Segundo Round
Me meto el celular en el bolsillo, intentando en vano no pensar en Carla, mi ex. No puede ser que Toro la haya secuestrado ¿no? Espero que no.
Siento que el celular vibra en mi bolsillo; un mensaje. Lo saco y es de nuevo de un número desconocido. Lo leo:
«Señor Álvaro, voy a reconocer que usted tiene, cómo dicen por acá, los huevos bien puestos. Pero usted no es más que un peón de pie en una partida dónde el rey ya ha caído. Sé que éste mensaje no va a convencerlo de que me traiga lo que me robó, pero, como mago aficionado que soy, sé que para que algunas cosas salgan bien, lo único que se necesita es desviar la atención del público lo suficiente como para que no vean los espejos y el humo. Hasta pronto.»
Levanto la vista rápido sin molestarme en guardar el celular. Delante de mí hay gente yendo y viniendo por entre los puestos de comida. Hay tres mesas largas de madera bajo el techo del viejo mercado. Toro desvió mi atención para que no vea algo. A alguien. Y si ese alguien no está delante… Intento girar y el golpe me da cerca de los riñones, aprovecho el impulso y me adelanto sintiendo todo el costado paralizado. Estoy a punto de caer, pero logro permanecer en pie.
Volteo a tiempo para ver a Steven lanzando otro golpe. Lo desvío. Se ve que los años de entrenamiento en la policía no se me olvidaron del todo. El gorila de Toro es más joven que yo, más fuerte y me juego todos los dólares falsos a que el muy hijo de puta sabe algún arte marcial de esos que te hacen dar tres vueltas en el aire antes de saber que te están fajando de lo lindo.
No puedo sacar mi arma en un lugar tan público. Podría terminar forcejeando con el urso y matar a alguien por accidente. Las personas del mercado se hacen un lado al ver que se está armando una pelea. Parece que nadie se la quiere perder pero tampoco se quieren llevar un sopapo de recuerdo. Retrocedo buscando las tres mesas, las puedo usar para escudarme. Mientras Steven no saque su arma, todo puede llegar a salir bien. A mi alrededor solo hay tiendas de comida, una de ellas cerrada y algunos de los negocios antiguos, que venden juguetes retro y cosas por el estilo. Nada de lo que me pueda valer a menos que enfrente al gorila con un muñeco de peluche de Alf.
—¡Señor, no se meta, está armado! —le digo al aire detrás de Steven.
El grandote voltea. Agarro un vaso de la mesa y se lo tiro a la cabeza. Le doy en la oreja. Mientras se lleva la mano ahí, me subo a la mesa y salto sobre él mientras está intentando saber con qué le di. Le caigo con las rodillas por delante y terminamos los dos en el piso. Ruedo siguiendo el movimiento e intento levantarme, pero no puedo ni en joda. Me duele todo y siento un tirón en la pierna derecha que me mantiene en el piso.
—¡Qué alguien llame a seguridad! —le grito a los espectadores que se limitan a usar sus teléfonos para filmar en vez de llamar a la policía. ¿Desde cuándo la gente es tan boluda?
Steven se levanta. Da un paso hacia mí y su cara se deforma en un rictus de dolor. Con algo de suerte, al caer, le partí una o dos costillas. Me levanto yo también, con cuidado. El gorila se pone en movimiento, un poco encorvado y con el brazo pegado al cuerpo como si lo tuviera enyesado. Doy un paso a ver si la pierna va a aguantar mi peso o no. Por el momento aguanta, no muy bien, pero aguanta.
—Fucking Old Man —gruñe Steven. Tiene los dientes cubiertos de sangre.
Avanza y me tira un derechazo. Su movimiento es torpe y logro esquivarlo, pero por poco. Siento que me roza la oreja. Le devuelvo el golpe y le doy en el codo del brazo izquierdo. No muy fuerte, no creo que sea necesario, todo lo que le haga a ese brazo va a repercutir en sus costillas lastimadas. Retrocede más encorvado. Doy un paso para no perder la distancia y con la pierna izquierda le pateo la rodilla sin asco.
El gigante cae hacia adelante, un poco de costado, con todo el peso sobre el brazo y sus costillas. Lo escucho jadear y si no le empiezo a patear la cabeza es porque escucho que los de seguridad del mercado ya se están acercando. Se abren paso entre los morbosos. Yo me siento junto a una de las mesas. Saco mi credencial y ya la sostengo en alto para cuando se me acercan lo suficiente.
—Me atacó por la espalda. No sé ni quién es, ni que pretendía —digo—. Me parece que está armado.
—La policía ya está en camino —dice uno, es viejo, supongo que solo está acostumbrado a decirle a la gente que no puede entrar con animales y poco más—. Explíquele a ellos.
—No tengo tiempo —le respondo—. Puede dejarles mi tarjeta personal y que me llamen cuando lo crean conveniente.
—Disculpe, señor, pero tengo que pedirle que no abandone el recinto hasta que lleguen.
Me paro. Bien derecho. Me duele hasta el culo. Vuelvo a apoyarme en la mesa y me parece que un descanso no me va a venir nada mal.
—Si me lo pide así no puedo decir que no —le digo. Desde donde estamos, podemos ver una de las salidas del mercado, la de la calle Estados Unidos, que es por donde entré. Pese a la luz del día, ya se pueden ver los destellos del patrullero.

