Culpable hasta que se demuestre lo contrario scaled

Campeón de poliladrón

Mauro Kolmann corría a toda velocidad con el cuerpo inclinado hacia adelante y los ojos llenos de lágrimas por el viento frío. Bajó un poco la velocidad y dobló en la primera esquina. Le tomó menos de un segundo ver que la vereda estaba ocupada por una pareja de chicos caminando sin apuro. Bajó el cordón y corrió por el pavimento con el tráfico de frente. Su cliente estaba solo, al alcance de alguien que los estaba siguiendo. Se había lanzado a correr atrapado por la emoción del momento, sin pensarlo. Sabía que había cometido un error y corría tan rápido como le permitían las piernas para que ese error no fuera fatal.

Llegó a la segunda esquina. Se le cruzó una señora mayor que se pegó un susto grande y sujetó con redobladas fuerzas su cartera. Mauro le gritó un «perdón» mientras continuaba su carrera sin detenerse. Pasó junto a un hombre con un perro, que intentó seguirlo en una lluvia de ladridos pero el dueño llegó a sujetarlo a tiempo. Al custodio le pareció que el hombre lo mandaba a la mierda.

Frenó antes de llegar a la tercera esquina y dobló por ella caminando, intentando disimular su agitación. El corazón le latía al doble de su ritmo normal y le zumbaban los oídos. Frenar de prepo nunca era una buena idea. No vio al hombre que los estaba siguiendo ni a Roberto en la otra punta de la calle. Sintió un fuerte pinchazo en el vaso y dejó de caminar un poco. Se agachó como para atarse los cordones y vio, casi de casualidad, que el que los perseguía había cruzado a la vereda de enfrente y estaba escondido atrás de un árbol.

Mauro cruzó, de repente consciente del silencio de la calle. El extraño estaba muy atento a otra cosa por lo que no volteó. A simple vista, parecía estar hablando por el celular, pero el custodio se dio cuenta de que estaba cuidando no ser visto por nadie de la esquina de enfrente.

—Buenas, buenas —dijo Mauro cuando se acercó lo suficiente. El extraño se sobresaltó. Era un hombre alto, de unos cincuenta años, gesto hosco y ojos muy pequeños—. Espero que cuando llegue a tu edad me dedique a espiar a minitas y no a viejos.

—No sé qué…

Mauro lo silenció empujándolo contra el árbol. El hombre trastabilló y cayó de costado.

—¡No! Espere, espere —rogó desde el suelo al ver que el custodio pretendía seguir.

Kolmann detuvo su avance, confiado. Vio que Roberto estaba cruzando para reunirse con él. Le sonrió al viejo y recibió una fuerte patada justo debajo de la rodilla.

—¡La concha de tu madre! —puteó desde el alma y vio que el hombre ya se estaba levantando y se lanzaba a correr.

Mauro que de chico se consideraba el campeón del poliladrón, se lanzó a la persecución. La pierna era un infierno de dolor que detuvo su impulso inicial y el vaso no ayudaba. El hombre que los había estado persiguiendo corría directo hacia Roberto, que se había quedado paralizado en plena calle.

¡Pelotudo! se dijo Mauro a sí mismo por haberse distraído y dejar desprotegido a su cliente. Si el extraño embestía a Roberto, iba a perder su trabajo como consecuencia directa. Ya fuera porque Horacio Marin lo echaba a la mierda o porque él mismo iba a renunciar por tan grave falta de profesionalismo.

Desde donde estaba no podía ver bien. El viejo se le perdió de vista cuando el extraño se interpuso entre los dos. Mauro arrugó la cara anticipando el choque. Pero lo que pasó fue que el hombre que los seguía se cayó de boca al piso y Roberto lo vio pasar haciéndose a un costado con cara de inocente.

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