Viaje
Le dejé el arma de Steven a Esleva. Yo ya tengo una. Escuchó toda la charla telefónica con Toro y, aunque le di las gracias y le dije que podía irse, que la había cubierto para que no tuviera problemas, se negó en redondo. Quiere participar. Al colgar perdí el olfato por una media hora. Hasta el día de hoy, ignoraba lo olorosa que es la ciudad, las personas, el aire. Todo está repleto de aromas que la costumbre hizo desaparecer. Ahora lo sé, distingo más olores de los que pude en el pasado. Después de eso me quedé ciego otra vez, pero de un solo ojo, justo cuando estábamos saliendo del edificio.
El portero se preocupó al ver que tenía la ropa manchada de sangre y le dije que se me había abierto la herida de una mano y no me di cuenta durante un buen rato. Tenía las vendas mal puestas y manchadas, así que no dudó de lo que decía. Esleva había salido antes. Ella decía que, aparte de su grupo de trabajo, a las únicas personas que había visto trabajar para Toro eran sus dos gorilas y a mí, pero de todos modos no queríamos que nos vieran juntos.
Ella tiene auto y ahora maneja rumbo a Recoleta. Yo estoy sordo y medio ciego. Como para compensar, del que no veo es del ojo que antes sí veía.
Los sentidos del gusto y del olfato no me importan ni me afectan tanto, pero la vista y el oído me sumergen en un abismo de terror en el que me cuesta poder concentrarme y pensar. Ni cuando Toro me tuvo con su arma apuntándome me sentí tan vulnerable como cuando luché a ciegas contra Steven.
¿Cómo hacen los ciegos para animarse a salir solos? ¿Cómo pueden enfrentar a un mundo tan insondable solo con un bastón?
No me queda suficiente vida para averiguarlo. No sé si me queda suficiente vida como para preguntármelo.
Se me destapan los oídos y así como en una represa sale el agua, por mis orejas los sonidos entran. Lo imagino como si fueran esos videos en los que se ve a los yanquis entrar en marabunta a los negocios durante el famoso Black Friday. Tanto sonido junto me hace doler la cabeza.
—¿Estás bien? —me pregunta Esleva. Lleva el arma en la falda y aprieta el volante con tanta fuerza que tiene los nudillos blancos.
—Sí. Puedo escuchar de nuevo. Cuando vuelve me rompe la cabeza —le explico.
—¿Estabas sordo? —me pregunta y se ríe—. Acabo de contarte un montón de cosas.
—¿Qué cosas?
—No importa —me sonríe—. A aunque me hubieses escuchado, la verdad es que hablaba conmigo.
Estaciona a una distancia prudencial. Toro y Phill me esperan, pero a ella no. No la quiero acá, pero no es mi decisión, es la suya. Lo que queda es aprovechar y utilizar bien las cartas que tenemos a nuestro favor.

