Agitando el avispero
—Señor… —saludó Gabriel Villalba, ya vestido para su clase de tenis.
—Albaulé —respondió Roberto y le estrechó la mano.
—¿Van a darle otra oportunidad al deporte?
— No. Para nada. Eso sería tirar la plata —respondió el anciano—. En realidad, queríamos hablar de negocios.
—¿Negocios? —preguntó Villalba mientras caminaba a paso lento hacia las canchas—. ¿Qué negocios?
—Usted dijo que trabaja en seguros —respondió Roberto.
—¿Necesitan asegurar algo?
—No la raqueta de él, desde ya —bromeó Marin—. Si no le molesta, nos gustaría charlar con usted una vez que termine de dar su clase. Estuve haciendo unas averiguaciones con mis contactos y me dijeron que usted era el indicado para lo que necesito. Le aseguro que si se hacen las cosas bien, hay mucho para que ambos podamos ganar.
—No creo entender —dijo Villalba, seco—. Después de esta clase tengo que irme rápido porque ya tengo una entrevista con un cliente, así que no va a poder ser, lo lamento.
—Podemos esperar hasta mañana —dijo Roberto—. No se preocupe, nosotros vamos a contactarlo.
Roberto se dio la media vuelta y Mauro lo imitó, dejando al otro con la boca abierta a punto de decir algo.
Antes de abandonar la zona de las canchas, el custodio se volteó y vio que Villalba estaba hablando con su alumno, que parecía ser el mismo que la última vez.

