Derrota
Kolmann se bajó en la estación Independencia. Si el hombre de la gorra roja lo había reconocido no dio muestras de ello. Caminó las calles hasta la casa de Roberto enfurruñado. No solo le molestaba haberse equivocado de persona, sino que le enojaban las burlas a las que lo iban a someter Roberto y Patricia.
Como primera misión fuera de su trabajo de custodio, había fallado de principio a fin. Alcanzó el edificio de ladrillos y caminó por el sendero hasta la puerta de Roberto. El portero lo saludó y él respondió con la mejor sonrisa que pudo dadas las circunstancias.
—¿Ya volviste? —preguntó Roberto que estaba sentado leyendo un libro—. ¿Pasó algo?
Mauro vio al viejo a los ojos y se dio cuenta de que Patricia, desde otro sofá, lo miraba por encima del celular. No tenía sentido darle vueltas al asunto.
—No, lo que pasó es que recibí un diploma.
—¿Un diploma? —preguntó el viejo sin entender.
—Sí, de estúpido —dijo Mauro y le contó lo que le había pasado.
—Ya veo —dijo Roberto—. No importa, era un manotazo de ahogado. La verdad es que no se me ocurre cómo podemos averiguar si está metido en algo turbio.
Mauro recibió un mensaje en su teléfono. El número que aparecía en la pantalla no le era familiar. El mensaje decía: “Pelotudo”. Se dio vuelta y vio que los hombros de Patricia subían y bajaban por las risas.

