Ataque frontal
Uno pensaría que el saber cuándo vamos a morir nos da cierta libertad. No hablo del destino. Tengo turno con la muerte y soy el próximo en la fila, pero eso no me hace inmortal. Podría pegarme un tiro y ya, pero me gusta pensar que me chuparían un huevo las cuentas a pagar, que me agarraría el mejor pedo con el wiski más caro… Pero no. Ni ahí. No me gasto toda la plata en putas porque quiero que Claudia tenga algo bueno de mí parte. Por eso dejé el coche en el garaje y estoy en el subte, apretado como una sardina en lata, pensando si están todos los papeles de la empresa al día. Me gustaría escribirle a Roberto y comentarle, pero no quiero que los del seguro crean que me suicidé. Espero que todo esté bien.
Salgo a los empujones. Aún es temprano, espero tener tiempo suficiente. Solo necesito llegar, subir, cagarlos a tiros y prender fuego todo. Que no quede nada.
Tengo el disco externo en mi riñonera. Tendría que haberlo puesto en el microondas, pero ya fue, no lo hice. Solo espero que si algo sale mal, llegue a destrozarlo.
Ya en la calle; está nublado y hay viento, pero no hace frío. Camino rápido, con las manos en los bolsillos. Voy por calle Lavalle, mezclándome entre la gente ensimismada vaya a saber en qué historias. Me dan ganas de frenar en cada kiosco y comprarme montones de boludeces, pero tengo miedo de lo que va a pasar cuando empiecen los síntomas, y tal vez sea mejor no estar con el estómago lleno.
Doblo por florida y camino un par de cuadras hasta el edificio. La puerta está abierta. El portero diurno me reconoce y me sonríe.
—Buen día, señor.
—Buen día —le respondo.
—Dígale al señor Toro que ya le conseguí el flete para mañana.
—Como no —respondo —. Le aviso.
Agradece y vuelve a su puesto. Yo me meto en el ascensor y subo tras dedicarle una sonrisa. Desenfundo. Mi corazón late más rápido, mis sentidos parecen agudizarse un poco, lo cual no sé si tomar como buena señal o si es como eso que dicen, de que una vela brilla más fuerte justo antes de extinguirse.
El ascensor frena.
Me bajo. Siento una gota de sudor cayendo por mi espalda. Todas las puertas del piso están cerradas. Mierda. Parece que cambiaron la cerradura. Me acerco a la puerta que conozco y golpeo. Tapo la mirilla con la mano. Acerco la oreja pero no escucho nada. Aprieto el timbre y lo mantengo así por largos segundos.
Nada.
En los pasillos no hay cámaras. Podría intentar disparar a la cerradura, pero va a sonar muy fuerte y dudo que me dé tiempo a destruir todo antes de que llegue la policía.
La puerta es de madera; podría intentar abrirla a los golpes.
Tomo medio pasillo de carrera. ¿Dónde sería mejor golpearla? ¿En el centro? ¿Cerca de la cerradura? Menudo desastre si solo logro lastimarme el hombro.
Flexiono un poco las rodillas, adelanto la pierna izquierda y me inclino un poco hacia adelante.
No puedo dudar. Tengo que darle con todo. Sin dudar, sin dudar, sin dudar…
Se abre la puerta de al lado mío y aunque no empecé a correr trastabillo un poco. Esleva me mira como si fuera un fantasma.
—¿Otra vez usted? —me pregunta.
—Hola, sí —le respondo ahora en equilibrio—. Vine a finalizar unas cosas —sueno falso.
—¿Por eso trajo su arma? —me pregunta.
—Es parte de mi trabajo —me excuso.
—Señor Álvaro, somos grandes —dice —. ¿Qué pretende?
—Destruir toda su investigación, todo lo que pueda usarse para dañar a otros.
Me sonríe.
—Está bien —dice —. Hágalo. Pero tenga cuidado, gran parte de nuestra investigación es para inyecciones de insulina y no las quiero perder.
Asiento.
Lo veo sacar un juego de llaves y no puedo creer mi buena suerte, casi un milagro.
—Gracias —le digo.
—Más de una vez quise hacerlo yo misma. —Tiene los ojos empañados por lágrimas—. Toro no está. Creo que planea venir a la noche a terminar los preparativos para la mudanza de mañana.
—Sea sincera conmigo —le digo—. ¿Sirve de algo lo que voy a hacer?
—Va a retrasar las cosas —dice, tras pensarlo—. Con suerte, cuando volvamos a sintetizar el veneno, ya vamos a tener también un antídoto y Toro no lo use solo para matar, sino también para controlar.
—¿Controlar?
—Digamos que usted sabe que su hija está infectada y que él tiene la única cura. ¿Qué haría? ¿Qué no haría? Empiece por acá —dice volviendo a entrar por donde había salido.
Es otro departamento común devenido en oficina. Hay una barra vacía de madera. Al costado, contra la pared contraria, una pila de cajas cerradas de notebooks.
—¿Cómo se destruye todo esto sin chance de que pueda rescatar nada?
Se muerde el labio.
—Podemos mojarlo…No sé —dice—. Mientras lo planea yo voy a rescatar mi trabajo, ¿sí?
¿Puedo confiar en ella? Por el momento no me queda otra. No puedo destruir las computadoras y tenerla de rehén si se revela.
Se pone a desembalar y enchufar una de las computadoras. Yo voy a la cocina. En el microondas no entra un aparato de estos, pero sí en el horno común. Esleva ya está trabajando en una. Yo abro otra. Hasta donde sé, en la tapa donde está el monitor no se guarda información, así que a tirones y golpes las voy partiendo, tirando los monitores a un rincón.
—¿Tienen caja de herramientas? —le pregunto.
Ella teclea unos segundos, me mira y señala una puerta frente a la cocina. La abro. Es un armario con escobas, productos de limpieza y… ¡Sí! Una caja de herramientas.
Agarro el martillo y un destornillador plano de buen tamaño. Apilo las notebooks con los teclados mirando al suelo y golpeo con fuerza a la de arriba de todo. Vuela plástico para todos lados y quedan expuestas las tabletas o como se llamen… ¿Placas? Entre el martillo y el destornillador rompo lo máximo que puedo. En las partes más duras, apoyo la punta del destornillador y martilleo el otro extremo.
Me meto en la cocina y prendo el horno. Voy metiendo todos los chips, las placas y los pedazos duros. Abro las ventanas y prendo el extractor ya que no sé qué tanto humo puede largar.
Vuelvo a donde está Esleva a buscar más partes para hornear y la veo rompiendo la última computadora, con la que estaba trabajando. Llora. No dudo; puedo confiar en ella para esto.
La dejo martillar con furia el aparato y cuando se deja caer agotada, agarro los pedazos que me parecen más enteros y los meto en el horno, donde la bandeja es un enchastre de plástico derretido y huele horrible.
—En el otro departamento está el laboratorio —me dice Esleva—. Ahí alcanza con tirar todo al inodoro.
—Vemos —digo.
—¿Va a dejar eso así? —pregunta señalando el horno. Me encojo de hombros —Bueno, lo apagamos después. No podemos quemar todo el edificio.
Salimos y ella abre la puerta del tercer departamento. Al igual que en el otro, está casi todo listo para la mudanza. Esleva ignora todas las cajas y va a la cocina. La sigo.
—No necesita frío pero es la forma más segura de guardarlo —me dice abriendo la heladera y dejando el martillo en la mesada.
—¿Es el veneno que me dieron? —pregunto.
—No. No completo. —Explica sacando una caja de plástico.
—Todavía tiene que pasar por muchos procesos para estar completo. —Deja la caja en la mesada y saca otra—. Andá vaciándolas. Supongo que ya podemos tutearnos.
—¿Es peligroso?
Me sonríe y no dice nada. Saca una tercera caja.
Abro la primera. Contiene doce viales de vidrio con tapita negra a rosca. Saco uno, lo abro y vierto el líquido transparente que contiene en el lavatorio. Abro el agua. Esleva saca una cuarta caja, la deja a un costado y se pone a mi lado a vaciar más viales.

