El hombre de los mil recursos
Gracias a mi trabajo y a que fui policía en mi juventud, las declaraciones y demás solo toman un par de horas. Con los contactos que todavía tengo, no tendría que haber estado retenido ni diez minutos, pero Steven había quedado bastante mal. Al parecer una de las costillas rotas le perforó un pulmón o algo así. ¿Qué se le va a ser? Sana sana, pobrecito el gorilito; pero por esas heridas me mantuvieron bajo vigilancia un buen rato. Podría haber intentado explicar el origen del enfrentamiento, hablar de Toro y lo que está haciendo, que me amenaza con mi ex mujer y toda la historia. En el coche tenía suficiente evidencia como para que abran un expediente. Si lo hubiera hecho terminaba en una oficina, en la banca, esperando que los demás me contaran o no de qué se trataba todo, si es que lograban atrapar al forro.
Todavía no sé si fue por orgullo o por cabeza dura, pero no dije nada. Declaré no conocer a Steven en absoluto. Argumenté que me había confundido con otra persona y que todas mis acciones fueron en defensa propia. Había una multitud de testigos que afirmaban que el gorila se me acercó y atacó por la espalda.
A Steven se lo llevaron al Argerich, donde me habían curado las manos tan bien que incluso después de la pelea los puntos seguían aguantando.
Pensé en pasar por mi laburo, que no estaba muy lejos, pero quería sacar el coche del garaje. Una vez que me subí a mi Vectra, decidí venir acá, a lo de Rengo, que me mira con el ceño fruncido tras escuchar todo lo que viví en estos últimos días.
—¿Los dólares son falsos?
—Sí, eso dijo Toro —le respondo.
—¿Pero son falsos? ¿Te fijaste?
—Los conté un par de veces. Parecían buenos… yo qué sé.
—¿Y no te diste cuenta si eran falsos?
—Sí. Me di cuenta pero no dije nada porque colecciono billetes falsificados de otros países —le digo—. No, no me di cuenta. No soy experto en dólares —me doy cuenta de que estoy a la defensiva. Todas esas preguntas suenan a que me está diciendo pelotudo.
—¿Me los traes? —me pregunta.
—¿Para qué?
—Yo los paso —dice—. Si están más o menos bien hechos los paso al toque —se queda pensando un segundo—. Calculo que les puedo sacar, por lo menos, la mitad de lo que valdrían si fueran buenos. ¿Te parece?
—¿Traficar dólares truchos? —le pregunto—. Vos te acordás que yo era policía, ¿no?
—¿Y? —pregunta—. Yo fui baterista en una banda y no te corrijo cuando usas la birome como un palito y el escritorio como un platillo crash.
Cierro los ojos y respiro profundo. Nunca estoy del todo seguro de cuándo este mamerto está hablando en serio o en joda.
—Después vemos eso. ¿Me podés ayudar con lo otro?
Mira el portafolio en el mostrador, lo levanta y lo sacude un poco.
—¿Tiene que quedar como si nadie lo hubiese manipulado? —me pregunta.
—No —digo—. Pero cuidado, puede que adentro haya cosas frágiles.
Lo vuelve a levantar y lo sacude con más fuerza que antes. Me mira fijo un segundo y le da un par de sacudidas más.
—Nada sonó frágil —me dice sonriendo—. Así que si hay algo «frágil», está bien asegurado para que no rebote por todos lados… así suele ser cuando se llevan cosas «frágiles» en los portafolios. Podes cerrar la boca y dejar que el pánico se vaya.
—Andate a la mierda.
—¿Lo abro o no?
—Sí. Dale —le digo resoplando.
Me sonríe, se da vuelta y empieza a remover cosas que suenan a metal. Herramientas, supongo. Cuando se vuelve a girar para quedar frente a mí, lleva en las manos un martillo y un cincel.
—No es lo más fino, pero va a ser el trabajo más rápido —me explica.
Con la sutileza de un cardumen de pirañas alimentándose, Rengo abre el portafolio. Adentro solo hay fajos de folletos, papeles sin sentido. Uno es de una píldora anticonceptiva masculina; otro, un potenciador sexual. En otro se promueve un producto capaz de regenerar, en poco tiempo, el tejido dañado, ideal para esguinces o desgarros. Son siete folletos diferentes. Veo el del anti edad con ADN de medusa que seguramente recibió Ester. Todos se ven muy profesionales. Return es el nombre que le pusieron a ese. Hay uno de una proteína cien por ciento vegetal ideal para después del ejercicio intenso, que calculo es el que le van a dar o ya le dieron a Silvina. ¿Lo habrá recibido? Los que quedan son: uno para embarazos seguros después de los cuarenta; y otro, un producto llamado Prevent Care que se utiliza en niños para ayudarlos a procesar la comida chatarra de otra manera, protegiendo a las criaturas de enfermedades a largo plazo como diabetes, obesidad o problemas de corazón.
—A vos te atraparon con el que te despierta el pajarito ¿no? —me pregunta Rengo mirando ese folleto.
—No. A mí me atraparon con los dólares falsos, no me hicieron folletería.
—Si tenés en cuenta que son falsos, no es del todo cierto que no lo hayan hecho —me dice.
—Andate a la mierda —le vuelvo a decir. Creo que mi record en una tarde, fue mandarlo a la mierda más de veinte veces. Hubo una final de fútbol de por medio. Hoy llevo dos: debe estar tranquilo.
Me guiña un ojo.
—¿Qué esperabas encontrar? —me pregunta.
—No sé. Alguna muestra de lo que les está dando a todas estas personas —digo.
—¿Y estás seguro que a todos les da lo mismo?
—No. Seguro no estoy de nada —le respondo. Me paso la mano por el pelo y la dejo en la nuca—. Si no me hubiesen atacado en mi oficina, me hubiera convencido de que soy un viejo paranoico y ya.
—Bueno, te hayan atacado o no, la mitad de eso es verdad —me dice.
—Andate a la mierda.
—No te desanimes, todavía tenemos la computadora —me dice riendo—. No creo que estén amenazando a tu piba por un montón de folletos publicitarios.
—Sí, tenés razón —digo—. ¿Tenés dónde enchufarla?
—¿Les vendría bien a los conejos una asignatura universal por hijo? —me pregunta.
—¿Qué? —no entendí.
—Que sí, lerdo —me dice—. Damela.
La saco de la mochila y la dejo en el mostrador esperando que no empiece a sacudirla. La abre, la cierra, la mira por abajo y por arriba, pero no la sacude. Se levanta y se va al cuarto de atrás, del que vuelve con un cable y un mouse. Conecta el cable al aparato y a la pared. Toca un botón y la pantalla se prende mostrando el proceso de encendido. Por un segundo vemos un fondo de pantalla, pero se pone borroso y aparece un cartel pidiendo contraseña.
—¿La sabés? —me pregunta.
—Sí. Después de robarla lo llame para pedírsela… creo que me la anote por algún lado —digo.
—¿Vas a buscar ese papel o te la aprendiste? —me pregunta con total seriedad.
—Andate a la mierda.
—Bueno, dejamela que para mañana te la tengo lista —me dice cerrando la tapa.
—¿También sos hacker, ahora? —le pregunto.
—Es solo otro tipo de cerradura —sonríe.

