Culpable hasta que se demuestre lo contrario scaled

Fraude

La sala de espera era pequeña y muy pulcra. Había una cafetera moderna y varias cápsulas para elegir el tipo de café. Las paredes, empapeladas de blanco con un dejo de amarillo, exhibían arte abstracto en el que los colores cálidos y relajantes sobraban por doquier. Había una pequeña mesa frente a los sillones con una pila de revistas, la mayoría de economía y tecnología. Los únicos sonidos eran el rumrum del aire acondicionado que mantenía el lugar a una temperatura agradable y el pasar de las páginas que Mauro hojeaba sin mucho interés.

Roberto y el custodio estaban sentados en un sillón de dos cuerpos, esperando ser llamados. Villalba había accedido a verlos recién al tercer día después de que lo visitaran en el club de tenis. El viejo le había dicho a Mauro que ya se había encargado de los teléfonos y, como extra, también de la computadora personal de su objetivo. También había pinchado el teléfono de línea, por lo que si Villalba hacía algo desde ahí, iban a enterarse.

Kolmann no sabía mucho del plan, solo que tenían que poner al esposo de Maribel a la defensiva.

Se abrió la puerta del despacho de Villalba y les hizo una seña para que ingresaran. Estaban en un edificio en el barrio del Abasto, cerca del colosal shopping, sobre Corrientes. Se levantaron los dos, Mauro quedó unos segundos esperando a que su protegido lograra hacerlo, con ayuda de su bastón.

—Buenas tardes, señores —dijo Villalba ya sentado detrás de su enorme escritorio de madera y vidrio—. Lamento no haberlos atendido antes pero mis tiempos son escasos; entre el trabajo, el tenis y el simple hecho de vivir…

—Entiendo. Todos estamos igual —asintió Marin—. Es como si cada vez los días duraran menos y menos. Los meses parecen que vuelan cuando uno se descuida un poquito.

—Sí. Seguro —suspiró Villalba—. Bueno, ustedes dirán, ¿en qué los puedo ayudar? Me habían dicho que querían proponerme un negocio, si mal no recuerdo.

—Sí. Algo así —asintió Mauro.

—Tengo en mi poder una colección de monedas antiguas muy raras y valiosas, así como también sellos postales y algunas obras de arte, esculturas y otras cosas… Antigüedades, sobre todo —dijo Roberto—.

—¿Desean ustedes una valuación de esos vienes? —preguntó Villalba.

—Yo sé lo que esas cosas valen —dijo el viejo—. Lo que quiero es asegurarlas.

—Si lo quieren hacer con nosotros, entonces vamos a tener valuarlas de todos modos —dijo el asegurador.

—Sin duda. Lo sabemos —dijo Mauro.

—Sólo las monedas —dijo Roberto—. Es lo que usaríamos para empezar.

—¿Para empezar qué? —preguntó Villalba.

—Según pudimos averiguar, usted es un hombre de negocios que no deja pasar oportunidades y no teme ensuciarse un poco las manos —dijo el custodio y Villalba pareció recibir las palabras como un cachetazo.

—No estoy seguro de entender a qué se refieren… —dijo.

—Vayamos al grano —dijo Roberto—. No me queda mucho de vida y tengo una larga lista de cosas que quiero hacer antes de estrenar el pijama de madera… O, más a su gusto tal vez, colgar los tenis. El tema es que para hacerlo necesito capital, guita libre de impuestos, de ser posible.

—No entiendo qué hace acá, entonces. Yo hago seguros. Tal vez debería visitar a coleccionistas —dijo Villalba.

—Lo hice —asintió el viejo—. Digamos que quiero vender las monedas, subastarlas o, como bien dice usted, tratar con coleccionistas. Estoy seguro de que puedo sacar un buen precio, pero una parte de ese buen precio se va a perder en diversos impuestos. Y le digo la verdad, estoy podrido de pagar impuestos. Ya pagué toda mi vida y no quiero regalar un mango más. Ahora, si yo las pusiera en venta a través de la… de la…

Deep Web —ayudó Mauro, que sabía lo que tenía que decir porque Roberto le había dado algunas indicaciones al respecto.

—¡Eso! —dijo Roberto, triunfante—. Si las vendiera por el coso ese, que es un mercado negro moderno, calculo, podría llegar a sacar una suma igual pero sin pagar nada a nadie, ¿me sigue?

—La verdad es que no —reconoció Villalba.

—Digamos que las vendo… Esas monedas son parte de mi patrimonio y no pueden solo desaparecer —explicó Roberto—. Ahora, si las tuviera aseguradas y tuviera la mala suerte de que entraran a mi casa y me las «robaran»—Roberto alzó las manos y remarcó con los dedos las comillas en la palabra «robaran»—. Si pasara eso, las podría vender tranquilo e incluso ganar más por cobrar el seguro.

—Si se las roban no las podría vender —dijo Villalba.

—Sí, si se conoce al ladrón —dijo Mauro—. Es simple.

—Lo que ustedes quieren hacer se llama fraude —dijo Villalba, muy serio—. Yo no puedo ayudarlos con eso.

—Eso no fue lo que me dijeron —contestó Roberto.

—Le dijeron mal —dijo el otro, levantando un poco la voz.

—No. No lo hicieron —dijo Marin con serenidad—. Vi las pruebas de que no me mal informaron. De otro modo, le aseguro que no le hubiese contado todo mi plan con tanta libertad.

—¿Ustedes son boludos? —preguntó Villalba—. Así yo hiciera ese tipo de cosas, no lo haría en contra de mi propia empresa. Mi familia es socia mayoritaria.

—Por eso el cincuenta por ciento de lo que pague el seguro sería suyo, desde ya —interrumpió Roerto—. Son cinco cifras aseguradas, si me permite el juego de palabras.

—Lo único que voy a permitirle es irse de mi oficina y no volver a conectarse conmigo —dijo Villalba—. Si lo intentan voy a llamar a la policía.

—Hágalo —dijo Roberto con su sonrisa de zorro—. Pero sepa que su red no es tan segura como usted se cree. Si llega a caer, de por seguro que se va a dar derecho contra el piso.

—¡Fuera! —gritó Villalba.

—No hace falta que responda ahora —dijo Roberto, poniéndose en pie—. Le doy tres días para que lo piense, porque sé que es un hombre ocupado. Después de eso lo voy a volver a ver si desarrolló la inteligencia suficiente como para saber lo que es conveniente para usted y la empresa de su familia.

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