Uno menos
Abro la cuarta caja. Me preocupa lo que puede estar pasando en la cocina del otro departamento. Esleva tenía razón cuando dijo que no queríamos quemar el edificio.
—Voy a chequear el horno. ¿Terminás con esto? —le pregunto. Ella asiente sin siquiera mirarme.
Me dirijo a la puerta y pienso en lo que está haciendo esta mujer. Aunque haya sido bajo coacción, está destruyendo su trabajo. ¿Cuántas horas de vida puso para hacer esos videos? Se está enfrentando a Toro, un psicópata asesino, está poniendo en riesgo su vida, la vida de las personas a las que ama. No por mí. Sé que no lo hace por mí. Aun así lo está haciendo conmigo, ayudándome.
Me apoyo en la mesada junto a la heladera. Tengo que decirle gracias. Tengo que preguntarle cómo se siente.
—¿What a fuck are you doing? —La voz es grave y enojada. No lo pienso, reacciono. Agarro el martillo de la mesada, giro y lo tiro, sin apuntar ni hacer ningún cálculo.
Steven tiene solo una centésima de segundo para sorprenderse y el martillo le da de lleno en la nariz. La veo explotar. No hay otro modo de describirlo. Se escucha algo partiéndose y veo sangre que sale por todos lados.
No me detengo a pensar. Creo que Esleva dio un grito de susto, no estoy seguro. Steven retrocede un paso y yo corro hacia él. No tengo distancia como para tomar velocidad pero el tipo acaba de romperse la nariz, ya está herido.
Algo brilla en su mano. Le doy en el pecho con mi hombro y sale volando hacia atrás. Tengo que patearlo, inutilizarlo antes de que se recupere siquiera un poco.
Doy un paso y se apagan las luces. Queda todo oscuro. Pierdo el equilibrio, choco contra algo y me caigo al piso. Esleva habla, pero no la entiendo. Creo que me pregunta si estoy bien.
Me pongo a gatas, escucho los intentos de respirar de Steven. No es algo agradable, pero me sirve para tener idea de donde mierda está. Tanteo en mi bolsillo y saco el celular. Corro el riesgo de delatar mi posición si lo prendo, pero si no me equivoco el gorila sigue en el suelo. Por lo menos voy a poder darle a Esleva un punto de referencia para que se reúna conmigo. Toco el botón pero el celular no se prende, lo sacudo un poco pero nada. ¿Se habrá roto?
Algo me roza el hombro, me aparto.
—¡Álvaro! Soy yo. —Es Esleva—. ¿Qué pasa? ¿Estás bien?
—¿Esleva? Estoy acá, seguí mi voz —le digo.
—Stupid Old Man —dice Steven. Su voz es una parodia nasal de la que conozco—. You are dead.
—Se está levantando —dice Esleva.
Recorro la habitación con la mirada, pero no veo nada. Tanteo y doy contra una pared. La uso para ponerme de pie. Aún desde esta perspectiva sigo sin ver nada.
—What happen, Old Man, ¿a little bird eat your eyes? —pregunta Steven burlón. Lo escucho más cerca.
—¿Dónde está el interruptor de luz? —le pregunto a Esleva.
—Es el veneno —dice ella. No entiendo.
Recibo un golpe en el estómago que me hace doblar en dos. Esleva grita. Apoyando la mano izquierda en la pared, lanzo un gancho con la derecha. Steven se ríe. Lanzo una patada que me hace doler la rodilla al golpear el aire. Escucho la risa del otro, proviene de la oscuridad… de todos lados. Siento los latidos de mi corazón en los oídos.
—Esleva, volvé a prender la luz —le digo.
—Nunca estuvo prendida —dice ella asustada.
Es de día, cuando me bajé del subte estaba medio nublado pero había luz y estos departamentos tienen ventanas grandes para dejarla pasar. ¿Cómo puede estar todo tan oscuro?
Ahora entiendo.
El veneno.

