El principio del fin
Estoy ciego. Por eso Steven se ríe. El grandote tiene un brazo enyesado, un par de costillas en mal estado de nuestra segunda pelea, y ahora su nariz es un desastre gracias a un certero martillazo. Igual se ríe. Porque yo estoy ciego, a su completa merced.
Apoyo las dos manos en la pared sintiendo como el pánico se extiende dentro de mí. Al apagarse las luces mis deseos de luchar se habían encendido. Ahora que sé que el único en la oscuridad soy yo solo tengo miedo.
Miedo por los efectos del veneno. Miedo por Claudia. Miedo por Carla. Miedo por fallar. Ni siquiera destruí el disco externo que llevo en la riñonera.
Esleva me lo había advertido cuando bebimos un café no muy lejos de acá. Los síntomas del veneno son claros, la sustancia permanece en la víctima la cantidad de tiempo para la cual se diseñó. En mi caso, ocho días; al viejo de Avellaneda, siete; al de Castelar, seis; al de Núñez se lo dieron para que hiciera efecto en cinco; a la mujer de Mataderos, en cuatro; Rago, la mujer de San Telmo, iba a recibir uno que se activaba en solo tres días. Pero lo recibió la mujer que quería quedar embarazada después de los cuarenta. ¡El niño de la foto que me mandó Toro recibió un veneno que se activaba en dos días! La que pudo haber sido Claudia, pero por suerte fue otra, recibió el veneno que empieza a hacer efecto solo en un día.
Y hoy es el día en que a todos nos toca morir.
De la muerte no me dijo mucho, solo que no era agradable. Una vez que el veneno se activa la víctima va sufriendo pérdidas temporales de alguno de sus sentidos. Según me dijo, al principio, esos efectos eran espaciados pero se iban acrecentando hasta un colapso total del sistema nervioso o algo por el estilo.
Steven me patea una pierna y caigo al suelo, tiro patadas y manotazos al aire. Me golpea la cabeza. Creo que acabo de tirarme un pedo y que me hice un poco de pis. Por un segundo no entiendo dónde estoy ni lo que pasa. ¿Por qué está todo tan oscuro?
El golpe en el pecho hace que se me escape todo el aire, parece que algo se me cerró y no deja que entre de nuevo. Quedo tirado boca arriba. Intento levantarme pero Steven se me tira encima, me inmoviliza los brazos con sus piernas. Siento sus rodillas clavándose en mis músculos. Arde, duele. Su mano se cierra en mi garganta y el poco aire que estaba logrando hacer entrar queda afuera.
Tengo la estúpida idea de decirle que si me quiere ahogar va a ser mejor que afloje un poco o me va a romper el cuello con su manaza. Sólo logro gorgojear.
Puntos de luz bailan frente a mis ojos ciegos. Son bonitos, tal vez significa que después de todo sí voy al Cielo.
Los oídos me zumban pero escucho una especie de golpe sordo. Steven me suelta del cuello y tira todo su peso sobre mi brazo izquierdo. Libero el derecho y me retuerzo como una serpiente en las brasas mientras intento golpearlo. Lo siento caer a mi costado y me arrastro para el otro, para alejarme lo más posible.
—Álvaro, tranquilo, soy yo, Esleva. Voy a extenderle mi mano —dice ella.
Estiro la mía y rozo sus dedos, están húmedos.
—Gracias —digo poniéndome en pie con su ayuda.
No tengo idea de en qué parte del departamento estoy. Se ve que mi memoria a corto plazo es un desastre.
—¿Está bien?
—No. Estoy ciego —digo con más agresividad de la que planeaba.
—Va a pasar —dice como si me quejara de que me duele un raspón en la rodilla—. Recibió unos buenos golpes. ¿No le rompió nada?
—Creo que no, pero tenemos que irnos —le respondo—. No le di tan fuerte. Se puede levantar en cualquier momento.
—Sí, tenemos que irnos, pero dudo que éste se levante —dice y puedo adivinar lágrimas en su cara.
—Está bien. Primero tenemos que ir a la oficina de Toro a ver si dejó algo que indique donde está o si hay más cosas para destruir —digo intentando mantener la compostura.
La siento dudar.
—Tenemos que apagar el horno —dice.
El negro se torna gris y Esleva aparece ante mis ojos como una silueta.
—Estoy recuperando la vista —le digo.
—Salgamos —dice con urgencia, me agarra el brazo y tira de mí. Poco a poco estoy viendo más y más luz. A mí alrededor luces y sombras se mueven a medida que ella me guía. Para cuando entramos al departamento donde dejamos el horno prendido ya veo las formas más definidas y algunos colores.
Le aviso a Esleva que ya recuperé mi capacidad de ver y le pido las llaves de la oficina de Toro. Insiste en acompañarme pese a mis negativas. Ya se arriesgó demasiado pero no hay manera de que lo entienda.
Salimos juntos al pasillo, cierro la puerta y veo que dejamos la del otro departamento abierta. Le indico que vaya abriendo la de Toro mientras yo cierro la otra. Veo la consternación en sus ojos pero no dice nada. Se aleja de mí a paso rápido. Cuando llego a mi objetivo veo el cuerpo de Steven y entiendo por qué dijo que no iba a volver a levantarse. El gorila tiene la cabeza abierta. Viendo el martillo ensangrentado junto al cuerpo supongo que Esleva lo golpeó mientras intentaba matarme. Por el tamaño de la herida se nota que la mujer estaba cargada de adrenalina al hacerlo. Si por algún milagro Steven sigue vivo, dudo que pueda aspirar a ser algo más que un vegetal.

Entro. Estoy seguro de que antes de derribarlo, Steven tenía un arma en la mano, no va a estar de más tenerla. La encuentro cerca de la puerta de la cocina, es una pistola.
Salgo y cierro. El pasillo está vacío y la puerta del departamento donde está la oficina de Toro está entreabierta. Lo cruzo, entro y cierro. Esleva está parada sin moverse, con las mejillas empapadas de lágrimas.
—Buen trabajo ahí atrás —le digo—. Gracias.
—Lo maté —dice ella, hipando.
—Y bien merecido que lo tenía —le digo agarrándola de los hombros—. No iba a darnos un sermón. Era un hijo de puta y tuvo un final más piadoso del que se merecía. Mejor hubiera sido si antes de la cabeza le dabas unos buenos martillazos en los huevos. —Se ríe—. Seguro que por ahí tenías más chance de llegar al cerebro.
Nos sonreímos y le suelto los hombros. Nos separamos unos pasos. Me meto en la oficina de Toro a ver si dejó algo que me ayude a saber en dónde está.

