Una oportunidad
Exceptuando algún motor, los únicos ruidos que se infiltraban en la oficina eran el constante pasar del tiempo que marcaba un reloj de pared y la respiración profunda de Kolmann, que iba a su propio ritmo y formaba una melodía privada con el reloj.
El teléfono comenzó a sonar a todo volumen y el rubio atendió al segundo timbrazo.
—¿Hola? Acá Kolmann, servicio de custodia privada —dijo. Su voz salió natural y fresca. Desde niño tenía la capacidad de pasar del sueño profundo a estar bien despabilado no bien abría los ojos. En contrapartida, también podía dormirse en cualquier lugar y momento si cerraba los ojos y se relajaba el tiempo suficiente. Era como si en segundo plano siempre tuviera sueño.
—Señor Kolmann, buenas noches. Mi nombre es Horacio Marin —la voz del otro lado de la línea era segura, un poco autoritaria. Hizo una pausa tras decir su nombre como si esperara una ovación o algún tipo de reconocimiento. Mauro se puso a buscar el nombre en internet desde su teléfono—. Me gustaría concretar una cita con usted para ofrecerle un trabajo.
Por lo general, cuando alguien contactaba con él, no le decían que le querían ofrecer trabajo, sino que querían obtener su servicio. Era casi lo mismo, pero no exactamente lo mismo.
—Por supuesto —respondió Mauro—. Deme un segundo que estoy revisando mi agenda para ver qué día podemos concretar.
Los resultados de su búsqueda danzaban delante de sus ojos, que gracias al reflejo de la pantalla parecían brillar en la oscuridad. Marin era escritor, director de cine y teatro, había ganado premios nacionales e internacionales en sus diferentes ramas del arte. Era una celebridad.
—Tengo un agujero para el mes que viene, si le parece bien —dijo Mauro y sintió el titubeo del otro—. Podría intentar hacer un hueco mañana durante el almuerzo, pero no quiero precipitarlo.
—Mañana está bien —dijo el artista. Kolmann sonrió en la oscuridad—. Al medio día entonces, ¿dónde quiere que lo vaya a ver?
—Tengo una cita importante a las tres…
—Si le parece mando a un coche a buscarlo —lo interrumpió Marin—. No voy a robarle mucho tiempo, se lo prometo.
Mauro accedió y Horacio Marin, una figura argentina de éxito internacional, le pasó su teléfono personal para pulir los detalles.
Colgaron.
La sonrisa de Kolmann se extendió cruzándole la cara. Si lograba el trabajo y terminaba siendo custodio de Horacio Marin, iba a salir en la televisión y se haría conocido. Incluso, podía terminar actuando en alguna de sus películas.

