Culpable hasta que se demuestre lo contrario scaled

Dos veces con la misma piedra

Mauro iba por la flexión número veintiocho cuando Roberto ingresó en la habitación.

—¿Ya tenemos que irnos? —preguntó el custodio.

—No. No. Siga tranquilo —dijo Roberto y se puso a caminar en la cinta.

—Siempre lo veo entrenar la cabeza pero nunca el cuerpo —dijo Mauro.

—¿La cabeza? —Preguntó con sorna, el viejo—. ¿Se refiere a nuestros juegos de damas? ¡Por favor! A duras penas sería una entrada en calor. Lo voy a considerar ejercicio cuando usted logre, como mínimo, coronar una ficha.

—Sí, bueno. Iba a decir lo mismo de su ejercicio físico —respondió Mauro—. Hasta que no alcance una velocidad mayor que la de una tortuga borracha, no cuenta ni como entrada en calor.

—Me alegro de ver que le está sacando filo a la mente —sonrió Marin—. En cuanto termine con su entrenamiento diario salimos. Quiero agarrar a Villalba antes de que se ponga con sus clases de tenis.

—Ya casi estoy —dijo Mauro, hizo tres flexiones más—. Cincuenta.

—¿Cincuenta qué? —preguntó el viejo. 

—Flexiones.

—¿De verdad? 

—Si. Claro. Trescientos abdominales y cincuenta flexiones —asintió el custodio—. Mas cinta, sentadillas, saltar la cuerda si se puede, algunos ejercicios con pesas…

—Está loco.

—No. Estoy en forma.

Tras terminar sus ejercicios Mauro comió las claras de huevo y se dio una ducha. Se vistió de negro y salió acompañado por Roberto a la calle donde pararon un taxi y viajaron al club de tenis, al cual ingresaron. 

—¿Recuerda el nombre con el que nos presentamos? —Preguntó Mauro.

—Tu nombre era Patricio, Patricio Estrella.

—¿Estrella?

—Si, por el dibujito. Bob Esponja, ¿lo conoce?

—Si, si, lo conozco —respondió Mauro extrañado de que el viejo supiera de lo que hablaba—. Aunque hubiera preferido a Johnny Bravo.

—¿Si? 

Mauro se encogió de hombros. 

—¿Y usted? —preguntó.

—Pablo Albaulé —respondió el viejo.

—¿Y por qué Albaulé? 

—Porque Pablo Alarcón ya estaba usado —dijo Roberto sonriendo—. Ahí está nuestro caso.

Caminó ayudándose con el bastón hasta donde estaba, de espaldas, un hombre.

—¿Señor Villalba? —preguntó.

El hombre se dio vuelta demostrando al anciano su error.

—No, disculpe —dijo el alumno de Villalba—. El profesor ya viene —y miró a Mauro—. ¿Lo conozco?

—Tomé una clase el otro día —respondió el custodio—. Justo cuando la tuya terminaba. Patricio, mucho gusto.

—Mucho gusto —repitió el hombre y se alejó hacia las canchas.

—No soy el único —le dijo Mauro a Roberto viendo cómo se alejaba el otro.

¿Te gustó lo que leíste?

Invitame un café en cafecito.app

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *