Silvina Rago
Me tomo lo que queda del café. Todavía no hay rastros de Toro. Decido cruzar y advertirle. Aunque me crea un loco es mejor que quede alerta, con un poco de suerte puedo hacerla desconfiar lo suficiente como para no aceptar nada de lo que le de ese hijo de puta.
Salgo del café y cruzo la calle. Miro la hora y todavía falta un buen rato para el mediodía. Toro puede estar llegando en cualquier momento y lo que menos quiero es cruzarme con él o sus gorilas. No creo que estén de buen humor.
Me acerco al timbre pero no lo toco. Tengo que pensar bien en lo que voy a decir. De las palabras que elija pende la salud de esta mujer. Me decido. Acerco el dedo al timbre y la puerta se abre antes de llegar a tocarlo. La mujer que se asoma queda paralizada al verme.
—Buenos días, señorita Rago —saludo retrocediendo un par de pasos para que no se sienta invadida—. Me llamo Álvaro y soy de seguridad. Quisiera tener una charla con usted sobre la reunión que va a tener hoy con un hombre al que yo conozco con el apellido de Toro pero desconozco si usó el mismo para hablar con usted.
—Disculpe. Estoy apurada —dice y sale rápido para cerrar la puerta.
—Sí, claro, mil disculpas por abordarla así —digo—. Tal vez este hombre ya se comunicó con usted y le haya dicho que soy un loco, un rival o vaya Dios a saber qué. Sólo le pido que en la reunión que tiene hoy, u otro día si la pospusieron, no beba ni se deje inyectar nada.
—¿Inyectar? —me pregunta alarmada.
—La verdad es que no sé cómo administra su producto, pero le juro que no hace nada de lo que le hayan dicho que hace. Lo que están haciendo es testear con diferentes personas —saco del bolsillo las listas, la de los nombres y la que está en inglés—. Mire esto —le extiendo los papeles.
—¿Qué se supone que es esto?
—Yo soy el old man, y usted la young woman —le digo.
Estira la mano con las listas y las suelta antes de que llegue a agarrarlas. Una logro atraparla en el aire pero la otra se me escapa y tengo que caminar varios pasos para alcanzarla. Silvina se aleja en sentido contrario.
—¡Silvina! ¡Señorita Rago! —la llamo mientras me apuro a alcanzarla. Se lo que parece, lo que debo parecer y no me importa. Si la asusto lo suficiente tal vez se salve de tomar algo—. Acá tiene mi tarjeta, por las dudas. Puede llamarme a cualquier hora, solo le pido que no tome nada de lo que le den. No sé qué es, pero no es lo que le dijeron ni creo que sea nada bueno.
—Le pido que me deje en paz o voy a tener que llamar a la policía —dice deteniéndose en seco.
—Por mí hágalo, incluso le diría que si puede lleve un policía con usted a la reunión, así ve con sus propios ojos como reaccionan las personas con las que se va a reunir. Lo que están haciendo es ilegal.
—Si, si, está bien —dice caminando rápido y alejándose. La dejo ir, no creo poder agregar más nada. Me recuerda un poco a Claudia, no es mucho más grande que ella.

