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Cementerio

Cruzo el arco gigante del cementerio de Recoleta. Es día de semana y todavía es temprano, así que no hay casi nadie, algún que otro grupo de turistas siguiendo un banderín que los lleva de tumba en tumba por los personajes más relevantes de la historia Argentina. Nunca hice un tour así. Ahora se me ocurre que me hubiese gustado.

El cementerio es enorme y Toro no especificó dónde vernos. Me duelen las rodillas. Al bajarme del coche de Esleva, perdí por completo el sentido del tacto, fue como si todos mis nervios se hubiesen apagado de repente. Apoyé una pierna en el suelo pero nunca lo supe por lo que mis músculos no respondieron y caí al suelo con las rodillas por delante. Intenté amortiguar la caída con los brazos y sufrí la misma suerte, pero un poco ayudaron.

Duró solo unos minutos.

—No es buena señal —me dijo Esleva en respuesta a mi interrogatorio, al ver la cara que puso cuando le dije lo que me pasó—. Se supone que las pérdidas son más espaciadas. Una vez que los síntomas empiezan, hay un máximo estipulado de diecisiete horas de vida antes del fallo completo del organismo… y la muerte. Pero al ritmo que vas vos, no creo que te quede una hora.

Bueno, lo más probable es que me entierren en Chacarita, pero es seguro que me muero en Recoleta.

Llamo a Toro.

—Álvaro, ¿cómo le está yendo?

—¿Dónde estás? —pregunto.

—No se preocupe por eso —responde—. Nosotros vamos a encontrarlo.

Lo más inteligente sería destruir el disco externo acá mismo. En realidad, lo inteligente hubiese sido no traerlo.

Camino por la avenida principal del cementerio. A mi lado se alzan bóvedas y mausoleos de más de cien años de antigüedad. Estatuas de ángeles, de personas, cruces y mármol crecen como hierba mala por doquier. A mis ojos, éste lugar no es más que un recordatorio de que la guita es un simple adorno. Dudo mucho que los que vienen acá se fijen en los muertos; solo miran lo que los rodea. Por más opulencia que acá se demuestre, siguen tan anónimos a la historia como los enterrados bajo cruces de madera.

Se me cruza un gato negro. En otra época, acá estaba lleno de gatos, hoy es el primero que veo. Lo sigo con la mirada y veo de casualidad, en uno de los pasillos, que está Phill, buscando.

Todavía no me vio, así que apuro el paso y salgo de la avenida. Me meto por el pasillo paralelo al que usa el gorila. No conozco mucho la distribución de este lugar. Vine una vez, pero estaba con mi ex y Claudia ni había nacido. Camino entre las bóvedas a paso lento, buscando huecos que me permitan ver el pasillo dónde está Phill. Algunas de las estructuras están muy bien cuidadas, otras dan tristeza por su mal estado, se ven calamitosas.

El canto de los pájaros y los motores de la avenida cercana desaparecen tan de repente que es como si me dieran un golpe. Trastabillo pero no caigo. Tampoco siento olores y mi brazo izquierdo es un desfile de hormigas. Sigo caminando, sin saber si estoy pisando con mucho ruido, si respiro demasiado fuerte. Por suerte el pasillo está desierto por el momento. La poca gente a la que veo anda por la avenida principal.

Llego al cruce de caminos y doblo para el lado del pasillo donde vi a Phill. Paso frente a una puerta de reja y vidrio en el que veo mi reflejo. Parece que soy un hombre veinte años más viejo de lo que era ayer. Adentro del mausoleo, un Cristo me mira con ojos llenos de pena desde su cruz de madera. Me persigno y cruzo el dedo índice por detrás del dedo gordo para formar una pequeña cruz a la que besar. Algo me da de costado, salgo despedido unos pasos y termino cayendo al suelo.

Miro un poco aturdido y veo a Phill, que sonríe de oreja a oreja.

—Hi, Old Man —dice. Lo escucho bajito, pero lo escucho. No veo que lleve un arma encima, lo cual puede ser considerado como una buena noticia. Con algo de suerte quiere decir que no me quieren matar todavía.

—¿Dónde está Toro? —le pregunto.

El gigante se me viene al humo. Me tira una patada que acierta de pleno en mi pierna. Se me tira encima y me agarra del cuello con la fuerza suficiente como para arrancarme la cabeza.

—Psss —escucho con mayor claridad.

—Phill levanta la cabeza y me suelta el cuello. Me pongo a toser. El gigante sale de arriba mío y me arrastro hacia atrás como un cangrejo hasta considerar que la separación es suficiente. Me levanto. Esleva le está apuntando al gorila.

—Gracias —digo. Mi voz suena como la de una bruja de caricaturas para chicos. Me da otro acceso de tos. Esleva gira la cabeza para mirarme e intento advertirle, pero ya es tarde. Phil ya está sobre nosotros. De un manotazo manda a volar el arma. Me desabrocho la riñonera y encaro al gorila. Me quedo ciego. Tropiezo pero no pienso caerme. Salto. Logro dar sobre Phill. Los dos nos vamos al suelo. Phill deja escapar un gemido de dolor. Escucho a Esleva, me parece que está pateando al enemigo caído. Dios Bendiga a ésta mujer. Aprovecho para levantarme. La escucho soltar un gritito y me parece que cae junto a mí. Me la juego y salto. Vuelvo a caer sobre el gorila. Me golpea las costillas y recibo una trompada en plena jeta. Pero por más grande que sea, no está en una buena pose, por lo que sus golpes, si bien duelen, no son todo lo fuertes que podrían ser. Yo voy tanteando en busca de su cara. La encuentro y me muerde el dedo gordo. Lo saco antes de que me lo arranque. Subo un poco más, ignorando sus golpes. Encuentro los ojos y entierro los pulgares con todas mis fuerzas. Lo lastimo. Lo escucho putear en inglés y se sacude tanto que me voy a la mierda.

Lo escucho jadear y sé por experiencia propia que lo que va a hacer es gatear buscando algo en qué apoyarse. Algo que le de soporte a su nuevo mundo de oscuridad. Me levanto tambaleando, atento a la respiración acelerada del gorila. Enrollo la cinta de la riñonera en el puño.

—Un poco a la izquierda —me dice Esleva.

No sé si se refiere a la de ella o a la mía, o si son la misma. Me arriesgo. Piso algo. Es Phill. Me dejo caer sobre su espalda y le rodeo el cuello con la correa de la riñonera. Cruzo las manos detrás de su cuello, para hacer la mayor presión posible. Por lo que escucho sé que voy bien. La escucho a Esleva, que se mete para inmovilizar lo más posible al grandote.

¿Nos estará viendo alguien? ¿Nadie nos escucha?

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