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Salgo del templo. Los otros siguen ahí, no se movieron. ¿Rezan? ¿Escapan? Mi lista fue larga, pero cuando se habla con Dios o una mujer, lo único que importa es decir «perdón». Si uno no sabe por qué lo está pidiendo, lo cierto es que cualquiera de ellos dos sí lo va a saber. Desde la charla con Esleva todo me parece lejano, como irreal. No es que la vida me parezca muy normal que digamos, pero todo se siente más extraño. Como si hubiese cruzado un umbral y viera todo desde otra dimensión.
Me suena el teléfono.
Veo el número que figura en la pantalla y dice «desconocido».
—¿Hola?
—Señor Álvaro, que gusto oír su voz —dice Toro.
Le cuelgo, sus idioteces no me interesan. El teléfono vuelve a sonar y rechazo la llamada. Vuelve a sonar y lo dejo que suene mientras camino por las calles de Monserrat. Me llega un mensaje de texto.
«No sea estúpido, ¡atienda!» —dice el mensaje.
«AAC» —le respondo—. Es la forma más rápida de decirle «andate a cagar». Le podría haber agregado una «p», una «f» o una «i», pero puedo hacerlo más adelante, y aunque el reloj va en mi contra, siento que tengo tiempo. Dudo que Toro haya podido encontrar a Claudia, así que no me importa romperle las bolas. Al contrario, que se enoje, que se ponga un poco loco.
El teléfono vuelve a sonar y sigo sin atender. Le envío por mensaje un punto y coma y un cierre de paréntesis. El teléfono convierte eso en una carita amarilla que guiña un ojo. Me gusta más la versión que mandé yo, pero el mensaje sigue siendo el mismo.
El teléfono vuelve a sonar y atiendo enseguida.
—¿Sí? —pregunto—. ¿Quién es?
—Señor Álvaro, que descortés de su parte —dice Toro; intenta que su tono sea amable, pero no logra ocultar la bronca—. Una conducta como la suya podría…
—Equivocado —digo, y cuelgo.
Vuelve a sonar y atiendo dejando pasar unos segundos.
—Su conducta podría poner en riesgo a su querida hija —dice antes de que yo hable.
—Podría, sí. Pero no lo hace —le digo—. Yo calculo que a ésta altura usted ya tuvo que meter su veneno en otra persona para que el testeo sea completo, ¿no? ¿Me equivoco?
—No. no se equivoca —dice y siento su sonrisa… eso no me gusta nada—. Ya suministré lo que usted llama «mi veneno» a otra persona. Eso es cierto. Es maravilloso lo que unas sonrisas y un poco de galantería pueden hacer por uno en el mundo de hoy. Incluso quedamos para otra cita, ¿puede creerlo? Le dije que sí, aunque tengo el presentimiento de que me va a dejar plantado.
—¿Qué querés? —le pregunto—. Hasta ahora solo lográs aburrirme.
—Paciencia.
—¿A ésta altura? ¿Para qué? Gracias a tus experimentos me queda poco tiempo y no pienso tirarlo a la basura escuchando tus pelotudeces.
—Es justo, pero escuche mis advertencias, entonces —dice casi interrumpiéndome—. Porque no se equivoca cuando dice que ya tengo a mis sujetos de prueba elegidos, pero se equivoca si cree que ustedes ocho van a hacer los únicos. Estas pruebas se hicieron en base a la edad; todavía tenemos que hacer pruebas en base a muchas otras cosas. Ver como nuestro experimento funciona en drogadictos, fumadores, personas medicadas, enfermas, bien sanas. Estoy seguro que puedo incluir a su hija en esos experimentos sin problema. Incluso puede que antes de experimentar con el veneno, la convierta en drogadicta, solo para aumentar la diversión.
Sonrío. No me afecta nada de lo que dice. Se puede pasar el resto de la noche haciéndose el gallito y amenazando a mi familia que no me importa. Mañana voy a matarlo y toda su basura se va a ir al infierno con él. Ya pedí permiso a Dios y estoy seguro de que en su silencio me dijo que sí.
—Ahá —digo desinteresado.
—¿Quién dice? Tal vez al saber sobre su muerte, ella sola se meta en drogas sin mi ayuda —sigue Toro—. ¿Es ese el futuro que quiere para ella?
El futuro que le voy a dar a mi hija es un mundo sin un pelotudo que se hace llamar Fabián Toro dando vueltas en él, envenenando a la gente para ganar guita.
—Ella está bastante acostumbrada a mi ausencia. Calculo que con un par de botas nuevas se le pasa cualquier tristeza —digo.
—Me refiero a que si quiere que muera como va a morir como usted —dice.
Me doy cuenta de que detrás del tono amistoso que usa Toro, hay mucho sadismo. Este tipo es un hijo de puta, simple y llanamente. Un desgraciado. Me está llamando en mis últimas… ¿horas?, solo para que cuando me muera lo haga con más miedo y preocupación. Hay dos cosas que me son claras, una, que Toro no solo me envenenó a mí, sino también a un nenito de tres años, al viejo, a una mina que solo quería ser madre y a los otros. Nos mató a todos solo para probar la efectividad de algo que se va a usar para matar a muchos más. La otra, que cuando lo mate no voy a estar mucho más en esta tierra como para sentir remordimientos.
—Hay una cosa que no entiendo —le digo, tan tranquilo como él—. ¿Cómo me envenenaste a mí?
—Con un café —responde.
—Ah, el primer día que fui a tu oficina.
—No, señor Álvaro. El día que yo fui a la suya —responde—. No estaba entre mis planes contratarlo, solo necesitaba acercarme. Entre los candidatos a Old Man, usted no estaba entre los primeros, si bien tiene poca familia y pocos amigos, tiene un negocio importante. Pero bueno, al otro lo atropelló un colectivo y estaba hospitalizado. Como usted se ofreció a hacer el trabajo en persona, me pareció una buena oportunidad para ver el funcionamiento de mi producto día por día. Estudiar que no hubiera efectos secundarios y cosas así, ya me entiende.
Sí. Entiendo. Por mear fuera del tarro.
—Como sea, a esta altura es igual —le digo—. Parece que tiene la tecnología como para hacer que su veneno sea cronometrado como una bomba de tiempo; supongo que es para que no deje rastros en quien lo haya tomado, ya que puede mezclarse con café sin sufrir alteraciones… ¿por qué no le quitaron los efectos secundarios de las horas anterioresde la muerte?
—¿Efectos secundarios? —me pregunta—. Se equivoca, amigo Álvaro. No son efectos secundarios, son la firma de mi producto. ¿Qué gracia tiene si el que muere no sabe que alguien lo envenenó?

