Sombras
Roberto no quiso volver a su casa, por lo que buscaron un lugar donde comer algo. Caminaron unas cuadras y eligieron un pequeño bar en el que se notaba que había más vida nocturna que diurna. Entraron y Marin se dejó caer en una silla soltando un bufido.
—Ser viejo es una mierda —dijo sacando un pañuelo de su bolsillo y pasándoselo por la frente—. Todo se hace cada vez más difícil. Por ahora mantengo la mente afilada, pero quien sabe por cuánto más.
—No diga eso, Roberto —dijo Mauro intentando animarlo—. Para su edad está bárbaro.
—Lo sé, lo sé, pero no se puede engañar a los años por mucho tiempo. Las canas no piden permiso para llegar y los huesos no te mandan una carta de renuncia para que estés listo. Lo único que podemos hacer es sujetarnos fuerte hasta el último momento… pero ojo que también tiene sus ventajas —se rio—. ¿Sabe cuál sería una de esas ventajas?
—¿Cuál? —preguntó Mauro.
—Ser muy lento para caminar —respondió Roberto.
—Claro —dijo Mauro, en un tono poco convincente—, me imagino que le da la posibilidad de ver bien por dónde anda, los paisajes y eso.
—¿De qué habla hombre? ¿Qué paisajes ni ocho cuartos?
—¿Entonces?
—Cuando uno camina tan lento como yo se hace mucho más evidente si alguien está intentando seguirte.
—¿Les traigo la carta? ¿Quieren que les traiga algo para tomar? —dijo una chica joven luciendo una inmensa sonrisa.
—No. Disculpe —dijo Roberto—. Solo iba a pedir un café para poder usar el baño, pero ya no va a hacer falta. A Dios gracias por los pañales para adultos. Mejor vamos —le dijo a Mauro.
El custodio se levantó con la cara casi tan colorada como la de la chica. Se puso la campera mientras Marin se incorporaba. Mientras salían del bar la moza le ofrecía usar el baño.
—¿Quién? —le preguntó Mauro a su cliente cuando la calle y el frío volvieron a recibirlos.
—Caminemos un poco, ya va a salir —dijo Roberto—. Supongo que Villalba nos quiere vigilados.
Se fueron alejando poco a poco siguiendo el ritmo de los pasos del anciano. Cuando estaban a unos veinte metros del bar salió un hombre y se puso a fumar. Cuando estuvieron a unos cincuenta metros el sujeto tiró el cigarrillo y comenzó a caminar en la misma dirección que ellos, y casi a la misma velocidad.
—¿Qué tan rápido puede dar la vuelta a la manzana? —preguntó Roberto.
—Uno o dos minutos, depende del estado de las calles y la cantidad de gente —respondió el custodio.
—En cuanto lleguemos a la esquina comience a correr —dijo Marin—. Yo me encargo de darle la mayor cantidad de tiempo posible.
—Ok.
Roberto caminó atento al semáforo procurando que lo obligara a detenerse. Al ver que pasaba de amarillo a rojo se detuvo en la esquina y se apoyó contra la pared como para descansar, simulando hablar con Mauro que ya había salido corriendo y estaba a más de media cuadra de distancia.

