Lugar de encuentro
Vuelvo a abrir el cajón, sigue tan vacío como unos segundos atrás. No puedo encontrar nada que me indique dónde puede estar Toro. Ni un solo indicio. Estoy en blanco. No sé qué hacer, cómo seguir. Hay algo raro en el ambiente, algo que no logro definir. Giro y veo que Esleva me mira con expresión extraña.
—¿Qué? —le pregunto, pero no escucho el sonido de mi propia voz. Repito la pregunta, pero sigo sin escuchar—. Hola, hola, hola —nada, no escucho nada.
La mujer mueve sus labios y tampoco sale sonido alguno. La posibilidad de que hubiera quedado mudo queda descartada. Lo que estoy es sordo.
No logro ni imaginar cómo un veneno puede hacer algo así. Me doy cuenta que no poder escuchar nada me marea un poco. Recién ahora, que sé que me pasa, me doy cuenta del vacío, de la invasión de ruidos a los que estamos acostumbrados todos los días. El vacío es aterrador.
—Estoy sordo —le indico a Esleva; intento que el pánico no alcance mi voz, pero no sé si lo logro. Me pregunto cómo sonaré. ¿Estoy gritando? ¿Estoy pronunciando bien?
Ella asiente y nos quedamos mirándonos, sin hacer nada. Se me escapa una risa y es como si algo hiciera “plop” y una marea de sonidos me taladra la cabeza con violencia. Le digo a Esleva que mi oído ya está bien y le explico que no sé qué hacer, que no encuentro nada que me ayude a ubicar a Toro.
—Sí. Justo había entrado para preguntarte si no podías llamarlo por teléfono y preguntarle —me dice—. Pero no podías escucharme —me da la impresión que siente culpa al decirlo.
Saco el celular diciendo que con probar no se pierde nada. La verdad es que ni se me había pasado por la cabeza.
—Señor Álvaro, buenos días —responde Toro al segundo timbre. Su voz es alegre como siempre—. ¿Cómo se encuentra? Y se lo pregunto como amigo, no como investigador.
—Bueno, me quedé ciego hace un rato y sordo hasta hace unos segundos —respondo—. Y así y todo, puedo decir que estoy mejor que Steven.
—Ya veo —dice Toro.
—No. Dudo que veas una mierda —lo interrumpo—. Tu simio te está haciendo perder el depósito del alquiler del departamento porque está manchando todos los pisos con su cerebro. También me crucé con tu empleada, le puse el chumbo en la boca y se fue cagando. No la esperaría a trabajar en los próximos días. Tus computadoras y tus frasquitos fueron convertidos en basura y lo único que queda en pie en todo este caos, es una copia del disco que le hice a tu notebook, que, si no me equivoco, ya prendiste y te topaste con el regalito que te dejé.
—Álvaro, ha demostrado usted ser un error —dice Toro—. Es una suerte que pronto eso va a dejar de ser problema mío —se ríe—. Para mañana a ésta hora, mis compradores van a ver la eficacia de mi producto y voy a tener plata suficiente como para retirarme de mi profesión actual y dedicar el resto de mi vida a dar caza y matar a cada familiar, amigo y conocido suyo desde que nació al día de hoy. Solo ha retrasado mis investigaciones, no crea que ha ganado más que un poco de tiempo. Y ni siquiera es tiempo para usted.
—Cómo dije, tengo una copia. Tal vez no hace falta que retrase nada —le digo. Empiezo a sentir la boca llena de algodón, como si se me estuvieran inflamando hasta los dientes. Supongo que mi sentido del gusto acaba de pedir licencia.
—¿Y qué se supone que quiere por esa copia?
—El pago que me prometió, pero con billetes buenos, verdaderos —aclaro—. Se los voy a dar a mi hija a la que va a dejar en paz el resto de sus días… En cuanto a amigos y conocidos, son pocos y a la mayoría ya ni los veo, pero también deberían seguir sus vidas sin que yo los manche con mi mierda cuando caiga en mi propia tumba.
—Se lo escucha raro —dice Toro—. ¿Cómo puedo saber que esa copia existe?
—Del mismo modo en que yo voy a saber que vas a dejar a mi hija en paz —le respondo—. Sos un tipo de negocios y los dos sabemos que en los negocios, el tiempo es oro. ¿Yo? Tuve la mala leche de ser uno de los de tu puta lista. Ya fue. Mala leche. No hay nada que pueda hacer para mí. Así que por lo menos quiero dejarle a mi nena lo que no pude darle hasta el día de hoy. Vos mismo lo dijiste, vas a estar nadando en guita, así que no es que te vaya a afectar mucho. Y otra cosa, tenés las certeza de que lo que digo es cierto.
—¿Por qué? —pregunta.
—Si tenés dos dedos de frente tenés que saberlo —digo—. O sea, ¿para que mierda voy a robarte la computadora, sacarle el programa de contraseñas y meterle un virus?
—Entiendo —dice—. No dispongo de esa cantidad de plata por el momento, pero te doy mi palabra de que se la voy a hacer llegar en cuanto me sea posible localizarla.
Mierda. La verdad hubiera estado bueno dejarle a Claudia una suma así en dólares. Pero la palabra de Toro no vale tres carajos. Nunca hay que confiar en hombres muertos. Se va a quedar con el departamento y el coche. También la empresa, mi seguro de vida y los ahorros que tenga en el banco. No es mucho pero peor es nada.
—Está bien —digo—. Tu palabra me vale tres soretes, pero voy a tener que aceptarla. Me imagino que no le mentirías a un moribundo.
Se ríe y me dice que nos encontremos en el cementerio de Recoleta.
¿Por qué no?

