Vagamundos 01 Imagen para El Old Man scaled

Toro

Esleva me dice que nos vayamos. Phill está muerto o inconsciente, no estoy seguro. Con ella como guía, nos alejamos del cuerpo. Igual, con la pinta que debo tener, seguro que caigo por sospechoso en segundos.

—Te vi de casualidad —me dice ella.

—Menos mal —respondo—. Dejame acá. Separate. Encontremos a Toro separados a ver si podemos emboscarlo de la misma manera.

—Pero…

—Yo voy a estar bien —la interrumpo—. Estoy empezando a recuperar la vista. Veo sombras, pero cada vez distingo un poco más.

Me suelta y se aleja sin decir nada. Sus pasos son rápidos, cortitos y nerviosos. ¿Dónde estará el resto de sus compañeros? Tengo suerte de haberme cruzado con ella. Me afirmo en la pared de un mausoleo y camino apoyado. Por fortuna casi no hay espacios entre bóveda y bóveda. La gran mayoría está pared con pared. Mis dedos quedan suspendidos en el aire cuando, según puedo adivinar en el laberinto de luces y sombras que es mi campo de visión, llego a un cruce de caminos.

Saco el teléfono y marco el número de Toro. Lo escucho sonar. No sé a qué distancia, pero lo escucho. No puede estar muy lejos. Doblo hacia donde creo que provino el sonido.

—Señor Álvaro —dice Toro al atender.

—Me crucé con Phillipe —le digo—. No creo que mañana vaya a presentarse a trabajar. Incluso me atrevería a decir que se va a tomar unas vacaciones largas… Me gustaría creer que no estaba al tanto de nuestro arreglo.

—No, no. Sí que lo estaba. Como usted mismo lo dijo, soy una persona de negocios —se ríe—. Pero le aseguro que así lo matara, pensaba cumplir con mi parte del trato en cuanto a dejar en paz a su hija. Puedo jurarlo, pero no sabría sobre qué.

—Sobre nada, no importa, te creo —le digo—. Ahora solo estamos vos y yo, ¿dónde estás?

—Frente a la tumba de Eva Perón —dice—. Si pregunta seguro lo ayudan a llegar hasta acá.

Camino buscando la avenida principal, donde hay algo de gente. Veo a Esleva metiéndose por un pasillo. Cruzamos miradas por un segundo y se pierde de vista. Por mi parte, creo que ya recuperé por completo la vista. Cerca de mí, un pibe joven, vestido de negro, está parado con un mapa del cementerio frente a sus ojos.

—Perdoname —le digo—. ¿Sabés dónde queda la tumba de Evita?

Me responde algo, pero ya no puedo escucharlo. La visión de un ojo se evapora y por como siento la boca, calculo que mi sentido del gusto se fue de fiesta con sus amigos. Un poco más y canto cartón lleno.

El muchacho evita que me caiga agarrándome un brazo. Veo que sus labios se mueven. Su cara preocupada me hace suponer que me está preguntando si estoy bien o qué me pasó. Me llevo las manos a las orejas y niego. Retrocede un paso y me mira la ropa, que tengo manchada de sangre seca. Le muestro las  vendas que me cubren las manos. Veo el miedo en su mirada. Desconfía de mí. Razón no le falta, pobre. Vuelve a mirar el mapa y un poco reticente se me acerca, me señala un lugar que, si no me equivoco, es la tumba de Evita. Después me marca más o menos donde estamos parados. 

Le doy las gracias, por su cara, supongo que con un grito y me alejo rengueando. Nunca me hubiera imaginado que el no tener tacto fuera tan jodido. Me siento unos segundos para recuperarme. Me masajeo la pierna, pero sé que no es un problema de circulación, así que es lo mismo que nada. No puedo pensar en eso. No quiero pensar en eso. 

La idea de que en cualquier momento puedo dejar de existir me va a paralizar si la dejo echar raíces en mi mente. En lo que tengo que concentrarme es en encontrar a Toro y llevármelo conmigo al infierno. 

Recupero la pierna aunque ahora no siento la mano izquierda. Vuelvo a escuchar, por lo que considero que por ahora es dos a uno a mi favor. Me levanto con cuidado y muevo los dedos de la mano insensible. Responden bien pero es como si fuera la mano de alguien más.

Retomo el camino a la tumba de Evita.

¿Te gustó lo que leíste?

Invitame un café en cafecito.app

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *