Trazar un plan
Roberto estaba sentado frente al monitor de la computadora, jugando un Buscaminas. Era uno de los pocos juegos que creía imprescindibles. El año anterior su hijo le había regalado una computadora nueva con demasiadas especificaciones que él no entendía ni tenía mucho interés en entender. Horacio le había dicho que iba a poder jugar juegos de estrategia muy avanzados, pero él se limitó a preguntarle si aún podría jugar al buscaminas.
Le gustaban los juegos de estrategia que su hijo le instalaba: conseguir recursos, formar un reino, aniquilar al resto en la medida de lo posible. Pero esos juegos eran para pasar el tiempo. Los solitarios, el Buscaminas y los Sudokus en cambio, lo ayudaban a enfocarse.
Mauro estaba en el sofá mirando una película con Patricia, que parecía más atenta a su celular que a la tele. El anciano, mientras, iba plantando banderas en los cuadraditos que él creía que contenían bombas, pero en su mente buscaba cómo encarar el asunto de la señora Villalba.
Ella quería el divorcio y de paso quedarse con la mayor cantidad de bienes posible. Para eso debía demostrar que su esposo la había engañado amorosamente o que estaba metido en algo ilegal, según dictaba el contrato prenupcial que el hombre había firmado.
Roberto no había sido pudiente de niño, ni su hijo tampoco. Pasó por muy malas épocas en las que para vivir hizo cosas que podían matar a su hijo de un disgusto si llegaban a saberse algún día. Pero gracias a sus contactos había sabido administrar su dinero y multiplicarlo en la época del corralito mientras el resto de Argentina se iba a la mierda.
No había logrado lo suficiente como para vivir sin preocupaciones pero sí para darle a su hijo una buena educación y a su mujer una vida plena y los mejores tratamientos cuando le diagnosticaron la enfermedad que se la llevó. Fue Horacio el que los catapultó financieramente.
Por otro lado los padres de Gabriel Villalba estaban acostumbrados a la plata, por lo que el anciano sospechaba que si habían accedido a que su hijo firmara el contrato era porque tenían suficientes medios para sortearlo. Suponía que las cuentas bancarias, los inmuebles y las acciones no estarían a nombre del esposo de Maribel ni lo estarían mientras estuviesen casados.
Pero de ser así, considerando lo que Villalba había dicho de su esposa, el divorcio sería lo más práctico. ¿Por qué no quería separarse?
A Roberto se le ocurrían dos opciones. Una, que tuviera miedo de una investigación de sus bienes que pusiera al descubierto algún fraude; la otra, que en su juventud enamorada no hubiese aceptado los consejos paternos y tuviera muchas cosas a su nombre. Se había casado siendo mayor de edad y nadie podía obligarlo a nada, así que no era una idea que se pudiera descartar sin más.
La primera opción era la que más factible le parecía.
Se había precipitado un poco al hacer que su custodio tomara esa clase de tenis y dejarse ver. Le quitaba la posibilidad de presentarse de otra manera que le permitiera meterse más en su territorio. Empezaba a vislumbrar alguna forma de hacerlo, pero hubiera preferido empezar desde cero.
Estudiando las posibilidades que veía para abordar su trabajo, se le ocurrió que tal vez, haberse presentado no era algo malo. Podía usarlo a su favor. Roberto sabía que la gente tendía a ser descuidada y confiada. De niños, con su hermano, habían encontrado unas revistas con mujeres desnudas y se las habían llevado hasta su casa. Las tenían bien ocultas y sólo las sacaban cuando estaban seguros de que no había nadie más en la vivienda. Pero con el tiempo se fueron confiando y las revistas fueron ocupando escondites más simples…
Excepto…
—Creo que tengo un plan —anunció.
Mauro giró para mirarlo y puso pausa en la película. Patricia no pareció darse cuenta.

