¡Mozo! Tres cafés
El hombre se había presentado como Aguirre y, como Roberto había deducido, trabajaba para Villalba. El esposo de Maribel le había ordenado seguirlos y tenerlos bien vigilados, sobre todo a Roberto. Tenía que tomar notas si se reunían con alguien y cosas por el estilo. Estaba sentado sujetando su nariz con un pañuelo bastante manchado de sangre. Tenía un raspón en el mentón y otro en la frente. Nada grave. Sin duda, la que se había llevado el peor golpe había sido su dignidad.
—Las cosas van a ser así —le dijo Mauro—. Entiendo que tenés que darle a tu jefe información sobre nosotros, pero como la situación en la que te encontrás no es la mejor, lo que vas a hacer es darnos a nosotros información sobre él, ¿entendés?
—¿O qué? —preguntó Aguirre, con media sonrisa—. ¿Vas a matarme? —se rió.
—No. Claro que no —respondió Kolmann, sereno y sonriente—. Pero si te negás, voy a darte tantos golpes en las bolas que hasta tus nietos van a salir abollados.
—Podés intentarlo —dijo el otro.
—Digo yo —intervino Roberto—. ¿Por qué no se guardan los pitos un rato? Lo que vamos a hacer en primera instancia, es pedir algo para comer y beber. Después, hablamos como las personas adultas que somos, ¿les parece?
Ambos hombres gruñeron como respuesta.

