Culpable hasta que se demuestre lo contrario scaled

Pagar las cuentas

La oficina estaba iluminada; haces de luz se filtraban por las ranuras de una persiana de madera vieja y despintada. De vez en cuando los faros de los coches ayudaban a acentuar las sombras dominantes del lugar, produciendo una lluvia de estrellas fugaces en el techo ylas paredes. Con los pies sobre el escritorio comprado en el mercado de pulgas hacía unos años y las manos con los dedos entrecruzados sobre el abdomen, Mauro Kolmann estaba meditando sobre su vida, cosa que se le estaba haciendo costumbre. Atrás habían quedado las épocas en que se dedicaba más a pensar en cosas cómo a dónde ir el fin de semana o a qué chica llamar.

Ya tenía más de cuarenta y por el momento sus cabellos rubios cortados al estilo militar disimulaban la multitud de canas que se iban propagando. Año tras año el blanco iba ganando más y más terreno. Hubo un día en que se sacó una cana de una fosa nasal; en su vida se había sentido tan derrotado por el tiempo. No le importaba medir un metro ochenta y nueve ni mantener un físico digno de aparecer sobre un cuadrilátero contra Rocky. En realidad, iba bien para cualquier película de acción de los gloriosos ochentas.

Su familia era oriunda de Santa Fe, al menos los familiares más directos e inmediatos. Pero si bajaba por las ramas de su árbol genealógico, aparecía su descendencia alemana por doquier.

Se había mudado a Buenos Aires de chico, luego de que su padre le vendiera a sus tíos la parte de los campos de la familia que le era propia y abriera un restaurante en pleno centro porteño. Aunque hubo muchos años malos para la familia, siempre salieron adelante y el negocio todavía estaba abierto, atendido por su dueño original. 

Por su parte, Mauro, tras terminar la secundaria no supo interesarse por ninguna carrera y dedicó los primeros años de su vida adulta a terminar los estudios de todas las artes marciales que había comenzado en épocas de colegio. Fuera de eso, que le apasionaba, iba de trabajo en trabajo para pagar sus propias cuentas. Uno de sus profesores lo había recomendado para trabajar de sereno en las torres de IBM, donde estuvo fijo por varios años. Tomó varios cursos y se juntó con algunos patovicas amigos de sus primeros trabajos. Se dedicaron a seguridad. Las cuentas nunca les cerraron, los humores se encendieron y terminaron separándose. Mauro terminó solo, ofreciendo servicio como custodio personal.

Todavía le impresionaba la cantidad de mujeres que lo llamaban porque pensaban que su línea de trabajo era más o menos la de un prostituto. Había llegado a aceptar unos cuantos de esos trabajos y todavía lo hacía. Le permitían pagar el alquiler y tener comida en la heladera.

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