lo cual quería decir que solía cuidar bastante lo que comía. Aunque aquella mañana su idea de «mejor publicidad» era una muy diferente. 

Horacio Marin buscaba contratarlo. El tipo era toda una celebridad, un artista de moda y lo quería a él. No sabía de dónde había obtenido su número, pero la cuestión es que lo había llamado. Mauro pensaba que si impresionaba al artista lo suficiente y conseguía el trabajo, se le iban a abrir muchas puertas en el futuro. Sus tarifas iban a cambiar por completo, pero más allá de eso, mientras se lavaba el pelo con muy poco champú, pensaba,y le hacía mucha ilusión la idea de que durante su servicio, alguien intentara atacar a Mariny él lo salvara de forma heroica, lo cual, seguramente, haría que el director lo considerase para que apareciera en alguna de sus películas. No un papel protagónico, no para empezar, al menos. Pero se imaginaba que le daban un papel relevante, de esos que le dan peso a la historia. Mauro incluso tenía algunas ideas para guiones.

Había revisado el curriculum de su futuro cliente y en su filmografía no figuraba ni una película de la que él hubiera escuchado. Buscó unos trailers y se dio cuenta de la razón. Puro drama y cero acción. No importaba, en todas las notas sobre el artista, siempre decían que se la pasaba incursionando en nuevas cosas. Tal vez cuando lo salvara, la idea de una película con algo de adrenalina le pareciera una buena idea.

Aunque toda su ropa era bastante similar se pasó más de cuarenta minutos eligiendo qué vestir para la entrevista. El noventa por ciento de sus remeras eran de colores lisos, sin marcas a la vista, ajustadas al torso y de manga corta; sus pantalones sueltos, tipo cargo. Todas sus zapatillas eran negras y sus buzos y camperas un poco más coloridos, pero no mucho. El gris, el negro y el azul oscuro ganaban por mayoría. Estaba en Julio y el clima era bastante frío, lo que no le permitía exhibir los brazos del modo que le hubiera gustado. Sabía que tenía que dar lo mejor de él si quería caminar por la alfombra roja junto a Marin.

Todavía estaba eligiendo qué campera ponerse cuando sonó el timbre. Se asomó por la ventana y vio a un hombre delgado y de lentes junto a su puerta.

—¿Sí? —preguntó.

—Señor… ¿Cho… Kolmann? —leyó el extraño en su teléfono.

—Sí. Soy yo.

—Vengo a buscarlo de parte del señor Marin.

—Ah, sí. Un segundo por favor —dijo el custodio—. Enseguida bajo.

En su interior, Mauro había estado esperando un coche negro y hombres de traje con auriculares en una oreja, y no a un pibe de campera roja que manejaba un nuevo escarabajo de color azul chillón.

Un Uber.

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