Vagamundos 01 Imagen para El Old Man scaled

La noche

Me bajo del coche y comienzo el camino a casa. No me gusta admitirlo pero estoy tenso, nervioso. Cagado en las patas sería más preciso. Las sombras, que fueron compañeras en mil noches de guardias, me parecen peligrosas, capaces de ocultar a mis peores enemigos. Putas traicioneras. Me paro frente a mi puerta. El hogar siempre, absolutamente siempre, tiene que ser un lugar donde uno pueda descansar, donde uno pueda sentirse seguro. Pero miro la puerta con desconfianza, busco indicios de que las cerraduras hayan sido manipuladas, pero parecen ser las de siempre. ¿Y qué? ¿Rengo no dice siempre que con buenas herramientas…?

Giro la llave, abro y entro.

Suspiro. Llevo una vida entrando a este lugar y lo siento tan vacío como siempre. ¿Será verdad que las personas  pueden sentir cuando un lugar está vacío y cuando no? Cierro la puerta y pongo tanto llave como traba. Saco mi celular y marco el teléfono de Carla sin resultados. ¿Cuántas veces llamé? ¿Cinco, seis?

Necesito darme una ducha, ponerme hielo en algunas partes del cuerpo y en un vaso… No. El wiski va a ser mejor directo de la botella. No temo recaer en viejos hábitos. La verdad es que en ese campo, nunca estuve de verdad de pie. Siempre fui un borracho, incluso antes de empezar a tomar, solo que tardé bastante en beber para darme cuenta. Tome una medida o una botella entera, da igual. Lo sé.

Cuando uno es un héroe, cada fallo, cada error, es observado y juzgado por todos. Pero cuando uno es un villano, cada buen acto, por ínfimo que sea, cualquier poquito de bien que uno haga, o cualquier gran acto de heroísmo, suele ser siempre ignorado por completo.

Cada año sin una copa acompañando el tiempo fue una tortura, como caminar sobre alfileres. Nadie lo vio, nadie lo supo. Decir que no a un vaso de vino en una reunión con los amigos es lo más fácil del mundo cuando no se está enfermo, esas personas no saben lo que es hacerlo cuando la sangre ya está contaminada.

Ayer bebí un poco y hoy mi fuerza de voluntad parece un obstáculo mucho más fácil de sortear. Lo loco es que empecé a emborracharme para no pensar todo el tiempo en ese pibe al que maté en el tiroteo. Y ahora, mientras más tomo, más siento que me atormenta su fantasma.

Guardo el teléfono y saco mi arma. Puede que sienta que no hay nadie, pero revisar no me va a hacer ningún mal. Entro al baño y corro la cortina de la bañera. En la habitación miro dentro de armario y debajo de la cama. Abro puertas donde nadie puede entrar. No parece que me haya equivocado. Meto el arma en la funda pero me la dejo puesta, no vaya a ser que reciba alguna visita inesperada.

Voy a la cocina y aunque en mi mente solo pienso en la botella, por ahora pongo un vaso bajo el grifo y lo lleno de agua. Le doy un buen trago. La botella está a la vista, donde la dejé ayer. Por lo general todavía la escondo, fantasmas de vergüenzas pasadas, supongo.

Abro la heladera. Tengo varios Tuppers con comida. La mitad tendría que tirarlos a la mierda, sin siquiera abrirlos para ver qué restos hay. Pero seguro que de entre todos, hay alguno con algo rescatable para la cena.

Suena el celular. Lo saco y el número que aparece es el de mi ex, Carla. Me extraña sentir alivio, siendo que la desprecio tanto.

—¿Hola, Carla? —atiendo.

—No, no. Ella está indispuesta por el momento —dice Toro y el alivio se hace de plomo y arrastra mi alma al piso.

—¡Hijo de mil putas! —le grito y mando al a mierda la posibilidad de jugar la carta del desinterés.

—No, señor Álvaro, solo de una —contesta riendo, siempre sereno—. Veo en el registro que la estuvo llamando varias veces en lo que va del día. Es una suerte que el teléfono lo tenga yo o Carla podría creer que usted todavía siente algo por ella.

—Ella ya sabe lo que siento, así como yo sé lo que siente por mí —contesto más sereno, volviendo al juego. Esto no es una llamada telefónica, es un partido de truco que se define en una sola mano—. Sentimos odio, pelotudo.

—Y aun así la llama y la llama, casi como si estuviera preocupado.

—No la llamé a ella sola, también hablé con Silvina Rago… ¿La conoce?

—Sí, estoy al tanto de su intervención. La cancelación de la señorita Rago a la reunión que teníamos prevista me presentó un inconveniente —me dice Toro. Su tono de voz no refleja que le haya molestado ni un poco—. Es una suerte que la Middle Age Woman, si sabe a qué me refiero, no haya tenido ninguna visita molesta y hasta se sintiera con suerte de que adelantara la entrevista.

—A esa le ofreció el suero del embarazo seguro, ¿no? —le pregunto—. ¿Qué le dijo, que lo hacen con extractos de óvulos de medusas? ¿O usa otros animales?

—Sí, eso es lo que le ofrecí.

—¿Se le hizo más difícil sin tanto folleto?

—No. Tengo de sobra. Aunque admito que el maletín lo hacía ver más profesional —se ríe—. Pero hablemos de lo importante, su ex y las llamadas que usted hizo.

—Escuchame una cosa, pelotudo —lo corto en seco—. Conmigo no te hagas el superado, ¿estamos? Si la llamé es porque es la mamá de mi hija y sé que ella estaría muy dolida si algo le pasa. Fuera de eso, me chupa un huevo. Tengo tu computadora y vos tenés un matón menos a tu servicio —tomo aire—. Ahora vas a responder a todo lo que te vaya preguntando o tu preciada notebook termina en el fondo del Riachuelo. ¿Entendés?

—Claro que sí, es usted muy locuaz, señor Álvaro.

—Me alegro. Ahora decime qué mierda les estás dando a estas personas y qué me diste a mí.

—¿Y arruinar la sorpresa? —me pregunta, casi alegre—. No, gracias. Todos se van a enterar a su debido momento. Usted y el resto, con la ventaja que usted va a tener idea de la razón del porqué de las cosas.

—Voy a llevar la computadora a la policía.

—Veo que no bromeaba con eso de llevarla al Riachuelo —se ríe—. Llévela, sin timidez. Para cuando entiendan qué es lo que están viendo ya va a ser muy tarde para todos. Además, estoy seguro de que si hablo con las personas adecuadas, la recupero para antes del próximo fin de semana. Usted sabe por experiencia propia como en este país bailamos al ritmo de los billetes del norte.

—Bueno, entonces será el Riachuelo, hijo de puta —digo.

—Yo lo pensaría bien —me dice—. Todavía me falta una mujer joven ya que usted espantó a la que había encontrado. Lo justo sería encontrar un reemplazo que usted provea. ¿Se lo ocurre alguien de esa edad, más o menos?

No le contesto. Hacerlo sería seguir gritando y puteando y no quiero darle tanta ventaja. Ya bastante agarrado de los huevos me tiene con Carla.

—Andate a la mierda —digo, riendo.

—¿Me está invitando a algún lado, señor Álvaro? —se ríe él, parecemos dos nenes de primaria—. Por el momento voy a dejar de molestarlo. Que duerma bien… Tal vez pasemos a visitarlo mientras lo hace.

Empiezo a mandarlo a la puta que lo parió pero ya colgó

¿Sabrá Carla dónde está nuestra hija?

¿Qué carajo hago?

¿Le entrego todo a Toro y rezo porque deje a mi familia en paz? Claudia apagó el celular, así que Toro no va a poder llamarla y engañarla para que salga de dónde sea que esté. Después de que yo matara a ese pibe en el tiroteo, con Carla teníamos miedo de que la familia buscara venganza y nos armamos un código secreto para estar más seguros ante cualquier tipo de eventualidad. Sé que lo recuerda, también que se lo enseñó a Claudia. Con el tema de la seguridad en Argentina, no me extraña. Con suerte, Claudia usó el código para decirle a la madre que está bien, a salvo y que no tiene que buscarla.

Hubo una época, puede que todavía se haga, en que los chorros, si secuestraban a alguien, llamaban a los familiares para que éstos buscaran guita o lo que sea. Creamos ese código con esas cosas en mente. Si uno le decía al otro «deprisa», no «rápido», no «apurate», sino «deprisa», el otro tenía que ir a la policía y reportar el secuestro.

En un caso como el de Claudia, el código es «te quiero beso». Si nuestra hija salía y se le hacía tarde o le parecía que estaba en un barrio fulero como para estar sola, mandaba o decía por teléfono «te quiero beso» para avisar que estaba bien. Si decía, en cambio, «te beso quiero» quería decir que podía estar en problemas y quería que la madre la fuera a buscar. A mí me pusieron al tanto de estas cosas para que no me agarraran con la guardia baja. Si bien no somos muy unidos, saben a lo que me dedico y saben que soy el mejor recurso que tienen en caso de inconvenientes.

No hay, que yo sepa, un código para una situación como ésta, y Carla será muchas cosas pero boluda no es una de ellas. Si Claudia le mandó un «te quiero beso» y después Toro la visitó con vaya a saber qué historia, seguro se puso en alerta y no va a soltar palabra alguna ni aunque sepa algo.

¿Hasta dónde estará dispuesto Toro a dañarla para ver su temple?

Mi apuesta es que no le va a hacer nada. No todavía. Sea lo que sea que está haciendo, necesita su computadora para algo y me apuesto el coche que tiene mucha guita en juego como para arriesgarse tanto. Al tipo le va a ser más fácil encontrar un reemplazo para la Young Woman que a Claudia, que ya pasa de los treinta y de Young no tiene tanto.

Tengo que creer todo esto. No puedo dejar que este tipo me joda la cabeza. Si lo hago, si lo mantengo a raya, mi familia va a seguir bien.

¿Te gustó lo que leíste?

Invitame un café en cafecito.app

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *