Información valiosa
Kolmann salió del baño con las manos y la cara mojadas. Nunca le había gustado usar los aparatos de aire caliente ni las servilletas de papel que solía haber para secarse. Siempre se secaba con su propia ropa o, como planeaba hacer en ese momento, con las servilletas de tela que había en la mesa.
Caminó a paso lento entre las mesas del restaurante, observando como su cliente y Aguirre charlaban y reían como dos viejos amigos. Se sentó en su lugar y comenzó a secarse las manos. Roberto estaba comentando algo y llenó con vino el vaso del custodio y después el del empleado de Villalba, pero no el suyo, al que le quedaba menos de un dedo. Levantó la mano y encargó una botella de vino blanco al mozo.
Comieron sin dejar de charlar. Mientras Roberto acaparaba la charla con anécdotas de su hijo que iban desde reveses artísticos a sus caprichos más ridículos, también acaparaba la botella de vino y se encargaba de mantener el vaso de Aguirre siempre lleno. Servía en su vaso y en el de Mauro por turnos, asegurándose de que el tercero tomara dos vasos por cada uno de ellos.
—En fin, no digo que seamos las personas más afortunadas del mundo, pero conociendo a mi hijo, mis actuales empleadores me parecen angelitos —comentó Roberto; se le notaba la lengua un poco pastosa al hablar.
—El problema es la guita —dijo Aguirre. Si la voz de Roberto era pastosa, la de él era brea. Resbalaba algunas palabras, decía las letras «p» como si fueran la letra «b» y hacía desaparecer las “s”—. Cuando las personas tiene guita pierden el… el… el coso ese, ¿cómo se llama?
—¿El norte? —preguntó Roberto.
—No, no, no, no… Lo otro, ¿me entendés? —Aguirre se llevó al puño al mentón imitando a la famosa estatua—. ¡El eje! Eso. Pierden el eje. Como si cada cosa que van adquiriendo formara parte de ellos, los hiciera más valiosos. Son unos giles. No entienden nada.
—El dinero y el poder no corrompen, solo muestran la verdadera cara de las personas —dijo Mauro, asintiendo, alzando su copa vacía en un brindis que Aguirre, con su copa llena, no dudo en responder.
—El señor Villalba, por ejemplo, es un pelotudo —dijo Aguirre y los otros dos cruzaron miradas de ojos vidriosos y colorados.
—¿Por? —preguntó Roberto.
—El tipo es un infeliz. Tiene una mina que está bastante buena a la que cualquiera le haría un favor, y el pelotudo no la ama, ni siquiera la quiere. Pero no se anima a dejarla porque perdería parte de su fortuna, como si eso pudiera valer más que la felicidad de estar con alguien a quien amar, ¿no?
—¿Tiene otra mujer a la que ame? —preguntó le viejo, llenando la copa del otro—. ¿Una que lo haga feliz?
—No. No sé… Lo dudo —respondió Aguirre y soltó una risita—. Que quede entre nosotros, pero creo que Gabriel nunca va a ser feliz con una mujer… ¿Me entienden?
—¿Es puto? —preguntó Mauro.
—¿Es homosexual? —preguntó Roberto a la vez.
—No sé —Aguirre se encogió de hombros—. En una de esas juega para los dos lados. —Se rió—. Pero les aseguro que si el tipo no se come la galletita, seguro que mira el paquete con todas las ganas.

