El último despertar
Abro los ojos. La habitación sigue a oscuras. Siento el pánico abrirse paso a través de mi estómago. Quiere apoderarse de todo mi cuerpo, pero mis ojos se están adaptando y veo el perfil de mis miedos en gamas de grises. Carraspeo. Escucho que la ciudad ya está despierta. Soplo el aliento sobre mi mano y huelo. Un asco.
Todavía no empezó. ¿Cuánto faltará? Según Esleva, una vez que los síntomas empiezan, a la víctima le quedan, como mucho, diecisiete horas de vida.
Tengo que aprovechar.
La primera vez que Toro se presentó eran cerca de las diez de la mañana. Con suerte hasta esa hora no va a pasar nada.
Pienso en los otros siete, ignorantes de que hoy es su último día. ¿Qué tanto pánico van a sentir cuando los síntomas empiecen? Pobres personas. La ignorancia del final no les va a permitir disfrutar un último desayuno, un último beso, un último polvo.
¿Es así?
Si lo supieran tampoco lo disfrutarían. Estarían demasiado asustados para permitirse algo bueno.
Da igual, pobres diablos con suerte que pueden vivir sus últimas horas de hermosa ignorancia. Pobres diablos con mala suerte, que ven el reloj pero no ven el tiempo que se termina.

