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El mago

Mi teléfono vibra. Lo agarro con mucha torpeza ya que la insensibilidad de la mano se extendió a ambos brazos. Es un mensaje de Toro: “Parece que desarrolló el síndrome de Estocolmo”. Mientras lo leo me llega una foto de Esleva tirada en el suelo inconsciente o, Dios no quiera, muerta. Espero que Toro sienta que todavía la necesita para seguir haciendo su veneno y que le haya perdonado la vida. 

Estoy solo. 

Con un hormigueo infernal me vuelve la sensibilidad a las manos y me doy cuenta de que estoy apretando el celular con mucha más fuerza de la necesaria. 

En el estado en el que estoy empiezo a dudar de si voy a poder vencer a Toro. Es más joven, ágil y sin duda también más inteligente. Me tuvo envenenado a su lado varios días sin que lo sospechara. ¿Cómo voy a superarlo si ni siquiera tengo todos mis sentidos?

Si no fuera por sus gorilas lo más probable es que nunca me hubiese dado cuenta de nada y en vez de estar acá estaría en una guardia de emergencia intentando saber que mierda me está pasando. 

Todavía no entiendo cómo es que me envenenó. Me acuerdo cuando fuimos a Núñez, el tipo hizo desaparecer una moneda como todo un mago. Sabe controlar al público, distraerlo con una mano para hacer cosas con la otra. 

La tumba de Evita está cerca. Es un lugar demasiado visitado como para que intente algo ahí, ¿no? Toro me dijo que estaba frente a esa tumba, pero atrapó a Esleva que no estaba por ahí cerca. Lo que quiere decir que no me está esperando si no que me está guiando. 

Saco el celular y marco su número pero no aprieto el botón de llamada. Me lo llevo al bolsillo con el dedo cerca del botón de inicio para cuando se apague la pantalla y pongo otro dedo donde tendría que aparecer el ícono del teléfono para llamar. 

Me detengo, gran parte de mi cuerpo acaba de quedar insensible. Camino mirando el suelo para asegurarme de que mis pies lo tocan. Me da tos y empiezo a escupir sangre. Los pulmones me arden y una punzada de dolor me atraviesa el cuerpo de la coronilla a los talones. 

Pasa.

Respiro agitado, sé que me queda poco tiempo. Extiendo la mano y voy tanteando para avanzar, arrastro los pies que no siento. Estoy sordo de un oído y ciego de un ojo. El gusto y el olfato también se fueron y algo me dice que esos ya no vuelven. 

Toso más sangre. Mi cuerpo no siente pero me duele por dentro, como si al caminar miles de alfileres se me clavaran por todos lados. 

Me desabrocho la riñonera con la mano libre y la llevo agarrada por el disco externo que lleva dentro. Podría romperlo acá mismo, ya mismo, pero no queda tiempo.

Soy tosudo, si fuera un poco más inteligente habría hecho las cosas de otra manera. Toro me pasó por arriba todo este tiempo, y en mi afán de mal perdedor vine hasta acá queriendo demostrarle que puedo vencerlo en vez de hacer las cosas bien, como correspondía. Ya es tarde para lamentarme, lo que queda es seguir adelante. 

Sin sacar el teléfono toco el botón para que se prenda la pantalla. ¿Ahora? Todavía no. ¿Ahora? Toco el botón de llamada y escucho que el teléfono de Toro suena justo atrás mío y luego de escucharlo sonar una vez me quedo sordo por completo. Giro rápido. Alcanzo a ver su cara de sorpresa antes de quedar ciego. Con el envión del giro le doy con el disco en la cabeza, o eso espero. El golpe repercute en mi brazo que es lo único que queda de mí. 

¿Cayó? ¿Sigue en pie? Lanzo otro golpe y le doy a algo. Toso. Vomito. ¿Caigo? Tanteo y reconozco un zapato; no se mueve. Hago acopio de toda mi voluntad para mover el cuerpo que no siento y me coloco encima de Toro. Dejo la riñonera en lo que creo que es su pecho.

Con la única mano que todavía siento tanteo su cara, está húmeda. Dejo de sentir el dedo gordo y el chiquito. Más de memoria que por tacto busco y desenfundo mi arma. La apoyo en la cara de Toro. Martillo con el dedo gordo, espero haberlo hecho bien. Pierdo por completo la sensibilidad de la mano. 

¿Apreté el gatillo? ¿Le disparé? ¿Murió? 

Se me corta la respiración, ¡no puedo respirar! Mierda. 

Cuesta… pensar… cuesta… tengo que saber.

Si tengo la pistola en la mano, si no la solté sin darme cuenta, la vuelvo a martillar. Me llevo el cañón a la boca, eso espero… 

Mando la orden a mi mano para apretar el gati… 

Fin

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